Capítulo 43 La noche de las decisiones
La noche de las decisiones
Elvira dejó los informes sobre la mesa y se lavó las manos dos veces.
No conseguía quitarse de la nariz el olor del depósito, una mezcla de madera mojada y hierro.
Había pasado la tarde examinando a dos hombres con síntomas parecidos, pero no idénticos.
Uno presentaba anemia; el otro, agotamiento y una lesión cutánea que podía explicarse por una infección común.
Reducirlos a una sola causa habría sido cómodo y clínicamente irresponsable.
Leandro la esperaba en el pasillo con una hoja de pruebas de imprenta.
Había suprimido la palabra vampiro del título, aunque el director del periódico se la había pedido expresamente.
Elvira leyó el texto de pie y señaló tres afirmaciones que no estaban respaldadas por las declaraciones.
Él tachó dos y defendió la tercera. Discutieron hasta que una enfermera les pidió silencio.
—No necesito que estés de acuerdo conmigo en todo —dijo Elvira cuando salieron al patio—.
Necesito saber que, si descubres que te has equivocado, lo escribirás.
Leandro dobló la hoja. Confesó que temía perder el trabajo si entregaba un artículo sin el escándalo que esperaba su jefe.
Elvira advirtió que no se enfrentaba a un hombre insensible, sino a alguien que había aprendido a confundir el sustento con la obediencia.
Aquella noche fueron a casa de Juan para explicarle qué se sabía del nuevo traslado.
No le ocultaron los riesgos ni lo trataron como un niño.
Juan escuchó sin interrumpir y preguntó quién había decidido que su testimonio debía formar parte del expediente.
Leandro respondió que nadie podía obligarlo.
Juan dejó pasar unos segundos antes de decir que hablaría, pero únicamente ante Darío y Elvira, y que no quería su nombre en el periódico.
Cuando se marcharon, la madre de Juan los acompañó hasta el umbral.
Les recordó que durante ocho años el muchacho había tenido que escuchar bromas sobre la cueva, incluso de personas que se consideraban compasivas.
Si iban a pedirle otra vez que recordara, debían tener una razón mejor que satisfacer la curiosidad de Cartagena.
Elvira prometió que no habría otra entrevista sin su consentimiento.
Leandro y Elvira caminaron juntos hasta la esquina.
No se besaron. Se quedaron bajo la luz amarilla de una farola, escuchando el rumor distante del puerto, y acordaron encontrarse al día siguiente antes de la reunión con Darío.
La confianza que empezaba a existir entre ambos no había nacido de una confesión romántica, sino de varias decisiones difíciles tomadas en presencia del otro.
La decisión de Elvira
Elvira había pensado en abandonar la investigación después de la última discusión con Leandro.
La había enfurecido que él llamara «indicio» a una frase oída en una taberna y que luego le pidiera respaldo médico.
No era la primera vez que un hombre convertía su prudencia en obstáculo para una historia que deseaba contar.
Sin embargo, al regresar a casa encontró una nota de Juan, escrita con letra trabajosa, en la que le preguntaba si podía hablar con ella sin que hubiera periodistas delante.
Acudió a la cita y lo escuchó durante casi una hora.
Juan no pidió que creyera en criaturas ni en ataúdes malditos.
Le preguntó si era posible recordar una voz con nitidez y equivocarse por completo acerca de un rostro.
Elvira le explicó que la memoria no conservaba los sucesos como una fotografía y que el miedo podía fijar algunos detalles mientras borraba otros.
No prometió devolverle una certeza que nadie podía ofrecerle.
Al salir, comprendió que continuar no significaba aceptar las conjeturas de Leandro.
Significaba impedir que otros hablaran por Juan.
Escribió al periodista una nota breve: seguiría colaborando, pero no avalaría diagnósticos sin pruebas y exigiría conocer de antemano cualquier referencia a los pacientes.
La respuesta llegó al día siguiente. Leandro aceptaba todas las condiciones.
No añadió ninguna declaración sentimental; a ella le bastó que hubiera escuchado.
Elvira dedicó la tarde a comparar todos los síntomas de los heridos.
Rechazó las coincidencias vagas: el cansancio, el miedo y la anemia eran frecuentes y podían proceder de cientos de causas.
Pero identificó un patrón restringido. Solo quienes habían tocado directamente el interior de la caja presentaban una lesión peculiar en los dedos y episodios de desorientación acompañados de movimientos repetitivos.
Baltasar, el vigilante y un carpintero compartían los síntomas.
Juan los había tenido en 1924 y había mejorado cuando lo alejaron de la cueva.
Elvira pasó horas ordenando los síntomas en dos columnas: lo observado y lo contado.
Las mordeduras de Juan pertenecían a la primera; los rumores de un hombre que no envejecía, a la segunda.
La diferencia importaba. Había pacientes anémicos por causas conocidas, heridas infectadas y testimonios que cambiaban cada vez que se repetían.
Pero también existían coincidencias que no podía descartar.
Pidió nuevas muestras y se negó a permitir que un enfermo fuera interrogado mientras tuviera fiebre.
Leandro llegó cuando el hospital empezaba a vaciarse de visitas.
La encontró agotada, con la tinta seca en la punta de los dedos.
No intentó convencerla de que creyera en lo sobrenatural.
Le ofreció acompañarla a casa y le habló de su propia madre, que había muerto después de que un médico confundiera una infección con una indisposición pasajera.
Elvira lo escuchó sin interrumpir. Comprendió entonces que su empeño en conseguir una explicación no procedía solo de la ambición periodística.
Caminando juntos, ninguno necesitó dar nombre a la cercanía que empezaba a existir entre ellos.
Leandro le preguntó si creía en un contagio.
Elvira respondió que creía en los hechos observados y que todavía ignoraba el mecanismo.
Podía tratarse de una sustancia impregnada en la madera, de sugestión alimentada por una historia común o de algo que no sabía describir.
Lo que no haría era convertir el vacío en una respuesta sobrenatural sin intentar antes proteger a los vivos.
Leandro le confesó que había estado a punto de publicar una información que la habría señalado como testigo de sucesos extraordinarios.
Elvira se enfadó. Le dijo que su carrera no era material que pudiera sacrificar para un buen titular.
Leandro admitió que había considerado el beneficio de la exclusiva antes que la consecuencia para ella.
No se defendió. Pasaron varios días sin hablar salvo por asuntos imprescindibles.