El ataúd Capítulo 49 La custodia
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Capítulo 49 La custodia

La custodia

Martín Saorín habló sentado, con las manos a la vista y la espalda pegada a la pared.

No parecía un fanático. Preguntó por el estado del vigilante, por los heridos y por Juan.

Darío observó que evitaba pronunciar el nombre del contenido de la caja.

Leandro quiso saber quién le había confiado la custodia.

Martín respondió con una historia de familias que habían heredado documentos, promesas y miedos sin conocer el origen de ninguno.

No pidió que lo creyeran; pidió que verificaran cada fecha.

Juan lo miró con una hostilidad que no intentó disimular.

Había escuchado demasiadas veces que las personas mayores habían actuado por su bien.

Le preguntó por qué nadie lo había buscado después del ataque.

Martín bajó la vista. Dijo que algunos pensaron que había muerto y que otros temieron atraer de nuevo al agresor.

Juan respondió que la prudencia de aquellos hombres le había costado ocho años de vida.

Nadie discutió. La confesión no reparaba el daño, pero al fin alguien asumía que el silencio también había tenido víctimas.

Martín había heredado la custodia de su tío.

Las anotaciones de Calasparra procedían, según él, de distintos grupos que se habían sucedido para mantener cerrada la caja.

En ocasiones la habían transportado por carreteras y en tren, evitando habitaciones habitadas.

Alguien rompió los sellos durante un traslado anterior y la cosa comenzó a influir sobre quienes tocaban la madera.

Los tres golpes eran una invitación que se repetía hasta conseguir que alguien respondiera.

Darío no aceptó el relato como prueba de nada.

Exigió saber quién había asesinado al vigilante.

Martín bajó la mirada. Había llegado tarde al almacén y había encontrado al hombre intentando sacar una pieza de la tapa.

No pudo salvarlo. No tenía testigos, y su confesión de haber entrado clandestinamente bastaba para que Darío lo retuviera. Martín pareció aliviado por ello.

Elvira le preguntó por los síntomas. Martín describió la pérdida de sueño, la repetición involuntaria de gestos y un impulso creciente de abrir la caja.

Nada de aquello demostraba que la madera albergase un ser.

Entonces explicó algo que no figuraba en los documentos: cada persona afectada soñaba con alguien que había perdido y oía su voz bajo la tapa.

La cosa no necesitaba conocerlos. Parecía encontrar el recuerdo en quien la escuchaba.

Juan, que apenas recordaba el rostro de su padre fallecido, había escuchado de niño una voz que le prometía dos reales y zapatos para su hermana.

Comprendió de golpe que el dinero encontrado en Calasparra no era una amenaza simple.

Era una manera de seguir hablándole. Cuando Martín anunció que el último sello estaba cediendo, Darío ordenó evacuar el almacén.

La caja respondió con tres golpes tan fuertes que los vidrios de una ventana vibraron en sus marcos.

La guardia de los hombres cansados

La noche anterior al traslado, Darío reunió a los hombres que consideraba menos impresionables.

No quiso voluntarios atraídos por la curiosidad.

Escogió a dos agentes que habían pasado años enfrentándose a borrachos armados, accidentes y discusiones que terminaban mal.

Les explicó que vigilarían una mercancía bajo investigación y que seguirían las instrucciones sin separarse.

El mayor preguntó si esperaba ladrones. Darío respondió que sí.

Era una parte de la verdad que no requería mayores explicaciones.

Elvira había establecido unas reglas concretas: nadie debía tocar la caja sin guantes, las herramientas se contarían antes y después de cada intervención y cualquier herido sería atendido lejos del almacén.

Leandro se ocupó de preparar una lista de personas presentes y un registro horario.

Juan rechazó firmar nada porque su letra temblaba cuando se acercaba al lugar.

Al cabo de un rato accedió a dejar constancia de que estaba allí por decisión propia.

Quería que, si las cosas terminaban mal, su madre no recibiera una versión en la que alguien hubiera vuelto a utilizarlo como una pieza pasiva del espectáculo.

En un cuarto contiguo, Elvira examinó la caja de instrumental por tercera vez.

No buscaba objetos capaces de vencer a un monstruo.

Necesitaba agua, gasas, alcohol, una aguja limpia y un procedimiento para sacar a los vivos del edificio si surgía un incendio.

Leandro observó la precisión con que distribuía las cosas.

Le preguntó si estaba asustada. Elvira contestó que sí, y añadió que precisamente por eso comprobaba todo.

Leandro confesó que, durante años, había confundido la valentía con escribir el primer nombre que le venía a la cabeza.

Ella no lo absolvió. Le dijo que todavía podía elegir qué hacer con lo que viera.

Juan apareció con una fotografía doblada de su familia.

No deseaba llevarla consigo durante la operación y pidió a Leandro que la guardara.

En la imagen se veía al padre, muerto antes del episodio de 1924, de pie junto a Petra y los dos niños.

Teresa era apenas un bebé. Leandro guardó la fotografía en el bolsillo interior, lejos del cuaderno.

Le prometió que la devolvería personalmente.

Juan le sostuvo la mirada un instante más de lo habitual y no dijo nada.

A medianoche se oyó desde el almacén un golpe que no coincidió con los crujidos habituales de la madera.

El primer guardia levantó la cabeza. El segundo afirmó que una viga se había asentado.

Darío los hizo permanecer en sus puestos.

Pasaron varios minutos sin sonido alguno.

Entonces alguien llamó a la puerta principal desde la calle.

No eran tres golpes: eran dos, separados con impaciencia.

Un mensajero traía una nota del hospital.

Baltasar Noguera había desaparecido otra vez, esta vez después de pedir ropa seca y preguntar a qué hora amanecería.

