Capítulo 60 La última anotación
La última anotación
Al comenzar el invierno, Petra encontró a Juan junto a la ventana, clasificando tornillos en una caja de madera.
Había vuelto tarde del taller y tenía una pequeña quemadura en la muñeca.
Ella quiso ir a buscar ungüento, pero él le enseñó que ya se la había limpiado.
No rechazaba sus cuidados; empezaba a elegir cuándo necesitarlos.
Sobre la mesa estaba la copia de su declaración corregida. Petra la había leído una vez, sin preguntar si Juan pensaba volver a la cantera. El muchacho se acercó al papel y lo guardó entre las facturas del trabajo, donde podría encontrarlo si alguien lo necesitaba.
—¿No quieres dejarlo conmigo? —preguntó ella.
—Quiero saber dónde está.
Petra retiró una taza vacía y dejó espacio para la caja. Durante ocho años había intentado protegerlo de todo lo que pudiera recordarle la herida. Ahora entendía que protegerlo también podía significar no ocupar el lugar donde él necesitaba decidir.
—Sigo queriendo saber quién fue —admitió.
—Yo también. Pero no quiero decir que lo sé para que los demás puedan dormir tranquilos.
Juan desató el cordel de la caja de tornillos y separó dos piezas oxidadas.
Había prometido a Simón reparar la cerradura de una mujer del barrio que no podía pagar una nueva; al día siguiente tendría que presentarse temprano.
Petra se levantó para traer una lámpara, pero él la detuvo: ya había suficiente luz para ordenar el trabajo.
Su madre volvió a sentarse. Durante unos minutos escucharon juntos el roce del metal contra la madera, un sonido que ninguno necesitó explicar.
—Si vuelvo a preguntar por él, no significa que me haya olvidado de lo que me has dicho —murmuró Petra.
—Lo sé.
—Y si tú un día no quieres hablar, me lo dices.
Juan dejó una arandela en su compartimento. Tardó en responder, no porque buscara una frase que la consolara, sino porque aquella promesa sí podía cumplirla.
—Te lo diré.
Petra asintió. No se abrazaron; Juan todavía se sobresaltaba cuando alguien lo tocaba por sorpresa y ella había aprendido a esperar.
Permanecieron ante la caja de tornillos mientras los carros regresaban al puerto.
En la calle, un vendedor llamó dos veces a un vecino sin obtener respuesta.
Juan siguió ordenando piezas, y Petra no confundió su silencio con una ausencia.
En el depósito, el agente de la última ronda comprobó el cierre de las ventanas y la puerta antes de apagar la lámpara.
El libro de incidencias no registraba golpes desde la llegada del féretro.
Al pasar junto al muro oyó un roce breve, parecido al arrastrarse de una cuerda sobre piedra.
Alzó la luz y encontró un cabo suelto, olvidado por los cargadores.
Lo recogió, lo enrolló sobre la mano y regresó a la mesa para dejar constancia del descuido.
Cuando volvió a bajar la mecha, el depósito permaneció inmóvil.
En el umbral se detuvo: el cabo que acababa de recoger estaba húmedo y conservaba una tibieza que no supo atribuir a sus manos.
Pensó en la lluvia filtrándose por el tejado, en la lámpara y en las historias que los hombres contaban para soportar los turnos solos.
Lo dejó sobre la mesa sin volver a tocarlo.
Fuera, antes de amanecer, pasó el primer carro del mercado.
El agente cerró la puerta y salió a su encuentro como si aquel sonido ordinario pudiera enseñarle el camino de regreso.