El aullido de la noche (Noxvalia nº 4)
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CAPÍTULO 1 EL PULSO EN LA PIZARRA (Ada)
El silencio del Archivo de las Sombras nunca es un vacío, sino una masa densa de siglos acumulados que se asienta en mis pulmones con cada bocanada de aire.
Deslizo la yema de mis dedos por el lomo de cordobán de un tomo proscrito, sintiendo la caricia áspera del cuero reseco y el frío sordo de las cadenas de hierro frío que lo anclan al estante de roble negro.
El sutil roce desprende una brizna de polvo que baila bajo el círculo quirúrgico de luz cian de mi lámpara de gasneón.
El gas zumba con una frecuencia apenas audible, un pulso constante que compite con el golpeteo rítmico del agua de las alcantarillas que discurre tras los gruesos muros de granito de la cripta.
Me coloco las gafas de lectura de bronce, empujando el puente metálico que resbala por mi nariz, y aspiro el aroma denso a vainilla vieja, papel en descomposición y cera de sebo derretida.
Es mi santuario. El único rincón de Noxvalia donde la farsa industrial de la superficie se desvanece bajo el peso de la verdad escrita.
De pronto, un siseo metálico, agudo y vibrante, rompe la quietud del Scriptorium.
Me giro de forma precipitada, con el corazón golpeándome el pecho mortal.
Las placas de pizarra imbuida montadas sobre los soportes de latón de la pared comienzan a temblar.
Un escalofrío me eriza la piel de los brazos cuando veo que la piedra pulida se calienta, encendiéndose con caracteres de un cobalto profundo.
La tinta de éter líquido se graba en el plano con la urgencia rítmica de un grabado mecánico.
Leo las palabras mientras se materializan, deletreando el telegrama analógico que Elena envía desde el Archivo de la superficie:
PURIFICADORES EN ACCESO MEDIO. BATIDAS ACTIVAS BAJO EL EDICTO DE HIERRO. CONFISCACIÓN DE ÉTER EN CURSO. SEGUID EN LA PENUMbrA.
La pesadumbre me oprime las entrañas. La Injunción de Hierro está estrechando el cerco.
Siento el tatuaje de la Marca en la palma de mi mano derecha pulsar con un calor sordo, como si respondiera a la amenaza inminente.
Pero antes de que pueda procesar la advertencia, la vibración no cesa en la pizarra.
Se propaga.
Las colosales tuberías de cobre que recorren la base del suelo sufren un paroxismo hidráulico violento.
El metal ruge, las válvulas de escape sisean bajo una presión desmedida y un temblor rítmico sacude las arcadas góticas del techo abovedado, desprendiendo una fina lluvia de polvo gris que muere sobre mis libros.
Me sujeto al borde de la mesa de roble, con el estómago encogido por la zozobra de un colapso mecánico inminente. Las estufas de bronce tiemblan, y el aire, antes gélido y seco, se satura de un penetrante olor a ozono eléctrico.
Entonces, el temblor de las cañerías se apaga, dejando paso a un sonido diferente.
No es el crujido de la piedra ni el siseo del vapor.
Es un gemido lúgubre, sordo y pesado que se filtra a través de la rejilla de bronce del pozo de ventilación conectado a los criptopórticos inferiores.
Un estertor puramente animal, cargado con la agonía de una fiebre intolerable que calienta el conducto y arrastra el eco de una bestia herida.
El lamento reverbera en la opacidad del subsuelo, erizándome el vello de la nuca con el pavor absoluto de que el monstruo del que hablaban las crónicas proscritas acaba de arrastrarse hasta mis pies.