Darío leyó el aviso y lo dejó sobre una mesa.

Ordenó que cerrasen las contraventanas. La operación comenzaría con menos certezas de las que habían reunido al planearla.

El acuerdo de los vivos

Leandro encontró a Elvira en la salida del hospital, cuando ya había oscurecido y los tranvías llevaban menos pasajeros.

Le propuso abandonar durante unos días la investigación.

No lo dijo por cobardía, sino porque había comprendido que sus preguntas estaban exponiendo a otras personas.

Elvira le respondió que no podía retirarse mientras hubiera enfermos sin una explicación.

Discutieron andando, primero en voz baja y después con la brusquedad de quienes llevan demasiadas noches durmiendo poco.

Leandro la acusó de confundir responsabilidad con sacrificio.

Ella le recordó que él había prometido proteger a un testigo y aun así había escrito un artículo que permitió reconocerlo.

La acusación lo detuvo. Leandro quiso defenderse, pero al repasar las frases publicadas comprendió que Elvira tenía razón: no había dado el nombre de Jacinto, aunque sí suficientes detalles para que cualquiera del muelle supiera quién había hablado.

Volvieron sobre sus pasos y se sentaron en un banco apartado.

Leandro reconoció su error sin adornarlo.

Elvira no lo perdonó de inmediato. Le pidió algo más concreto que una disculpa: retirar la siguiente crónica, hablar con el estibador y ofrecerle ayuda para proteger a su hija si recibía amenazas.

Acordaron también una regla para el resto de la investigación.

Ninguno actuaría a espaldas del otro cuando hubiera vidas en riesgo; las sospechas médicas no aparecerían impresas como hechos; y las confidencias de los testigos no servirían para construir una historia más espectacular de lo que permitían las pruebas.

Leandro preguntó qué ocurriría si la verdad resultaba imposible de publicar.

Elvira le dijo que primero tendrían que averiguar cuál era.

Se quedaron un rato sin hablar, escuchando los pasos de quienes regresaban a sus casas.

Cuando se levantaron, Leandro le ofreció el brazo para atravesar una zona mal iluminada.

Elvira lo aceptó sin ceremonia. Ninguno habló de amor ni de futuro.

Habían compartido demasiadas pérdidas recientes para convertir un gesto en promesa.

Sin embargo, al despedirse, ella le pidió que fuera a verla al día siguiente aunque no hubiera novedades.

Leandro comprendió que aquella invitación no tenía relación con los documentos, y al fin en semanas sintió deseos de que amaneciera.

Lo que Martín calló

Adela Saorín pidió hablar con Darío antes de que sacaran a su hermano de la habitación.

No quiso que Martín estuviera presente. Había traído una caja de lata utilizada durante años para guardar botones, agujas y estampas, y la sostuvo sobre las rodillas hasta que el guardia civil le ofreció una mesa.

Dentro había cartas sin sobre, tres recibos y una llave pequeña, oscurecida por el uso.

Adela separó una de las cartas. En el margen reconoció la letra de su madre, que anotaba cantidades destinadas a un hombre al que en casa llamaban únicamente el carretero.

En 1924, explicó, Martín desapareció de la vivienda durante dos noches y regresó con la ropa cubierta de polvo blanco.

Cuando ella le preguntó si había estado en la cantera, la abofeteó.

Nunca volvió a hacerlo, pero durante ocho años Adela había recordado aquel golpe con mayor claridad que cualquier otra cosa.

No venía a pedir castigo por su hermano ni absolución por sí misma.

Venía porque Juan seguía vivo y porque el miedo de una familia no podía emplearse para dejar sin respuesta a otra.

Darío extendió los papeles sin permitir que Leandro los tocara.

Las cantidades coincidían parcialmente con un asiento del libro de transportes, aunque la fecha estaba corregida con una tinta distinta.

La llave no llevaba número y Adela ignoraba qué abría.

Nada autorizaba a deducir que Martín hubiera atacado al niño.

Aun así, el hallazgo modificaba la declaración: ya no bastaba con afirmar que había acudido a la cueva por obediencia a otros custodios.

Darío hizo pasar a Martín y colocó ante él el recibo.

El hombre reconoció la escritura de su madre sin necesidad de acercarse.

Después pidió ver el reverso de la hoja.

Allí figuraba un nombre escrito con tanta presión que había marcado el papel: Evaristo Mena.

Martín dijo que Mena había conducido la carreta hacia el monte, pero que no podía asegurar quién se había quedado junto a Juan.

Darío le preguntó por qué lo había callado.

Martín tardó en responder: porque, cuando Mena desapareció, él había sentido alivio antes que preocupación, y durante años había confundido ese alivio con la certeza de que todo había terminado.

Juan escuchó la noticia desde el umbral.

Había pedido estar presente en las declaraciones que afectaran directamente a su recuerdo, pero Darío no le había prometido mostrarle todas las pruebas.

Al oír aquel apellido no experimentó reconocimiento alguno.

Le resultó más dolorosa la ausencia de memoria que cualquier revelación.

Petra, que había llegado a buscarlo, lo encontró mirando una raya abierta en la madera del marco.

Juan le dijo que ya no quería que le preguntaran si recordaba el rostro del hombre.

Podía testificar sobre la voz, sobre el olor de las piedras mojadas y sobre el daño que sufrió.

No podía fabricar una cara para facilitar el trabajo de los demás.

Petra le apretó el antebrazo una sola vez.

Darío dejó constancia expresa de aquella negativa.

Era, al fin desde 1924, una declaración en la que lo que Juan no sabía quedaba protegido con el mismo cuidado que aquello que sí recordaba.