Capítulo 52 El recuerdo de la mano
El recuerdo de la mano
Más tarde, cuando el almacén quedó vacío, Elvira y Leandro caminaron hasta la calle.
Él había decidido no publicar el recorrido, aunque no sabía cómo explicárselo al director.
Elvira le dijo que podía contar el procedimiento después, con la misma precisión con la que describiría sus fallos.
Leandro preguntó si aquello significaba que confiaba de nuevo en él.
Ella no respondió enseguida. Al llegar a la esquina lo tomó del brazo y le pidió que regresara a la redacción antes de que anocheciera.
La confianza, dijo por fin, no se resolvía con una promesa grande, sino con muchas decisiones pequeñas que pudieran sostenerse al día siguiente.
Juan estaba al otro lado de la puerta. Había insistido en acudir, pero aceptó no entrar hasta que le explicaran el propósito del encuentro.
Darío salió a hablar con él durante una pausa.
«No necesito que lo reconozcas para cerrar un expediente», le dijo.
Juan respondió que estaba allí porque no quería volver a saber por otros lo que un desconocido afirmaba sobre su infancia.
Darío le describió la declaración de Martín y le preguntó si prefería escucharla después o formular una sola pregunta en presencia de un testigo.
Juan eligió preguntar. Quería saber por qué el hombre vestido de negro lo llevó tan lejos si de verdad solo necesitaba ayuda para cargar unas herramientas.
Martín no alzó la vista cuando Juan entró.
Escuchó la pregunta y sostuvo que nunca lo había acompañado a la cueva.
Juan se enfureció; durante un instante creyó que golpearlo sería una forma de demostrar algo que llevaba ocho años guardando.
Darío se colocó junto a la mesa, pero no lo tocó.
Leandro, presente como testigo autorizado del encuentro y sin cuaderno, vio cómo Juan apretaba ambas manos y luego las abría despacio.
«No le estoy preguntando si me conoce», dijo el muchacho.
«Le pregunto quién le dio el dinero al hombre que me ofreció dos reales».
Martín parpadeó por primera vez ante él.
No respondió. El silencio tampoco probaba su culpabilidad; Darío lo anotó con la misma sequedad que las palabras pronunciadas.
Al terminar, Martín solicitó hablar con un sacerdote.
Darío le ofreció la posibilidad de dirigirse a la autoridad competente, sin convertir aquella petición en un privilegio ni en prueba de arrepentimiento.
El detenido aseguró que no temía morir. Temía que alguien abriera una caja que llevaba décadas atravesando caminos.
Darío le pidió nombres, rutas y fechas. Martín dio el nombre de una casa de postas cerrada años antes y el apodo de un carretero fallecido.
Los datos podían ser ciertos o aprendidos de otros hombres.
Solo uno resultaba susceptible de comprobación inmediata: describió una señal de carpintero grabada por debajo de un listón, en un lugar que no figuraba en ninguna fotografía.
Darío ordenó que nadie tocara la pieza hasta que un profesional la examinara y un segundo testigo firmara el acta.
Aquella misma noche, Juan volvió a casa con una pregunta distinta de la que había llevado al interrogatorio.
No sabía si Martín era el hombre que lo había atacado.
Sí sabía que alguien conocía aquella cueva, sus caminos y lo que había estado escondido allí.
Petra lo escuchó mientras preparaba la cena, y esta vez no le pidió que olvidara el asunto.
Le dijo que una verdad obtenida sin violencia le permitiría seguir viviendo cuando ya no quedaran sospechosos a los que perseguir.
Juan se irritó con la frase, que sonó demasiado serena para su rabia.
Después se sentó a pelar patatas y se quedó en la cocina hasta que su madre terminó de hablar.
No llegaron a ninguna conclusión. Fue la primera noche en años en que no necesitaron fingirla.
La reconstrucción
Darío hizo traer al almacén una mesa de carpintero, una lámpara de petróleo y el croquis de la cueva que el agrimensor había levantado.
No pretendía representar el ataque con Juan delante; había aprendido que pedirle a una víctima que repitiera su miedo ante extraños solo producía una declaración obediente.
Colocó en cambio tres objetos sobre la mesa: la hebilla descrita por el niño en 1924, una fotografía de la chaqueta de Martín y el recibo de un transporte efectuado dos días después de la desaparición.
Cada cosa procedía de una fuente distinta.
Ninguna, por sí sola, identificaba al agresor.
La suma obligaba al menos a preguntar quién había tenido acceso a la cueva y por qué el itinerario de aquel carro se había corregido después con otra tinta.
