El ataúd Capítulo 54 La operación
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Capítulo 54 La operación

La operación

La orden llegó con un problema que ninguno había previsto: faltaba un hombre para levantar el armazón sin rozar la tapa antigua.

El herrero había contratado a cuatro peones, pero uno se presentó con el antebrazo vendado y Elvira lo apartó después de examinarle los dedos hinchados.

El capataz quiso que firmara una renuncia y se fuera sin cobrar.

Juan intervino antes de que el trabajador pudiera contestar.

Dijo que el muchacho había acudido a la hora convenida y que, si no podía cargar, podía vigilar el paso de personas por la puerta.

Baltasar miró a Darío buscando una objeción.

Darío ordenó que constase la nueva función en la hoja de trabajo y que se respetara el jornal.

La discusión retrasó la operación, pero consiguió algo más importante que unos minutos: quedó claro quién podía detenerla.

El segundo obstáculo fue la luz. Al cerrar los postigos para impedir que se acercaran curiosos, la lámpara dejó en sombra la mitad del banco.

Leandro propuso colocar un espejo en la pared, idea que el herrero rechazó por peligrosa; una superficie brillante podía falsear la posición del clavo.

Buscaron otra lámpara, limpiaron la chimenea tiznada y esperaron a que dejara de oscilar.

Durante esos preparativos se oyó desde la madera una fricción lenta, parecida a una uña arrastrada por el interior de una caja.

Uno de los peones dejó caer la cuerda. Elvira levantó la mano para imponer silencio y contó las respiraciones de los presentes.

El sonido cesó antes de que alguien pudiera decir de qué punto exacto procedía.

Darío no lo anotó como una voz ni como un golpe: escribió solamente que cinco testigos habían oído un roce sin causa determinada.

Juan reconoció entonces una costumbre que lo había acompañado desde la infancia.

Siempre que escuchaba algo que no entendía trataba de adivinar qué querría el hombre de negro que hiciera: acercarse, huir, obedecer.

Esta vez miró las manos de los peones, vio los nudillos enrojecidos del herrero y preguntó qué herramienta necesitaban.

Le alcanzaron una cuña de madera. Se concentró en sujetarla con el ángulo correcto mientras los demás ajustaban las piezas del armazón.

No hubo valentía en ello; solo comprobó que podía prestar una ayuda concreta sin entregarle al sonido el mando de sus movimientos.

Elvira encomendó a otro facultativo la vigilancia de los heridos antes de regresar al almacén.

Leandro salió a su encuentro bajo el alero; tenía las mangas manchadas de serrín y una quemadura diminuta en la muñeca.

Ella le enderezó el puño de la camisa sin apartar la vista de la herida.

Leandro quiso decirle que podía marcharse.

No lo dijo. La puerta del cobertizo se abrió y ambos regresaron al trabajo, conscientes de que la promesa de volver a verse no les serviría de nada si olvidaban mirar dónde ponían las manos.

El herrero introdujo la cuña y pidió a Juan que mantuviera la luz fija sobre la unión.

Cuando acercó el primer hierro, la sombra de la herramienta osciló sobre la tapa, aunque la lámpara permanecía inmóvil.

Juan sostuvo la respiración. En el borde de la madera había una marca desplazada respecto a la plantilla.

Señaló el desajuste con el extremo de la pértiga.

El herrero retiró el hierro y comprobó el ángulo; de haber continuado, habría abierto una grieta junto al borde de inspección.

Martín atribuyó la desviación a la humedad.

Nadie discutió la causa: separaron la herramienta y reconstruyeron el apoyo antes de volver a intentarlo.

A la mitad de los trabajos, Leandro oyó a su hermana llamarlo desde el fondo del almacén.

Sabía que estaba en Murcia y que no podía haber llegado allí sin avisar.

Aun así dio dos pasos. Elvira lo detuvo por el brazo.

Él se volvió con una expresión de vergüenza infantil y le pidió que no lo soltara.

Ella lo sostuvo hasta que la voz cesó. Fue el primer momento en que comprendieron que el fenómeno no necesitaba mostrarse para causar daño.

Martín colocó el primer hierro y recibió una sacudida que lo derribó contra los caballetes. Tenía una herida profunda en la palma. Juan quiso ayudarlo, pero Elvira le prohibió acercarse. Martín, desde el suelo, lo miró sin hostilidad.

—Lo que hice en la cueva estuvo mal —dijo—. No te pedí perdón porque pensé que una explicación bastaría.

Juan no contestó. Con la pértiga dejó una mordaza al alcance del herrero, que evitó apoyar la mano sobre la tapa.

Introdujeron el segundo y el tercer hierro.

Al acercar el último, crujió la madera bajo el banco.

Darío dirigió la lámpara hacia la abertura que aún debía inspeccionarse antes del sellado.

Le pareció ver, donde no cabía un cuerpo erguido, unos mechones blancos deslizándose contra la tabla.

Después oyó la voz de su madre, muerta hacía años, pronunciando su nombre con el tono exacto con que lo llamaba cuando era niño.

Al volverse, distinguió en cambio la respiración agitada del peón.

No afirmó haber visto a nadie. Pidió que apartaran las manos de la abertura y ordenó detener el trabajo.

La herida de Martín obligó a detener la operación.

Elvira le vendó la palma y atendió después al peón que se había cortado el pie al retroceder.

Mientras despejaban el suelo, Darío observó las huellas de resina bajo el banco y pidió una lámpara más.

Martín intentó dar una orden desde la silla; nadie se movió hasta que el herrero la confirmó.

Juan sostuvo la luz sin acercarse al féretro.

Al otro lado del tabique alguien llamó tres veces, con los nudillos o con una herramienta; cuando el agente abrió, no encontró a nadie en el pasillo.

La puerta exterior seguía cerrada por dentro.

Cuando pudieron reanudar la operación, el herrero exigió que cada orden se repitiera antes de mover una pieza.

La primera mordaza resbaló porque el apoyo estaba desnivelado; Juan señaló el pie del banco y el peón colocó una cuña.

Entonces se oyó otro golpe, esta vez sin que vibraran las herramientas.

Darío vio que uno de los hombres iba a abandonar su puesto y le pidió que lo hiciera despacio, sin cruzar bajo el peso.

Terminada la fijación de los tres herrajes del armazón, dejaron libre la abertura de inspección: Elvira y Darío debían examinarla antes del cierre definitivo.