Capítulo 56 El traslado y el depósito
El traslado y el depósito
A la mañana siguiente descubrieron, antes de cargar el féretro, que el carro contratado no podía girar por la calle estrecha que conducía al depósito.
Dos pruebas de maniobra, hechas con el vehículo vacío, bastaron para demostrarlo.
Darío suspendió la salida y ordenó buscar otro más pequeño, aunque el cambio obligara a rehacer el inventario de correas y retrasara la llegada.
Juan había llegado antes que su madre. Petra apareció con el abrigo mal abrochado y una bolsa de pan que no había tenido tiempo de dejar en casa.
Lo encontró contando los pasos entre la puerta y la esquina, como hacía de niño cuando tenía miedo.
No le preguntó si estaba bien. Le ofreció un trozo de pan y esperó a que comiera.
Juan lo aceptó por no discutir, pero descubrió que tenía hambre.
Esa necesidad pequeña y concreta lo avergonzó menos de lo que esperaba.
—No tienes que subir al carro —dijo Petra.
—Lo sé.
—Tampoco tienes que demostrarle nada a ese hombre.
—No voy por él. Quiero saber adónde lo llevan y quién firma cuando llegue.
Elvira llegó con una carpeta cerrada por una cinta.
Dentro guardaba los informes que podía respaldar y, aparte, sus observaciones personales, que no pretendía presentar como diagnósticos.
Leandro le preguntó si había dormido. Ella negó con la cabeza y le mostró una mancha de tinta en el dedo.
Había pasado parte de la noche copiando fechas porque los originales no podían salir del hospital.
Leandro quiso llevarle la carpeta; Elvira la sostuvo contra el pecho y sonrió apenas.
—Puedes acompañarme —dijo—. Eso será suficiente.
—No publicaré los nombres de los enfermos.
—No te lo había pedido.
—Ya lo sé. Quería que lo supieras antes de que me lo pidieras.
Cuando llegó el carro pequeño, Darío dispuso que dos testigos viajaran detrás y un tercero siguiera a pie hasta el primer cruce.
El escribiente anotó el estado de cada cierre, los desperfectos de la madera y el número de personas presentes.
Martín fue conducido a un lado de la calle para que reconociera el sello sin acercarse a él.
Se negó a firmar que el contenido permanecía intacto, porque no lo había visto desde el último registro.
Darío aceptó esa negativa y la hizo constar.
Una firma arrancada a la fuerza no serviría para aclarar nada.
Antes de salir, Juan subió al carro para comprobar que las cuerdas no podían soltarse con una sacudida.
Al hacerlo advirtió una grieta nueva en una tabla lateral.
Llamó al carpintero, que la examinó y dictaminó que era consecuencia de la presión acumulada.
Juan quiso creerle, pero el sonido de la madera al recibir un golpe de nudillos le recordó una noche del hospital.
Bajó del carro y se apartó hasta recuperar el aliento.
Juan permaneció junto a la puerta mientras comprobaban por última vez los cierres y discutían quién debía viajar detrás. Ya no buscaba en todos los rostros al hombre de negro: observaba las decisiones de quienes tenían en sus manos la seguridad de los demás.
El primero de los peones soltó la correa al oír que alguien lo llamaba desde el interior de la caja.
No fue un grito: era la voz cansada de su hermano, muerto dos años antes en un accidente de cantera.
El hombre tropezó contra el bastidor y uno de los hierros se deslizó por el suelo.
Darío ordenó detener el trabajo. Nadie pudo decir con certeza de dónde había procedido la voz; Elvira, que estaba lo bastante cerca para escuchar, solo había percibido tres sílabas confundidas con el chirrido de las poleas.
Pero vio cómo al peón le temblaban las manos y no permitió que volviera a ocupar su puesto.
El responsable de la carga protestó por el retraso.
Juan le enseñó la hoja que había copiado la víspera: allí figuraba, con la firma de Darío, que cualquier hombre podía retirarse si perdía el conocimiento o dejaba de estar en condiciones de trabajar.
No había escrito nada sobre voces imposibles. Tampoco hacía falta.
El relevo llegó al cabo de una hora. Durante la espera, Martín, vigilado a pocos pasos del muro, contempló las cuerdas destensadas.
Dijo que antes se habría obligado al peón a regresar porque una interrupción prolongaba el peligro.
«Antes», replicó Juan, «usted decidía por los demás».
Martín quiso hablar, pero el muchacho no le permitió convertir su miedo en una explicación.
Cuando recomenzaron, Darío volvió a contar los cierres y exigió que todos los presentes repitiesen su función.
El trabajo avanzó con una lentitud exasperante y con una diferencia respecto a las noches anteriores: al fin, nadie estaba obligado a permanecer junto al féretro para proteger el secreto de otro.
Leandro decidió no llevarse ninguna pieza para su artículo.
