Capítulo 57 El día siguiente
El día siguiente
A la mañana siguiente del traslado, Darío llegó al depósito con dos agentes y un inventario escrito de su puño y letra.
Antes de entrar comprobó los sellos de la puerta.
Nadie había tocado los precintos. El vigilante del turno de noche, un hombre que había pedido ese trabajo para evitar el muelle, entregó su hoja de servicio sin que se la reclamaran.
Solo había anotado la hora de cada ronda.
En el margen inferior figuraba una observación: a las tres y diez se había apagado una lámpara del pasillo.
Darío le preguntó si había oído golpes. El hombre negó con la cabeza y añadió que no pensaba inventarlos para satisfacer la curiosidad de nadie.
La afirmación le pareció más útil que cualquiera de los relatos que llenaban su carpeta.
En la sala principal, los agentes separaron los clavos extraídos, las etiquetas de transporte y las correas rotas.
Cada objeto recibió una referencia y dos firmas.
Darío había aprendido que una investigación no mejoraba cuando todas las piezas conducían al mismo relato, sino cuando se conservaban incluso las que lo contradecían.
Una cuerda, por ejemplo, había cedido porque estaba deshilachada.
El encargado había atribuido su rotura a una fuerza surgida del interior de la caja; el trabajador que la sujetaba aseguró haber visto la fibra abierta antes de colocarla.
Baltasar apareció cuando todavía pesaban los herrajes.
Le acompañaba su contable, que llevaba una copia de los turnos nocturnos.
Darío cerró la puerta del almacén contiguo para hablar sin testigos que no tuvieran obligación de estar allí.
No le interesaba otra descripción de la noche del cierre; necesitaba saber quién había autorizado custodias sin registro y quién había ocultado los pagos.
—Las órdenes se daban de palabra —dijo Baltasar—. Eso era habitual.
—Lo habitual también deja responsables.
Baltasar miró la lista. Reconoció tres firmas, pero señaló una cuarta que pertenecía a un hombre muerto desde hacía meses.
No dijo que fuera una señal del más allá.
Pidió sentarse. Había entendido, por fin, que la falsedad de aquella anotación podía investigarse sin necesidad de explicar lo ocurrido dentro del ataúd.
En la puerta aguardaba Águeda Navalón. Nadie la había citado.
Había venido porque el nombre de Gabriel seguía figurando en un libro de jornales correspondiente a una semana posterior a su entierro.
Darío la recibió en la oficina y le ofreció copiar el asiento ante dos testigos.
Águeda no pidió que le contaran la historia del féretro ni preguntó por las voces.
Preguntó si aquel sueldo había sido cobrado por alguien.
—Todavía no lo sabemos —respondió Darío—. Pero esta vez constará que fue usted quien advirtió el error.
Águeda sostuvo la copia por los bordes, como si la tinta pudiera correrse. No había ido en busca de consuelo. Quería impedir que la vida de su marido terminara convertida en una cantidad que otros pudieran trasladar de una columna a otra.
A media mañana, Juan llegó acompañado de Petra.
Darío los recibió fuera de la nave. El muchacho había solicitado una rectificación de su declaración de 1924 y se negaba a que la visita se convirtiera en una prueba de valentía.
No entró a mirar el ataúd. Le pidió al guardia que escribiera una frase completa: había visto a un hombre, pero no estaba seguro de reconocerlo ocho años después.
Darío se la leyó en voz alta y Juan corrigió una palabra.
—No pongas que lo olvidé. Pon que no pude verle la cara.
Petra permaneció junto a él sin intervenir.
Durante años había deseado que aquel rostro apareciera en la memoria de su hijo con la claridad suficiente para señalar a alguien.
Ahora comprendía que pedirlo era obligarlo a fabricar una certeza.
Darío firmó la diligencia y les entregó copia.
La investigación seguiría; la vida de Juan no tenía por qué quedar suspendida hasta que terminase.