Capítulo 58 Las palabras y sus dueños
Las palabras y sus dueños
Leandro fue a la casa del vigilante fallecido antes de entregar la crónica a la imprenta.
La viuda lo recibió de pie. A su lado, un cuñado sostenía el primer artículo publicado sobre la muerte: una frase hablaba de un «final inexplicable».
La mujer había leído esas dos palabras tantas veces que ya no recordaba la última conversación con su marido sin escucharlas por encima.
—No fue inexplicable que lo enviaran solo —dijo—. Tampoco que no hubiera un parte firmado.
Leandro aceptó la objeción. Había escogido aquella fórmula para no afirmar que existía un homicidio.
Sin embargo, había permitido que el periódico borrase con una palabra los hechos que sí podían demostrarse.
La viuda exigió una rectificación, y él prometió proponerla con el mismo espacio que la noticia.
No prometió que el director la aceptaría.
En la redacción encontró sobre su mesa la versión corregida de la crónica.
El titular mencionaba una maldición. El director le explicó que las declaraciones de Darío y las actas del puerto no bastaban para vender ejemplares.
Leandro tuvo la tentación de dejar que imprimieran aquel título y reservar la verdad para el cuerpo del artículo; sabía que la mayoría de los lectores no llegaría hasta allí.
—Puede publicar el traslado y las irregularidades —dijo—. También que existen testimonios contradictorios. Pero no atribuiré a una maldición la muerte de un trabajador.
El director lo miró sin sorpresa. Retiró la hoja y ordenó que la rectificación se publicara en una columna pequeña.
Leandro no consiguió el mismo espacio que había ocupado la noticia falsa.
Antes de salir dejó por escrito su desacuerdo y conservó una copia.
Era una victoria miserable, pero comprobable.
Elvira lo esperaba junto a la puerta del hospital.
Llevaba bajo el brazo tres informes de pacientes lesionados durante las operaciones de custodia.
Uno de ellos había exagerado sus síntomas por miedo a perder el empleo; otro había ocultado una caída por idéntico motivo.
Ella no necesitaba decidir cuál había oído los golpes para atender a los dos.
—La viuda tiene razón —le dijo Leandro mientras caminaban—. Convertí su muerte en una pregunta llamativa.
—Entonces rectifica lo que escribiste. No intentes compensarlo con otra historia.
En la sala de curas, Elvira le pidió que esperara hasta terminar una revisión.
Leandro permaneció en el pasillo y escuchó a una mujer explicar que su marido no podía dejar de trabajar aunque todavía le doliera respirar.
Comprendió que los hechos que había evitado por poco sensacionales eran los que seguirían allí cuando todos dejaran de hablar del ataúd.
Al día siguiente, el director le retiró a Leandro la firma de la sección portuaria.
No lo expulsó de la redacción: lo destinó a notas breves de sucesos, sin acceso a los originales de los expedientes.
Leandro dejó sobre la mesa la copia de su protesta y pidió que se conservara con fecha de entrada.
Después caminó hasta el hospital sin llevar una sola pregunta en el bolsillo.
Elvira lo encontró en el patio de servicio, observando cómo una enfermera cambiaba de sitio los cubos para que no estorbaran el paso.
Leandro le contó lo sucedido sin añadir que había valido la pena.
Ella le tomó la mano lastimada por la quemadura del almacén y lo condujo hasta el grifo.
Lo que habían decidido no los hacía admirables.
Solo los obligaba a vivir con sus consecuencias.
Al caer la tarde, Elvira se sentó a su lado en el patio interior del hospital.
No hablaron de amor como una recompensa por haber sobrevivido al peligro.
Hablaron de los meses próximos: de los turnos que ella no podía abandonar, del periódico al que quizá él no regresaría y de la posibilidad de que sus decisiones los apartaran.
Leandro le preguntó si quería que se quedase.
Ella respondió que quería poder pedírselo cuando fuera verdad, no aquella noche por miedo a estar sola.
Se separaron con la promesa pequeña y difícil de volver a hablar sin fingir que todo estaba resuelto.