Martín examinó el recibo sin tocarlo. Afirmó que la carga se había detenido en la cantera por la rotura de una rueda, pero Darío le mostró la declaración del carretero, que hablaba de un eje en perfecto estado.
Por primera vez el hombre abandonó su tono de custodio paciente.
Dijo que había mentido para proteger a su hermana, que guardaba en la casa un paquete recibido de un desconocido.
Darío escribió las palabras exactas y pidió el nombre de ese desconocido.
Martín no pudo dárselo. La negativa no lo convirtió en culpable del ataque; sí dejó al descubierto una cadena de favores, pagos y silencios que había permitido trasladar el ataúd sin que nadie asumiera su propiedad.
Juan había esperado fuera, junto a una ventana desde la que veía el patio.
Cuando Darío salió a informarlo, no le preguntó si Martín era un monstruo.
Quiso saber si podrían demostrar quién lo había llevado a la cueva.
Darío contestó que todavía no. Juan se enfadó, pero no le pidió que falseara la respuesta.
Había pasado demasiados años sometido a relatos ajenos y comprendía ahora el daño que podía hacer una certeza inventada.
Exigió, en cambio, que se buscara al carretero y que su declaración no quedase enterrada entre las notas sobre el féretro.
Darío aceptó y añadió la diligencia al expediente antes de marcharse.
La factura de Martín
Martín pidió papel antes de volver a hablar.
Darío creyó que pretendía redactar otra declaración exculpatoria, pero el hombre comenzó por una cuenta: dos viajes de madrugada, tres jornales repartidos entre operarios sin contrato, una cantidad entregada en metálico al encargado de las llaves y el precio de una reparación que nadie había solicitado por escrito.
No escribió nombres hasta que terminó de sumar.
Luego tachó dos veces una cifra y la corrigió.
Era una contabilidad miserable para el peso que pretendían atribuirle, pensó Darío, pero su valor no estaba en el dinero: las fechas podían contrastarse con las entradas del depósito.
—Si conservaba estas cuentas, ¿por qué no las entregó hace ocho años?
—preguntó el guardia. Martín tardó en contestar.
Había temido que las irregularidades lo llevaran a la cárcel y había seguido cobrando por trabajos cada vez más pequeños.
No podía presentar ese miedo como una excusa noble.
Reconoció que en 1924 vio a un niño salir del camino de la cueva y que no se acercó cuando oyó que alguien lo llamaba.
Afirmó que no había visto el ataque ni el rostro de quien lo acompañaba.
Darío hizo repetir cada frase por separado.
La omisión podía ser grave; no bastaba para convertirlo en el agresor que la ciudad deseaba encontrar.
Juan escuchó desde una silla situada junto a la ventana.
No había pedido asistir para perdonar a Martín y tampoco esperaba una confesión que le devolviera la infancia.
Cuando Darío le ofreció hacer una pregunta, señaló la última cifra: correspondía a un jornal pagado después de la fecha del accidente.
Quiso saber a quién. Martín bajó los ojos y dijo que ese hombre había ido a cerrar la entrada, no a transportar el ataúd.
Juan preguntó si estaba vivo. Martín no lo sabía.
Aquella ignorancia, tan corriente en boca de un patrón, le pareció más violenta que las evasivas anteriores.
Exigió que buscaran al trabajador antes de describirlo como una sombra o un cómplice.
Al salir, Juan caminó hasta la puerta del despacho sin necesidad de ayuda.
En el pasillo se apoyó un momento contra la pared.
Darío lo alcanzó con las hojas de la cuenta, que todavía olían a tinta húmeda, y le explicó qué diligencias podían abrirse y cuáles dependían de una autorización superior.
Juan no pidió promesas. Solo dijo que quería conocer el resultado aunque demostrara menos de lo que todos esperaban.
Esa noche Martín firmó el documento con las cifras corregidas.
El guardia lo guardó entre las pruebas ordinarias: las únicas capaces de señalar a los vivos sin convertir a los muertos en una explicación cómoda.
Darío necesitaba volver a escuchar a Martín sin la presencia de los curiosos ni del periodista.
Lo encontró en una habitación mal ventilada del cuartel, con la chaqueta doblada sobre las rodillas.
Antes de comenzar hizo traer el acta de 1924 y la declaración reciente.
Sobre la mesa colocó también una copia del recibo de un transporte efectuado por la empresa citada por Martín.
Las fechas no coincidían exactamente: el servicio había sido pagado dos días después del encuentro en la cueva.
No bastaba para desmentir al detenido, pero obligaba a precisar si hablaba de una contratación previa o del cobro de un trabajo ya hecho.