El ataúd Capítulo 50 El testigo reticente
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Capítulo 50 El testigo reticente

El testigo reticente

Martín Saorín pidió hablar con Juan sin que hubiera un periodista delante.

Darío se negó a dejarlos solos, pero se apartó hasta la puerta y permitió que el muchacho decidiera si quería quedarse.

Martín tenía las uñas partidas y una mancha de tinta en el borde del puño.

Parecía un escribiente cansado, no una criatura salida de los cuentos que circularon por Cartagena.

—Yo estaba cerca aquella tarde —dijo.

Juan no contestó.

—No fui quien te llevó a la cueva.

—Eso ya lo ha dicho.

—Escuché que habían encontrado a un niño y me fui. Pensé que, si me detenían, descubrirían lo que vigilábamos.

Juan sintió que la furia le subía por la garganta. Había pensado muchas veces en lo que diría al agresor si llegaba a encontrarlo. No se había preparado para un hombre que admitiera cobardía con tanta sencillez.

—¿Sabía que seguía vivo?

—Lo supe después.

—¿Y no fue a mi casa?

Martín se frotó las manos.

—No.

—Entonces no me hable de proteger a nadie.

Darío no intervino. Anotó que Martín reconocía una presencia en las inmediaciones y la omisión de información relevante, pero no obtuvo una confesión sobre el ataque.

Cuando Juan salió, Leandro intentó acercársele y se detuvo al ver su cara.

Caminaron juntos hasta un banco desde el que se veía el tránsito del puerto.

Antes de contestar a la siguiente pregunta, Martín pidió un vaso de agua.

Lo sostuvo con ambas manos y no bebió. Darío quiso saber por qué había cambiado de nombre tantas veces.

«Porque a quien le deben dinero también lo persiguen», dijo Martín, y mostró una uña rota al intentar abrir una cartera vieja.

Había trabajado como carretero, guardés y ayudante de carpintería.

Algunas fechas cuadraban con los registros que tenían; otras parecían inventadas.

Elvira insistió en examinarlo antes de aceptar su historia de una enfermedad.

No había un diagnóstico en su declaración, solo la explicación de un hombre que necesitaba que los demás creyeran algo menos terrible que las acusaciones que circulaban.

Juan observó que Martín evitaba mirar la cicatriz del hombro.

Lo obligó a responder una pregunta que ninguno de los adultos había hecho de forma directa: «¿Usted me llevó a aquella cueva?

». Martín tardó demasiado. Dijo que había conocido al hombre que lo hizo, que se había llevado cosas del lugar y que no podía identificarlo sin poner en peligro a otras personas.

Darío escribió las palabras sin corregirlas.

A Juan le tembló la mandíbula, pero se mantuvo sentado.

«No le he preguntado si conoce a otro», replicó.

«Le he preguntado por usted». La negativa a contestar se convirtió en el dato más importante de la entrevista; también impidió que los investigadores confundieran una confesión parcial con la verdad.

—¿Te ha dicho quién era? —preguntó el periodista.

—Me ha dicho que se marchó.

Leandro esperó. Juan miraba a una cuadrilla que movía tablones de un carro.

Los hombres se avisaban antes de levantar cada peso y ninguno soltaba su extremo hasta que los demás estaban preparados.

Pensó en lo poco que pedía de los adultos aquel día de 1924: que alguno se quedara, que alguien escuchase los golpes, que abrieran la cueva antes de que dejara de respirar.

—No quiero que publiques lo que me ha contado —dijo al fin.

—Pero puede ser importante.

—Para la investigación, sí. Para que todo el mundo vuelva a leer mi nombre, no.

Leandro asintió. No prometió que nunca escribiría sobre el caso, pero aceptó dejar fuera la conversación privada. Se alejó con la sensación incómoda de haber encontrado por fin una historia decisiva y de que su obligación consistiera, precisamente, en no utilizarla.

Martín Saorín llevaba tantos años resolviendo problemas con favores que ya no distinguía una concesión de una deuda.

Había autorizado entradas fuera del horario, cambiado turnos sin anotar y aceptado instrucciones verbales para evitar retrasos.

Cada decisión podía explicarse por separado.

Todas juntas formaban una cadena que lo había dejado sin margen para negar nada.

Cuando Darío lo interrogó, respondió con frases exactas y silencios demasiado largos.

El guardia civil colocó ante él dos documentos con fechas incompatibles.

Martín quiso atribuir el error al escribiente, pero Darío le recordó que ambas hojas llevaban su firma.

No le pidió una confesión de vampirismo, solo el nombre de quien había ordenado trasladar la caja.

Martín miró la puerta, como si esperara ver aparecer a alguien.

