Capítulo 48 La denuncia
La denuncia
Leandro acudió cuando terminaba la ronda.
Traía la noticia de una nueva denuncia por mercancía desaparecida.
Elvira no quiso escucharla junto a los enfermos.
Lo llevó al cuarto donde se guardaban las vendas y le explicó, con cansancio, que la tensión estaba afectando al personal.
Una auxiliar se negaba a trabajar después del anochecer y un practicante estaba a punto de perder el empleo por haber abandonado su turno.
—Si publicas que aquí hay algo escondido —dijo—, mañana no tendremos manos suficientes.
—Si no publico nada, continuarán entrando heridos del puerto sin que nadie pregunte por qué.
No discutieron sobre quién tenía razón. Leandro sacó su cuaderno y escribió una lista de hechos confirmados que Elvira podía revisar sin revelar la intimidad de sus pacientes.
Decidieron separar el reportaje en dos: el primero trataría de las condiciones de trabajo; el segundo quedaría retenido hasta que pudieran cotejar los documentos del transporte.
Cuando se disponían a salir, la mujer que cuidaba del enfermo les interceptó en el corredor.
No exigió conocer el diagnóstico. Quería saber si podían permitirle pasar una hora a su lado sin que los guardias le preguntaran por las palabras que él murmuraba en sueños.
Elvira consultó la temperatura, explicó las precauciones y le acercó una silla.
Nadie pudo asegurar que aquello lo curase, pero al cabo de un rato el hombre dejó de agitarse.
Elvira regresó al cuarto de material. Leandro la esperaba sin lápiz en la mano.
Ella le confesó que durante la última guardia había creído ver a un hombre inmóvil tras el cristal de una puerta cerrada.
Cuando se acercó solo encontró su propio reflejo, deformado por la luz de un farol. Le dio vergüenza admitirlo.
—No me avergüenza que tuvieras miedo —respondió Leandro.
—A mí tampoco. Me avergonzaría escribir otra cosa en el informe.
al fin en muchos días se tocaron sin que el gesto tuviera que resolver una discusión. Leandro le sostuvo la mano unos segundos. Después ambos regresaron a sus tareas, con la certeza incómoda de que cuidar de alguien no significaba poder protegerlo de todo.
Elvira llegó después de que los hombres abandonaran el almacén.
No entró de inmediato. Encontró a uno de los vigilantes sentado en el escalón, con las manos abiertas sobre las rodillas y una pequeña herida en el pulgar.
Le pidió que contara lo ocurrido desde el momento en que recibió la orden de ocupar su puesto.
El hombre no habló de apariciones. Dijo que había oído golpes, que todos habían mirado hacia la puerta y que él se había cortado al tratar de levantar una barra caída.
Cuando Elvira le preguntó si había visto una mano, miró a Leandro antes de contestar.
—Vi algo moverse —dijo—. No sé de quién era ni dónde estaba apoyado.
Leandro sintió la tentación de completar la frase con lo que creía haber visto.
La había sentido también en la redacción, frente a titulares que parecían escribirse solos.
Pero allí estaba el vigilante, temblando de frío y de vergüenza, y comprendió que una palabra suya podía convertirse al día siguiente en el recuerdo de todos.
Anotó las respuestas literalmente. Elvira lavó la herida y comprobó el pulso del hombre; después pidió que le llevaran agua y que no volviera al puesto aquella noche.
En el patio, Darío reunió a quienes habían estado presentes y les hizo declarar por separado.
Las diferencias aparecieron enseguida. Uno situaba el primer golpe antes de abrir el candado; otro aseguraba que habían sido dos golpes seguidos y uno más tarde.
Nadie coincidía en el tiempo transcurrido hasta el segundo ruido.
Darío no utilizó aquellas contradicciones para burlarse del miedo.
Las escribió porque necesitaba distinguir una amenaza real de un relato que empezaba a crecer en boca de sus propios testigos.
Juan escuchó desde el umbral y, al fin, no se sintió obligado a reconocer en cada sonido el de aquella noche de su infancia.
Cuando quedaron solos, Elvira preguntó a Leandro si publicaría lo de la mano. Él dobló la libreta y se la guardó en el bolsillo.
—Publicaré que hubo golpes y que nadie ha podido explicar su origen. Lo demás tendrá que esperar.
