Capítulo 51 El precio de un nombre
El precio de un nombre
La citación llegó a la carpintería una mañana en la que Juan había conseguido trabajar casi dos horas sin volver la vista hacia la puerta.
El agente no entró hasta el banco; esperó junto al mostrador, con la gorra entre las manos, para no darle a los demás aprendices un motivo para hablar.
Juan leyó el papel y volvió a doblarlo siguiendo los pliegues originales.
Su encargado, un hombre que desconfiaba de cuanto lo apartase del serrucho, le preguntó si otra vez tendría que ausentarse.
«Si no voy, hablarán de mí sin mí», respondió.
Pidió que le descontaran la mañana y terminó de lijar la pieza que había empezado.
Ese gesto, el de no abandonar una tarea a mitad por culpa del miedo, le costó más esfuerzo que firmar la citación.
Petra lo acompañó hasta la plaza, pero no entró al cuartel.
Juan le había explicado que necesitaba formular sus preguntas sin buscarle los ojos para saber si debía continuar.
Ella aceptó con una condición: después del interrogatorio irían juntos a comer, aunque fuese tarde, y no permitiría que el expediente ocupase otra jornada entera.
Al despedirse le ajustó el cuello de la camisa como cuando era pequeño.
Juan sostuvo su mano un instante y luego se apartó sin brusquedad.
No habían aprendido a vivir con aquel asunto; estaban aprendiendo a concederle límites.
En el despacho, Darío había separado los documentos en tres montones.
Los recibos firmados a nombre de Martín iban a un lado; las declaraciones sobre la cueva, a otro; en el tercero se acumulaban descripciones que nadie había conseguido confirmar.
Le explicó a Juan que una coincidencia de fechas podía demostrar que un carro pasó por un lugar, pero no quién había llevado al niño de la mano.
Juan señaló una cifra anotada sobre una factura y pidió conocer el nombre del hombre que la había corregido.
Era la primera pregunta de aquella mañana que Darío podía convertir de inmediato en una diligencia.
Mandó llamar al escribiente antes de convocar a Martín.
Martín Saorín comprendió que su nombre ya no bastaba para explicarlo todo.
Llevaba años presentándose de manera diferente según el pueblo, el trabajo y la persona que tuviera enfrente.
La costumbre de ocultar sus pasos había hecho fácil confundir sus mentiras con secretos más antiguos.
Darío lo sentó junto a una mesa desnuda y le pidió fechas concretas, domicilios y nombres de quienes pudieran confirmar sus movimientos.
Martín respondió primero con evasivas. Explicó que transportaba bienes de otros y que a veces no conocía el contenido de las cajas.
Darío le preguntó por el niño del monte.
Martín mantuvo la vista en el borde de la mesa y afirmó que no lo había tocado.
Entonces Darío le mostró una descripción hecha ocho años atrás de una prenda que Martín todavía conservaba, remendada por dentro con hilo de otro color.
El silencio duró lo bastante para que el guardia de la puerta cambiara de postura.
Martín dijo que aquella ropa podía encontrarse en cualquier parte.
Darío estuvo de acuerdo y anotó la respuesta.
No permitiría que una coincidencia sustituyera una prueba, aunque su memoria reconociese algo que las actas no podían sostener.
—Usted cree que el ataúd necesita un guardián —dijo Martín.
—Quiero saber quién lo trajo y quién ha abierto el depósito.
—No son la misma pregunta.
Darío dejó que explicara la diferencia. Martín habló de una obligación heredada, de personas pagadas para mantener un objeto sin abrir y de otras dispuestas a recuperarlo.
Cada vez que se aproximaba a un hecho comprobable cambiaba de tema.
Darío no sabía si escuchaba a un fanático, a un cómplice o a alguien aterrorizado por sus propios recuerdos.
Cuando terminó la entrevista, Juan pidió verlo desde la puerta.
Darío se resistió, pero aceptó un reconocimiento sin contacto y con otros agentes presentes.
El joven miró a Martín durante varios segundos.
Reconoció la inclinación de su cabeza, no la forma de sus ojos; reconoció también una pausa antes de contestar que había permanecido en sus pesadillas desde la infancia.
No aseguró que fuera el agresor. Dijo que aquella voz le producía el mismo miedo y que deseaba marcharse.
Darío dio por terminada la diligencia. Fuera, Juan se apoyó contra la pared y esperó a recuperar el aliento. Petra le había enseñado a no confiar en recuerdos que el terror podía alterar. Ahora descubría que tampoco podía deshacerse de ellos a voluntad.
Más tarde, Martín pidió agua y dejó una indicación: antes de mover el féretro debían comprobar la base, no solo la tapa. Darío anotó las palabras, aunque no entendía si contenían una advertencia sincera o la última maniobra de un hombre que llevaba toda la vida trabajando con el miedo ajeno.
El interrogatorio se interrumpió cuando un guardia entró para informar de que la madre del vigilante fallecido había solicitado conocer las circunstancias de la muerte.
Darío miró a Martín Saorín y comprendió que aquel nombre, repetido en manifiestos y cartas antiguas, estaba ocupando demasiado espacio en la habitación.
Detrás de cada cifra había una familia que esperaba algo tan sencillo como la devolución de unas pertenencias.
Mandó traer los efectos del trabajador: una cartera de cuero, un pañuelo de algodón y una nota con una lista de compras.
Ninguno servía para explicar el féretro.
Precisamente por eso se negó a dejar que se perdieran entre las pruebas de otro asunto.
Dispuso que se inventariaran por separado y que un funcionario acompañara la entrega.
Martín contempló la operación sin intervenir.
Cuando Darío volvió a sentarse, el interrogado había perdido la seguridad con que había recitado sus viajes.
