El ataúd Capítulo 44 Lo que se publica
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Capítulo 44 Lo que se publica

Lo que se publica

La reconciliación llegó sin grandes declaraciones.

Leandro devolvió las copias de las notas médicas que ella había compartido y le mostró un artículo sobrio sobre las deficiencias de seguridad en los almacenes portuarios, sin nombres de pacientes ni afirmaciones imposibles de demostrar.

Elvira lo leyó allí mismo. Le dijo que faltaban datos sobre los salarios del personal nocturno. Leandro sonrió al fin en una semana.

A partir de entonces trabajaron juntos con una confianza cautelosa.

Acordaron que la caja debía ser aislada y que nadie volvería a abrirla hasta conocer el riesgo.

Pero esa misma noche Juan les avisó de que Baltasar había escapado del hospital.

Un celador aseguraba haberle oído murmurar que tenía que dejar entrar a alguien antes de que el amanecer lo encontrase fuera.

La vigilia de Petra

Petra García comprendió que la investigación había entrado en su casa cuando Juan dejó de dejar los zapatos junto a la puerta.

Durante años los había colocado siempre en el mismo sitio, con la puntera orientada hacia la calle para poder salir de inmediato si necesitaba huir.

Ahora los escondía bajo la cama. Era un detalle pequeño, y por eso mismo la alarmó más que las conversaciones a media voz con Darío o la presencia del periodista en la cocina.

Aquella noche lo encontró despierto, sentado sobre la manta, con una fotografía amarillenta entre las manos.

La fotografía mostraba al padre de Juan antes de que una lesión de espalda lo apartara de los trabajos más pesados. Los dos se parecían poco: el hombre tenía la mandíbula ancha y Juan una cara todavía afilada de adolescente. Petra se sentó sin preguntarle por qué miraba la imagen.

—Cuando estaba en el hospital —dijo él al cabo de un rato—, yo pensaba que te habías enfadado conmigo por haber seguido al hombre.

Petra tardó en contestar. Recordaba la puerta del hospital y la manera en que había contado las respiraciones del niño cuando lo dejaron verlo.

Recordaba también que había pensado, durante un segundo vergonzoso, por qué no habría obedecido el encargo de regresar a la hora convenida.

No por culparlo, sino porque una mente desesperada busca un momento cualquiera al que retroceder para que nada suceda.

—No me enfadé contigo —dijo—. Me enfadé con lo que te hicieron. Y también tuve miedo de que, si te lo decía muchas veces, creyeras que debías consolarme tú.

Juan dejó la fotografía sobre la colcha.

Explicó que quería acompañar de nuevo a los investigadores, no porque pensara encontrar al agresor de 1924, sino porque estaba cansado de que todos decidieran por él qué recuerdos podía soportar.

Petra estuvo a punto de prohibírselo. Tenía una lista entera de razones sensatas: el peligro de la cueva, el cansancio, las pesadillas que reaparecían cuando se hablaba del ataúd.

Pero lo escuchó hasta el final. El muchacho prometió detenerse cuando no se sintiera capaz y no entrar en ningún lugar sin otra persona.

—Eso no me da tranquilidad —respondió ella.

—Ya lo sé. A mí tampoco.

Desde la calle llegó el ruido de una carreta que avanzaba sobre los adoquines.

Los dos guardaron silencio mientras se alejaba.

Petra pidió a Juan que le enseñara los papeles que había reunido.

Él colocó sobre la mesa las copias de los nombres, un dibujo rudimentario de la cueva y dos direcciones apuntadas por Leandro.

Petra vio con sorpresa que el muchacho había marcado las diferencias entre lo que recordaba y lo que le habían contado después.

Una columna decía «yo vi»; la otra, «dicen».

Era una precaución que nadie le había enseñado y que le permitía no confundir su miedo con una prueba.

Petra tomó un lápiz y escribió debajo de los nombres de la segunda columna una pregunta: «¿Quién puede confirmarlo?