Había confundido demasiado tiempo poseer una prueba con tener derecho a utilizarla.
Copió el inventario, firmó como testigo y devolvió la pluma.
Cuando aseguraron el último nudo de la carga, el carro crujió bajo el peso y todos comprobaron de nuevo las cuñas.
Solo después de verificar que las ruedas giraban sin rozar el bastidor, Darío autorizó la partida.
Ya en el patio del depósito, el carpintero detuvo la descarga al descubrir que una correa había quedado atrapada entre el armazón y el apoyo del carro.
Soltarla exigía levantar unos centímetros el peso; nadie debía permanecer debajo.
Darío despejó el paso y mandó buscar un gato de tornillo.
Durante aquella demora, el carpintero detectó además una rueda dañada.
La sustituyeron antes de terminar la descarga.
La caja descendió sin estrépito, y Juan comprendió que algunas precauciones parecían insignificantes precisamente porque impedían que ocurriera una desgracia.
Martín, que había sido autorizado a presenciar la entrega bajo vigilancia, pidió consignar lo sucedido durante el viaje.
Con la mano vendada, sostuvo la pluma con dificultad.
El agente le recordó que podría ampliar su declaración con asesoramiento.
Martín aceptó; por ahora solo firmó aquello que había visto: la correa atrapada, el retraso y la entrega de la caja cerrada.
No mencionó la voz de la nave como si fuera un hecho demostrado por todos.
Juan escuchó la lectura sin aproximarse.
Una declaración precisa no reparaba el abandono en la cueva, pero al menos dejaba de pedirle que completara lo que otro callaba.
La puerta del depósito
El depósito no era una fortaleza: sus muros gruesos habían protegido maquinaria agrícola y el tejado mostraba reparaciones antiguas.
Cuando el carro entró en el patio, Darío revisó por segunda vez las ventanas y la cerradura que había ordenado sustituir.
El peso quedó sobre los apoyos nuevos, separado del muro.
Nadie debía tocar el armazón durante la noche sin autorización de los dos vigilantes.
Juan lo acompañó sin tocar la caja. Observó la separación entre el muro y el lugar donde dejarían el féretro, y preguntó qué harían si volvían a escucharse golpes.
Darío no le dio una respuesta sobrenatural.
Había previsto dos vigilantes, turnos cruzados y un libro para anotar cualquier ruido, apertura o movimiento.
Si alguien intentaba sacar el objeto, quería que existieran testigos y una hora comprobable.
—Usted cree que no se ha terminado —dijo Juan.
—Creo que no sabemos qué ha pasado del todo.
En el patio los hombres de carga descargaron las herramientas y discutieron por el pago de las horas suplementarias.
Baltasar se había comprometido a abonarlas, pero ninguno aceptaba ya una promesa verbal.
Darío pidió al encargado que redactase un recibo.
Le pareció un gesto menor hasta que recordó cuántos problemas habían comenzado con un documento firmado a ciegas.
Durante el cierre, una de las bisagras cedió y dejó la puerta exterior entreabierta.
Todos miraron hacia la caja. No se oyó nada.
Un trabajador exigió que lo dejaran marchar; los otros insistieron en acabar para no regresar por la noche.
Darío permitió que el hombre saliera y contrató a un carpintero del lugar.
El arreglo llevó dos horas y demostró que la prisa podía dejar más desprotegido el depósito que cualquier amenaza desconocida.
Al salir, Juan permaneció un momento junto a la verja.
No obtuvo el alivio que había imaginado durante el camino.
Petra lo esperaba en la calle; no lo llamó ni levantó la mano, solo se apartó para dejarle espacio a su lado.
Él miró por última vez el muro y echó a andar con ella.
Detrás quedaron los vigilantes, la lámpara y una pregunta a la que ningún cerrojo podía contestar.
El acta de entrega
Solo después de introducir el féretro en el depósito, Darío pidió que se cerrase el acta de entrega.
El carpintero contó las tablas sustituidas; los cargadores confirmaron las correas empleadas; el escribiente registró la hora de llegada y las condiciones de la puerta.
Cada cual firmó únicamente aquello que había presenciado.
Mientras ordenaban los papeles, advirtieron que una bolsa contenía un clavo distinto al que figuraba en el registro inicial.
Darío detuvo la operación. Hicieron revisar las cajas, reconstruyeron el movimiento de las herramientas y encontraron la pieza correcta bajo un banco.
El clavo sobrante pertenecía a una reparación anterior y tenía una cabeza de forma diferente.
Nadie lo había introducido para engañarlos; bastaba el desorden de un taller lleno de gente cansada.
—Si esto aparece mañana en el periódico, dirán que los objetos cambian solos —murmuró Baltasar.
—Por eso lo escribimos hoy —contestó Darío.
Leandro guardó su copia del acta. No había una confesión completa, pero sí nombres, fechas y firmas que ya nadie podría cambiar sin dejar rastro.