—¿Cuántas personas han muerto por cumplir sus órdenes? —preguntó el cabo.
Martín respondió que no había dado ninguna orden de matar.
Darío no discutió la frase. Le pidió que enumerara, uno por uno, los lugares en los que la caja había sido custodiada y los nombres de quienes habían quedado a su cargo.
La lista resultó más corta de lo esperado.
Algunos hombres habían desaparecido del registro sin dejar sucesor; otros, dijo Martín, habían abandonado el servicio después de enfermar.
No había pruebas suficientes para equiparar una ausencia a un asesinato, y Darío hizo constar esa diferencia.
Antes de devolverlo a la custodia, le preguntó por qué había empleado identidades distintas.
Martín sostuvo su mirada y dijo que un mismo nombre abría demasiadas puertas en un puerto pequeño.
Era una respuesta calculada, pero contenía algo que el cabo podía comprobar.
Ordenó buscar las firmas antiguas y cotejarlas con los documentos de viaje, aunque ello retrasara el traslado.
El ataúd podía esperar unas horas. El siguiente error, en cambio, quizá no admitiera reparación.
La víspera del traslado, Darío reunió a los hombres en un cuarto vacío para repartir las tareas.
No habló de maldiciones. Dibujó en una hoja el recorrido desde el almacén hasta el vehículo, marcó los puntos estrechos y designó a dos agentes para mantener despejado el camino.
El médico que había consultado no podía garantizar que el contacto con la madera fuese inocuo; por eso Darío ordenó utilizar guantes y evitar que los trabajadores manipularan los sellos con las manos descubiertas. También dispuso que nadie entrara solo.
Amador quiso saber qué ocurriría si la caja se abría durante el transporte.
Darío explicó la maniobra de contención que habían previsto y reconoció que dependía de las herramientas y de la fuerza disponible.
Elvira, sentada al fondo, corrigió una parte del plan: si alguien sufría un desvanecimiento, no debía quedarse junto al féretro mientras los demás trataban de terminar el trabajo.
Habría que interrumpirlo, llevarlo a un lugar ventilado y examinarlo antes de decidir si seguían.
Un capataz murmuró que así podrían pasarse toda la noche.
Elvira le preguntó cuánto valía una noche y quién había decidido pagarla con un hombre.
Leandro tomó notas sin hablar. Había acudido con intención de presenciar la operación, pero comprendió que su presencia añadía un problema: si publicaba demasiado pronto el recorrido, atraerían curiosos; si guardaba silencio, renunciaría a una noticia que podía costarle el puesto.
Al terminar la reunión pidió a Darío una acreditación como observador.
Darío se la negó. Leandro protestó, y entonces Juan intervino desde la puerta.
Había oído bastante para comprender que necesitaban una persona encargada de recordar las órdenes en caso de que alguien se desplomase o las olvidara.
Propuso escribir una copia para cada responsable.
—Que conste quién manda detenerlo —añadió—. El otro día todos dieron por supuesto que decidiría otro.
Darío le entregó el lápiz y Juan pasó casi una hora copiando instrucciones en papeles separados.
Escribía despacio, con la mano que no le dolía, y corregía las palabras que podían entenderse de dos maneras.
En una hoja puso: «Si un hombre pierde el conocimiento, el traslado se detiene».
En otra: «Ningún testigo entra en la caja ni toca lo que haya dentro».
Darío leyó la segunda y le preguntó por qué la consideraba necesaria.
Juan respondió que en 1924 nadie había tenido tiempo de preguntarle si quería ir a la cueva, y que no pensaba permitir que otra persona fuese empujada hacia una oscuridad sólo porque los demás necesitaban una respuesta.
Juan, que aguardaba fuera, pidió entrar cuando terminó la declaración.
No le preguntó a Martín si llevaba aquel abrigo negro.
Quiso saber por qué, después de ver su estado en 1924, no regresó a comprobar qué había sido de él.
Martín contestó que temió perder el empleo y ser acusado de una agresión que afirmaba no haber cometido.
Juan escuchó toda la respuesta sin moverse.
Después dijo que ese miedo podía explicar su silencio, pero no justificarlo.
Darío añadió las palabras al acta, sin presentarlas como confesión de otro delito.
Martín salió escoltado al patio, y Juan permaneció sentado hasta que el sonido de sus pasos dejó de oírse.
La elección de Adela
Adela Saorín esperó fuera del despacho hasta que Martín terminó de declarar.
Le habían aconsejado que lo protegiera: conservar las cartas familiares, callar los apellidos de los intermediarios y atribuir a la confusión lo que recordaba de aquel verano de 1924.
En el bolsillo llevaba la copia de una orden que su hermano le había pedido destruir.
La fecha era legible. También lo era una firma que Martín insistía en no reconocer.
Cuando Darío abrió la puerta, Adela entregó el papel sin teatralidad.
Aclaró que no había presenciado la agresión a Juan y que no sabía quién había entrado en la cueva.
Sabía, en cambio, que Martín había recibido aviso para dejar libre el sendero.
Darío anotó la diferencia. Martín levantó la vista hacia ella y por primera vez no le pidió que lo defendiera.
Adela sintió que acababa de perder la confianza de su hermano; también comprendió que guardando aquel documento habría ayudado a fabricar una culpa todavía mayor para un desconocido.
Juan, que esperaba en el pasillo, no pidió leer la orden.
Preguntó si describía al hombre de negro.
—No —respondió Adela—. Y no voy a decirte que sí para que esto termine.
Juan asintió. Aquella negativa le dolió, pero por primera vez vio a alguien arriesgar una relación para no cambiar una sospecha por un recuerdo.