». Juan la miró y sonrió apenas. No habían solucionado el peligro ni el sufrimiento de ocho años, pero al fin trabajaban juntos sin que uno exigiera al otro que dejase de tener miedo.

Cuando apagaron la lámpara, la fotografía seguía sobre la mesa.

Petra decidió dejarla allí. A la mañana siguiente el padre podría verla y, si preguntaba, serían capaces de explicárselo sin ocultar nada.

Elvira llegó tarde a la cita con Leandro porque había tenido que explicar a un superior por qué quería conservar muestras que, a su juicio, podían tener interés en una investigación policial.

Le permitieron guardarlas durante un plazo breve, bajo inventario.

Salió del hospital agotada y encontró al periodista esperándola con una bolsa de pan y queso.

Comieron sentados, sin mencionar durante unos minutos el ataúd.

A su alrededor había parejas que paseaban, un hombre arreglando una rueda y niños corriendo detrás de una pelota.

Leandro le confesó que había pedido a su director suspender temporalmente ciertas publicaciones.

No quería que alguien pudiera identificar a los testigos a partir de pistas demasiado evidentes.

Elvira reconoció que había juzgado con dureza sus primeros artículos, pero añadió que seguía desconfiando de la facilidad con que una noticia podía convertirse en una sentencia pública.

Él no se defendió. Le preguntó si podían volver a verse cuando el asunto terminase, sin expedientes sobre la mesa.

—No sé cuándo terminará —respondió ella.

—Yo tampoco.

Caminaron hasta la esquina donde cada uno debía tomar una dirección distinta.

Elvira tomó la mano de Leandro apenas unos segundos.

La soltó al oír acercarse a alguien, no por vergüenza, sino porque aún necesitaba decidir qué parte de su vida estaba dispuesta a compartir.

Regresó al hospital convencida de que proteger a los vivos exigía algo más que descubrir al responsable de las muertes.

Elvira regresó al hospital cuando faltaba poco para que amaneciera y encontró a Teresa, la auxiliar de la sala de cirugía, sentada ante un montón de sábanas sin doblar.

Aún llevaba en la manga una mancha oscura.

Ninguna de las dos preguntó de dónde procedía.

Sobre el mostrador esperaban tres fichas de ingreso sin terminar; en una habían escrito «agotamiento» y en otra, «herida accidental», aunque Elvira sabía que la segunda lesión no se había producido por una caída.

Le pidió a Teresa que trajese la libreta antigua de guardia.

La auxiliar vaciló antes de abrir el armario: la dirección había ordenado no trasladar documentos fuera de la sala.

—No me la llevaré. Quiero que comparemos la letra y las horas.

En la libreta aparecía la firma de un médico que aquella noche había estado ausente.

Elvira repasó las entradas hasta localizar la fecha de la agresión que había convertido a Juan en noticia.

Tampoco entonces figuraba la palabra que habían impreso los periódicos.

Solo había una descripción precipitada del estado de un niño, dos cifras de pulso y la anotación de que había llegado acompañado por un guardia.

La distancia entre lo escrito y lo divulgado le produjo más desasosiego que cualquier relato de golpes bajo una tapa.

Teresa reconoció que, dos noches antes, un hombre le había preguntado por los pacientes relacionados con el almacén.

Llevaba un abrigo corriente y hablaba como quien busca a un familiar.

No lo había visto de nuevo, pero recordaba el detalle que la inquietó después: antes de nombrar a nadie, el desconocido ya conocía qué cama se había dejado libre para el vigilante.

Elvira no anotó «vampiro» ni «espía». Escribió la hora aproximada de la visita, las palabras de Teresa y que otra persona conocía datos reservados.

Firmaron ambas. Aquella mañana el miedo adquirió la forma incómoda de una pregunta que sí podía investigarse: ¿quién había dado al hombre la información del hospital?