Capítulo 53 Los preparativos
Los preparativos
El encargado del transporte no permitió que tocaran el féretro hasta contar los herrajes y comprobar las correas.
Había visto demasiadas veces cómo una pieza desaparecida acababa imputándose al hombre que menos sabía defenderse.
Leandro sostuvo la lámpara mientras los peones revisaban las grietas del armazón.
Sobre la mesa había un libro abierto y, junto a él, una cuerda cuya fibra interior asomaba por un corte limpio.
El encargado la apartó sin consultar a nadie.
Darío pidió que la conservaran: no pensaba llevar al depósito una carga cuyo peso terminaría soportando un cabo defectuoso.
Juan se ofreció a acompañar el carro. Darío se negó al principio, alegando que no tenía obligación de hacerlo.
Juan le respondió que tampoco tenía obligación de pasar el resto de su vida esperando noticias de lo que otros decidieran por él.
La discusión terminó cuando Petra, que había escuchado desde la puerta, dijo que su hijo ya había cumplido dieciséis años y merecía al menos conocer el recorrido.
No pidió ir con ellos; pidió que le dijeran la verdad al regresar.
No podían quemar el ataúd en un almacén contiguo a otras mercancías ni arrojarlo al puerto sin provocar un peligro que nadie sabía evaluar.
Elvira propuso construir alrededor una segunda caja de hierro y madera nueva, sin contacto directo con la superficie antigua.
El herrero consultado por Darío aceptó fabricar las piezas si se le pagaba el trabajo y se mantenía a sus obreros lejos del interior.
Los agentes vigilarían las operaciones. Martín insistió en que debían restituir los cuatro clavos antiguos antes del amanecer.
Prepararon el traslado con la minuciosidad de quienes desconfían de su propio plan.
Revisaron el carro, el estado de las ruedas y la firmeza de las correas.
Darío asignó posiciones y estableció qué harían si aparecía un curioso, si se rompía un eje o si alguien intentaba detenerlos.
No podía explicar a todos los participantes lo que sospechaba, pero tampoco quería conducirlos a ciegas hacia un peligro que él mismo no comprendía.
La mañana anterior al traslado, el carpintero regresó al cobertizo con dos tablones rechazados por el herrero.
No eran iguales: uno estaba combado por una humedad antigua y el otro presentaba una grieta casi invisible junto a la veta.
Darío sostuvo ambos a la altura de la ventana y pidió que anotaran el motivo del rechazo.
Hasta entonces el inventario decía qué materiales habían utilizado, pero no cuáles habían sido descartados ni quién había decidido apartarlos.
Baltasar protestó por una minucia que retrasaría el trabajo.
Darío respondió que los retrasos se justificarían ante los trabajadores; una rotura durante la marcha no podría repararse con una explicación.
Roque Montalbán, que había pasado dos noches en la custodia, reconoció el tablón agrietado: lo habían utilizado días antes como apoyo provisional.
Nadie le había explicado que sería retirado.
Se acercó a Darío y habló a solas, mientras los demás medían el espacio entre los caballetes.
Había firmado una hoja que afirmaba que la carga se encontraba en buenas condiciones, pero la había firmado antes de verla.
El capataz le dijo que era la práctica habitual.
Roque pidió que constara en el acta tanto la firma como la hora.
«No quiero que otro cargue con una decisión que tomaron por mí», dijo.
No solicitaba quedar libre de culpa. Había colaborado con el procedimiento y sabía que callar también había servido para mantenerlo.
Cuando Darío lo hizo declarar, Baltasar insinuó que aquel testimonio perjudicaría a todos los empleados.
Roque miró hacia la puerta abierta. Había prometido a su mujer que conservaría el puesto hasta Navidad, y allí estaba el único hombre capaz de despedirlo.
Durante varios segundos pareció dispuesto a desmentirse.
Luego repitió la fecha de su firma y señaló al capataz que le había entregado la hoja.
Darío consignó la frase sin calificarla.
Elvira, que había entrado a comprobar las manos de los peones, vio cómo el miedo le alteraba la respiración y le ofreció una silla.
Roque la rechazó; deseaba terminar de pie.
Juan presenció aquella declaración desde el umbral.
Le recordó su propia experiencia de niño, cuando otros adultos habían escrito con seguridad lo que él apenas podía contar.
No intervino hasta que Darío le preguntó por la marca de la herramienta encontrada entre los materiales.
Juan reconocía el contorno, no al propietario.
Insistió en la diferencia. Leandro, que preparaba sus notas, tachó entonces el nombre que había escrito junto al dibujo.
Esa tachadura, hecha antes de publicar nada, le costó más que cualquier rectificación posterior: era renunciar a una frase capaz de convertir una sospecha en titular.
Los preparativos quedaron suspendidos mientras se sustituía el apoyo defectuoso.
Baltasar tuvo que proporcionar madera y hombres de su propia cuenta; no pudo cargar el gasto a los familiares del vigilante fallecido como había sugerido el contable.
Al anochecer, los peones salieron sin haber tocado todavía el féretro.
Juan los observó cruzar la plaza. Ninguno había visto una aparición, ninguno podía explicar los golpes escuchados durante las vigilias, y sin embargo todos habían arriesgado algo real antes de acercarse a la caja.
Esa certeza le pareció más difícil de olvidar que el miedo.
Petra aguardó a Darío a la salida. Había visto al encargado discutir con Roque y reconocía el tono de quienes ofrecían protección a cambio de callar.
Llevaba en una mano el recibo del taller, que Juan necesitaba para cobrar su primer encargo grande.
«Si mañana le pasa algo, nadie va a escribir que se ofreció porque no tenía otro remedio», dijo.
Darío respondió que podía prohibir al muchacho acercarse.
Petra negó con la cabeza: no había ido a pedir una prohibición.
Exigía que se consignara por escrito qué tarea aceptaba Juan, cuáles estaban vedadas y quién debía detener la operación si alguien resultaba herido.
El documento se hizo ante dos testigos. Juan lo leyó sin que su madre le apuntara ninguna palabra.
Tachó la frase «seguirá las instrucciones que reciba» y pidió escribir «podrá apartarse en cualquier momento».
A Roque le pareció una exigencia impropia de su edad; después recordó la hoja de la que no le habían dejado conocer las condiciones y reclamó que la misma cláusula figurara en la suya.
Aquella noche los dos salieron del cobertizo sin saber si el cierre del féretro funcionaría, pero sabiendo algo sobre el trabajo que iban a realizar y el derecho a interrumpirlo.