El ataúd Capítulo 47 Los tres golpes
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Capítulo 47 Los tres golpes

Los tres golpes

Encontraron a Baltasar en el muelle, empujando con una palanca el candado del almacén.

Darío logró apartarlo antes de que rompiera la cerradura.

El consignatario se resistió con una fuerza inesperada para un hombre que llevaba días enfermo.

No golpeó a nadie: se aferró al hierro y suplicó que lo dejaran terminar.

«Está contando», repetía. «Cuando termine, buscará otro».

Darío lo sostuvo hasta que llegaron dos agentes.

Baltasar parecía un hombre envejecido de golpe.

Había pasado días sin dormir y seguía repitiendo que la carga debía salir de su almacén.

Darío le quitó la palanca y le preguntó quién lo había amenazado.

El consignatario negó haber recibido amenazas, pero su mirada se desplazó hacia la caja antes de responder.

Leandro vio que el hombre escondía las manos bajo la mesa cada vez que le preguntaban qué había descubierto.

Cuando por fin habló, Baltasar contó que alguien había llamado a su casa durante la noche.

No vio a nadie en la puerta. Oyó tres golpes espaciados y después el roce de un objeto arrastrado por el suelo.

Su mujer pensó que se trataba de una broma cruel.

Él había abierto y encontrado una pequeña mancha oscura en el umbral.

Darío pidió que no la limpiaran si volvía a ocurrir.

Baltasar soltó una risa breve, sin alegría.

Quería instrucciones para librarse de aquello, no para conservar nuevas pruebas.

Desde dentro del edificio llegaron tres golpes.

Esta vez todos los oyeron. Hubo una pausa larga y siguieron otros tres.

Darío preguntó a los trabajadores si quedaba alguien en el almacén.

Le aseguraron que estaba vacío. Abrieron con cuidado y encontraron el ataúd inclinado sobre un costado.

Una de las tablas de la cubierta estaba levantada. No había herramientas cerca.

Leandro, que había permanecido detrás de los agentes, vio una mano apoyarse un instante en el borde interior.

Era una mano gris, huesuda, con una marca circular en la muñeca.

Cerró los ojos sin querer. Al abrirlos, el hueco estaba vacío.

Pensó que la luz de la linterna le había engañado hasta que escuchó a Darío ordenar que nadie se acercara más.

El hombre del abrigo oscuro apareció al otro extremo del almacén. No había puerta abierta detrás de él. Parecía agotado, y la piel del rostro se le tensaba sobre los pómulos. Juan dio un paso atrás. Recordó la voz antes que los rasgos.

—Usted me llevó a la cueva.

—Sí —dijo el hombre.

—Me dejó allí.

—Te saqué antes de que despertara del todo.

Darío alzó el arma y le ordenó quedarse quieto.

El desconocido no lo miró. Explicó que llevaba años siguiendo la caja y que la había recuperado en San Juan después de un traslado fallido.

Había golpeado a Juan para impedir que acercase la cara a la abertura.

Lo dijo sin pedir perdón. Juan sintió subir una rabia antigua, más fuerte que el miedo.

La explicación no borraba las heridas ni los años perdidos.

—¿Quién hay dentro? —preguntó Elvira.

El hombre contempló el ataúd y respondió que esa era la pregunta que había condenado a todos los custodios: no había alguien dentro, al menos no de tal modo que un nombre pudiera explicar.

El primer golpe se confundió con el cierre de una persiana en la calle.

El segundo llegó después de un silencio largo, cuando los presentes habían dejado de hablar.

El tercero fue más claro, como si una pieza metálica hubiera caído sobre madera hueca.

Nadie se movió hasta que Darío pidió que anotaran la hora.

La lámpara que había sobre la mesa seguía ardiendo sin vacilar.

Al fondo del corredor se escuchó el agua que goteaba de una cañería.

Darío examinó el muro contiguo y descubrió una estancia en la que se guardaban herramientas.

Una de ellas, mal apoyada, había dejado una marca reciente al resbalar.

Podía explicar al menos un ruido. Aquella posibilidad alivió a Baltasar, pero Juan señaló que había oído tres golpes semejantes en la cueva mucho antes de conocer el depósito.

Su voz no tembló. Lo que lo asustaba era que los otros usaran su recuerdo como confirmación de cualquier fantasía.

Elvira les exigió salir unos minutos para ventilar el lugar.

En el patio, Darío se lavó las manos y observó una pequeña herida en su dedo.

No recordaba habérsela hecho. Se vendó sin decir nada; no quería ofrecer otro misterio a personas ya inclinadas a imaginar el peor.

Cuando regresaron, encontraron el martillo sobre el suelo, lejos de la pared.

El vigilante juró que nadie había entrado.

Darío no lo contradijo. Pidió cerrar todas las puertas y dejó a dos hombres vigilando el acceso de servicio.

La habitación contigua

Elvira hizo trasladar al enfermo a una habitación con ventana al patio.

Había pasado la noche sudando y respiraba con dificultad, pero cuando abrió los ojos pidió que retiraran a los curiosos de la puerta.

Dos camilleros aseguraban haber escuchado los mismos tres golpes que describía el vigilante.

Uno los situaba detrás de la pared; el otro, bajo el suelo.

Elvira les pidió que dibujaran por separado dónde se encontraban cuando los oyeron. Los planos no coincidían.

Aun así ordenó revisar las tuberías, los conductos de ventilación y la carpintería.

Las familias necesitaban explicaciones concretas sobre la seguridad del hospital, no relatos que multiplicaran el miedo.

El encargado de mantenimiento descubrió una contraventana suelta que golpeaba con las ráfagas de levante.

La reparó ante un celador y dejó constancia de la hora.

Aquella noche cesó uno de los ruidos. Los otros persistieron, aunque nadie pudo situarlos en el mismo punto.