Capítulo 59 Lo que puede probarse
Lo que puede probarse
Las diligencias continuaron durante las semanas siguientes.
Baltasar presentó los registros que durante años había considerado asuntos internos de su empresa.
El cotejo mostró pagos sin autorización y varios turnos atribuidos a trabajadores que no podían haberlos cumplido.
Darío remitió los documentos a la autoridad competente sin añadir una sola línea sobre el origen del ataúd.
Aquella cuestión seguía abierta; las otras podían investigarse con nombres, fechas y firmas.
Águeda recibió después una copia certificada de la rectificación del jornal de Gabriel.
La cantidad retenida no resolvía la pérdida ni limpiaba por sí sola las cuentas del puerto.
Pero el asiento ya no describía a un muerto como si hubiese regresado al trabajo.
La viuda guardó el documento en el cajón donde conservaba sus recibos y avisó a otras familias de que también podían reclamar.
Águeda no se limitó a guardar la copia. Dos días más tarde volvió al muelle con otras tres mujeres; una llevaba una nómina manchada de grasa y otra un recibo donde faltaba el nombre del obrero que había muerto al descargar sacos.
El empleado de la ventanilla les pidió que regresaran de una en una.
Águeda extendió los papeles sobre el mostrador, sin elevar la voz, y preguntó qué disposición impedía registrar cuatro reclamaciones en la misma mañana.
El empleado miró hacia el despacho del encargado.
Al final fue a buscar un libro nuevo. Tardó tanto que las mujeres tuvieron tiempo de sentarse en el bordillo y repartirse el agua que una había traído en una botella envuelta en tela.
Cuando regresó, el empleado entregó cuatro números de entrada.
Águeda comprobó cada uno antes de irse. Había imaginado que aquel trámite produciría una satisfacción más limpia; en cambio solo sentía cansancio y una extraña vergüenza por alegrarse de algo tan pequeño.
En la puerta se cruzó con Baltasar. Él abrió la boca para explicarle que los pagos se revisarían.
Águeda le mostró el número del registro: «Esta vez no me lo explica a mí.
Se lo explica a quien tenga que contestar».
Baltasar se apartó. Ella salió a la calle con las otras mujeres y dejó que el viento del puerto le enfriara las manos.
Una tarde, Juan acudió a leer la declaración de Martín.
Fue acompañado por Petra, aunque entró solo.
Darío le dejó el expediente abierto en las páginas pertinentes y no lo observó mientras leía.
Juan encontró nombres, horas y respuestas incompletas.
Reconoció el camino y la forma de una sombra que había intentado describir de niño, pero no halló en aquellas líneas el rostro que todos le pedían.
Al cerrar la carpeta no sintió alivio. Había aprendido algo menos espectacular y más firme: la falta de una respuesta no anulaba su derecho a que constaran los hechos.
Esa misma noche volvió al taller para terminar una cerradura.
Simón le había dejado las piezas ordenadas sobre el banco.
Juan ajustó el resorte, probó dos veces la llave y comprobó que la puerta cerraba sin atascarse.
El trabajo no borró lo sucedido en la cueva, pero le devolvió una medida que no dependía de nadie más: la posibilidad de terminar algo y saber por qué había funcionado.
El domingo, Petra encontró en el bolsillo de Juan una hoja doblada con el sello de una oficina.
No la desplegó. La dejó sobre la mesa junto a las llaves y esperó a que él regresara del taller.
Juan explicó que había solicitado una copia de su primera declaración, la que le tomaron cuando apenas lograba hablar sin temblar.
Quería conservarla junto a la corregida, no para escoger la más cómoda, sino para reconocer cuánto habían supuesto otros por él.
Petra sostuvo el papel un instante, todavía cerrado.
«Podría guardarlo yo», dijo. Juan tendió la mano, y ella se lo devolvió.
Aquella misma tarde caminaron hasta la esquina desde la que se divisaba la salida hacia la cantera.
Petra había evitado ese camino desde 1924.
Juan le preguntó si quería continuar. Ella negó con la cabeza.
«Hoy no», respondió. Él no insistió. Regresaron por calles conocidas, pasando frente a una mercería que estaba cerrando, y Petra comprendió que respetar la decisión de su hijo también le permitía tomar las suyas sin avergonzarse.