—A veces esperar es lo único decente que podemos hacer —respondió ella. No lo dijo con ternura, pero se quedó a su lado mientras Darío terminaba las declaraciones.
La decisión de entrar al almacén no se tomó después de los golpes, sino cuando Elvira advirtió que uno de los vigilantes llevaba demasiado tiempo sin responder preguntas sencillas.
El hombre permanecía sentado junto al muro, con la camisa empapada de sudor y una sed que no cedía pese a haber bebido dos vasos de agua.
Decía que escuchaba a su hija llamarlo desde el interior del depósito.
Su hija estaba en casa, a varias calles de allí; Darío lo comprobó enviando a un agente.
Mientras aguardaban, Elvira hizo que el vigilante se tendiera y le examinó las pupilas a la luz de una lámpara.
No encontró una explicación definitiva y se negó a dejarlo solo.
Juan observaba desde la puerta. La voz que el enfermo decía escuchar era precisamente la clase de certeza que había dominado su infancia: algo podía sonar familiar y, sin embargo, no conducir a un lugar conocido.
—¿Lo ha oído usted? —preguntó Darío a Juan.
—He oído a ese hombre decir que oye a su hija. No es lo mismo.
Elvira volvió la cabeza hacia él. No sonrió, pero aquel cuidado al distinguir una cosa de otra le pareció más importante que cualquier declaración heroica.
Ordenó trasladar al vigilante fuera del edificio antes de continuar y pidió a Baltasar que facilitara una manta y un carro.
El consignatario protestó por la pérdida de tiempo.
Cuando el enfermo intentó levantarse y golpeó accidentalmente un cubo, Baltasar fue el primero en ayudar a sujetarlo.
Se quedó con una manga manchada de agua y tardó bastante en recuperar el habla.
Al anochecer, la pared interior devolvió un ruido apenas audible, distinto del que habían escuchado antes.
Era un roce prolongado que se detenía cada vez que alguien se acercaba.
Darío repartió las posiciones y comprobó personalmente que ningún trabajador hubiese quedado encerrado tras el cierre de la nave.
Ordenó abrir primero el portón exterior, para contar con una salida clara, y solo después la puerta pequeña.
Leandro mantuvo la lámpara a la altura que le indicaron.
Cuando el roce volvió a escucharse, nadie pudo precisar de qué superficie procedía.
Juan distinguió una mancha húmeda en el suelo, junto al borde de una caja.
Se agachó sin tocarla y vio pequeñas huellas paralelas, como si hubieran arrastrado un objeto de metal.
Elvira le pidió que se apartara y Darío trazó alrededor de la mancha un contorno de tiza.
Entonces llegó la voz. No habló desde el ataúd, al menos no de un punto que pudieran señalar.
Dijo una frase que Petra había pronunciado aquella mañana en la cocina, una frase tan corriente que Juan no la había retenido hasta oírla de nuevo allí.
Le pidió que no saliera sin comer. El muchacho se apoyó contra una columna.
No gritó ni acudió hacia el sonido. Miró a Darío y, después de un momento que pareció demasiado largo, explicó las palabras exactas.
Leandro quiso saber si alguien podía haberlas oído en la calle.
Juan contestó que sí, que era posible, y por eso mismo no pensaba perseguir aquella voz.
La precaución no redujo el terror; le dio una forma que podían soportar sin entregar a la oscuridad el control de sus movimientos.
El siguiente golpe vino acompañado de una sacudida visible del ataúd.
Uno de los hombres dejó caer la lámpara y el vidrio se rompió, esparciendo combustible sobre las tablas.
La amenaza más inmediata ya no fue la del féretro, sino la de un incendio en un almacén lleno de embalajes.
Baltasar agarró una manta y la extendió sobre el líquido mientras Darío empujaba al vigilante más cercano hacia el portón.
Elvira sacó a Leandro del alcance de las llamas antes de retroceder para ayudar con la manta.
Los tres golpes se repitieron detrás de ellos.
Nadie volvió a contarlos. Cuando dominaron el fuego, encontraron la caja en la misma posición, con una marca nueva sobre uno de sus herrajes.
Darío no permitió examinarla hasta que hubieran atendido a todos los presentes y retirado los materiales inflamables.
Habían sobrevivido a una noche que parecía exigirles mirar únicamente a la oscuridad porque habían seguido viendo, también, a las personas que tenían delante.