Preguntó si su mujer estaba a salvo y si la declaración podría mantenerse fuera del periódico.

Cuando terminó la declaración, Martín pidió agua.

Darío se la dio y volvió a leerle las respuestas.

Dos veces el detenido quiso sustituir «vi» por «me dijeron».

El guardia hizo las correcciones, anotó la hora y exigió una firma junto a cada cambio.

La verdad que perseguían no podía depender de una confesión obtenida a fuerza de cansancio.

Fuera del despacho esperaba Juan, que se había negado a entrar.

Darío salió a decirle que aún no habían terminado.

El muchacho asintió sin alivio. Había comprendido que encontrar un culpable no significaba recuperar lo que le habían quitado.

—No entiende lo que había que hacer —dijo Martín.

—Entonces explíquelo —respondió Darío. —Había gente que iba a morir.

—¿Quién se lo dijo? Martín apartó la mirada.

Durante varios minutos solo se oyó la pluma del escribiente en la mesa contigua.

Darío no estaba frente a un fanático dispuesto a confesarlo todo, sino ante alguien que había aceptado encargos cada vez peores porque cada uno parecía justificar el anterior. Aquello no lo hacía menos responsable.

Martín Saorín aceptó hablar solo cuando le permitieron ver la relación de los objetos requisados.

Pasó el dedo por la lista sin tocar el papel y señaló una caja de herramientas.

Aseguró que no era suya. Darío le preguntó cómo podía reconocerla si nadie había descrito su contenido.

Martín se quedó inmóvil. Había cometido el error de quien conoce un objeto demasiado bien y olvida que los demás todavía no deberían conocerlo.

El guardia no celebró la contradicción. Esperó a que el hombre decidiera si iba a corregirse o a sostenerla.

La declaración de Martín

Darío respondió que no podía prometer ninguna de las dos cosas.

Podía, en cambio, hacer constar las amenazas recibidas y solicitar protección.

Martín reconoció entonces que había permitido utilizar un depósito auxiliar durante varias noches.

Describió al hombre que solicitó el permiso: bien vestido, con un modo cuidadoso de pronunciar los nombres de sus interlocutores.

Juan, que escuchaba desde la habitación contigua, sintió que se le cerraba la garganta.

No por el traje ni por la voz, sino porque recordaba aquella manera de saber el nombre de alguien antes de que se lo presentaran.

Darío pidió que retiraran a Juan antes de continuar el interrogatorio.

El muchacho se negó. No levantó la voz ni hizo ademán de acercarse a Martín; se limitó a colocar la silla junto a la puerta y a decir que había esperado ocho años para escuchar una respuesta.

El guardia civil le explicó que podía permanecer mientras no interviniera y que tendría que salir si aquella conversación lo perjudicaba.

Juan aceptó la condición, aunque no apartó los ojos del detenido.

Sobre la mesa, Darío extendió dos croquis de la cueva.

El primero procedía de las pesquisas antiguas; el segundo había sido trazado con la ayuda del agrimensor.

Martín señaló un paso lateral y afirmó que por allí se había transportado una caja pequeña, no el féretro.

Darío le pidió que repitiese el dato despacio.

No era la primera vez que alguien confundía un lugar visitado con uno imaginado después de leer la prensa.

Sin embargo, aquel paso no aparecía señalado en ninguno de los papeles que Martín podía haber consultado.

—¿Quién cargaba la caja? —preguntó Darío.

—No vi las caras. Uno tenía la mano vendada.

—Antes dijo que no entró en la cueva.

Martín cerró los ojos. La pausa no lo convirtió en culpable de todo, pero permitió comprender que seguía protegiendo una parte de su historia.

Había llegado hasta la boca del pasadizo y había escuchado al niño.

Se marchó cuando empezó a gritar. Darío se lo hizo repetir delante del escribiente y distinguió en el acta entre la presencia admitida, la omisión de auxilio y las lesiones cuya autoría continuaba sin demostrar.

A Juan no le alivió aquella precisión; tampoco quiso que la sustituyeran por una confesión inventada.

—No necesito que diga lo que no hizo —le dijo a Martín—. Necesito que no vuelva a esconder lo que sí vio.

La frase obligó al detenido a mirarlo por primera vez sin bajar la cabeza.

Martín dio un nombre, el de un jornalero que había muerto dos inviernos atrás.

Darío escribió el dato y preguntó dónde podía comprobarlo.

Martín mencionó una nómina conservada por una empresa de transportes.

El guardia decidió enviar a un agente antes de hacer otra pregunta.

Por primera vez, una parte de aquella declaración podía contrastarse fuera de la habitación.