El ataúd Capítulo 45 Los días de la fiebre
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Capítulo 45 Los días de la fiebre

Los días de la fiebre

Elvira estuvo dos días sin ver a Leandro.

No fue un distanciamiento deliberado, sino la consecuencia de una sala llena y de tres guardias encadenadas.

Una paciente anciana había llegado con fiebre alta después de pasar una noche a la intemperie; un descargador presentaba una infección en una herida pequeña que había ignorado por no perder su jornal.

Ninguno tenía relación aparente con el féretro y Elvira se negó a incluirlos en un patrón solo porque sus síntomas fueran dramáticos.

Elvira llevaba tres días aplazando una conversación que nada tenía que ver con los pacientes.

Leandro la esperaba a la salida, bajo la cubierta de un portal donde la lluvia repicaba sobre una chapa.

Le preguntó si estaba enfadada. «Estoy cansada de que decidas qué peligro puedo asumir», respondió ella.

«Publicas una noticia y después me pides que me aparte de sus consecuencias».

Leandro quiso explicar que la había visto entrar sola en el almacén, pero ella no le permitió convertir el miedo en reproche.

«Si tienes pruebas, las leeré. Si tienes dudas, las discutiremos.

Lo que no harás será protegerme escondiéndome información».

En un descanso encontró una nota de Leandro junto a la recepción.

Le preguntaba si podía verla al terminar el turno y añadía que no quería discutir el caso, al menos no durante la primera media hora.

Elvira se echó a reír a pesar del cansancio.

Más tarde, cuando salió a la calle, lo vio esperando bajo el soportal con dos manzanas y una expresión que mezclaba timidez y preocupación.

Caminaron sin tomar el camino del puerto.

Leandro le habló de su familia y del miedo que había tenido de joven a quedarse sin trabajo en el periódico.

Elvira explicó por qué había elegido una profesión que la obligaba a defender cada diagnóstico y cada decisión ante hombres que aceptaban con facilidad las conclusiones de otros médicos.

Ninguno intentó impresionar al otro. Se escucharon sin interrumpirse y descubrieron cuánto de su obstinación procedía de haber pasado años justificando lo que deseaban hacer.

—No podemos convertir esto en una costumbre —dijo Elvira cuando llegaron a una plaza tranquila.

—¿Caminar?

—Vivir solo para este asunto.

Leandro reconoció que llevaba semanas leyendo noticias viejas como si de ellas dependiera la mañana siguiente.

Elvira admitió que había soñado con las heridas de un paciente que ni siquiera pertenecía al caso.

Comprendieron que no estaban eligiendo entre investigar y abandonar: necesitaban poner límites para que la investigación no se llevara todo lo que pretendían proteger.

Se despidieron cerca de casa de Elvira. Leandro no trató de besarla.

Ella tampoco lo invitó a entrar. Pero antes de abrir la puerta preguntó a qué hora pensaba revisar las declaraciones del día siguiente.

Él respondió que podía esperar a que ella descansara.

Fue una concesión pequeña, aunque ambos supieron reconocer en ella algo que ninguna frase apasionada habría demostrado.

A la mañana siguiente Elvira regresó al hospital y encontró a un enfermero inquieto por una visita recibida durante la madrugada.

Un hombre desconocido había preguntado por los informes de los fallecidos del puerto, sin presentar autorización.

Elvira solicitó la descripción y la hora, y dispuso que nadie sacara documentación sin constancia escrita.

Cuando por fin avisó a Leandro, la intimidad de su paseo se había convertido en una razón adicional para no actuar por impulso: ahora tenían algo personal que perder.

Lo que no se dice al despedirse

La discusión entre Elvira y Leandro había comenzado con una prueba y terminó hablando de sus vidas.

Ella había pasado tanto tiempo defendiendo la precisión de su trabajo que confundía cualquier pregunta con un intento de desautorizarla.

Él se había acostumbrado a perseguir noticias hasta convertir a las personas que las protagonizaban en testigos permanentes.

Ninguno quiso utilizar esas confesiones para ganar la discusión.

Caminaron hasta una plaza donde quedaban dos comercios abiertos.

Leandro compró una libreta nueva y arrancó la primera hoja para escribir, delante de ella, las preguntas que todavía no podía responder.

Al lado de cada nombre añadió de quién dependía el permiso para entrevistarlo.

Elvira revisó la lista y le señaló un paciente que nunca había autorizado la publicación de su estado de salud.

—Ese no —dijo.

Leandro lo tachó.

—Quería que vieras que puedo escuchar.

—Escuchar cuando estoy delante es fácil.

No hubo beso ni reconciliación inmediata.

Elvira tenía guardia temprano y él debía corregir un artículo antes del cierre.

Sin embargo, cuando llegaron a la esquina, acordaron comer juntos el domingo si la investigación no exigía otra cosa.

Leandro estuvo a punto de prometer que no habría interrupciones.

Prefirió decir que intentaría merecer aquel tiempo.

Elvira subió la escalera de su casa con cansancio, pero sin la tensión de otras noches.

Al abrir una ventana vio al periodista todavía inmóvil bajo el farol, leyendo la hoja que acababa de corregir.

Le habría gustado llamarlo. Pensó en hacerlo y decidió dejar que cada uno volviera a su trabajo.

al fin esa distancia no le pareció una forma de abandono.

La cuenta de las ausencias

Elvira llevó un registro de los trabajadores que habían faltado a sus turnos desde la apertura de la primera caja.

Separó las enfermedades diagnosticadas de las simples ausencias y añadió una columna para saber quién había trabajado directamente con la madera.

El resultado la incomodó. Varios hombres con síntomas importantes nunca se habían acercado al féretro y dos de los que lo habían tocado seguían sanos.

La relación no demostraba una causa única.

Leandro quiso fotografiar las hojas. Ella las apartó.

—Son pacientes, no una lista de sospechosos.

Él le recordó que la empresa estaba ocultando bajas y que un dato público podía obligarla a responder.

Elvira admitió el problema, pero se negó a entregar nombres sin consentimiento.

Le propuso publicar una investigación sobre los turnos y las pérdidas salariales, y reservar para el hospital las observaciones clínicas.

Leandro tardó en aceptar. El periódico le pagaba por historias que pudieran resumirse en un titular, y la verdad se repartía en columnas de cifras que pocos lectores mirarían.

Fueron juntos a visitar a la viuda del vigilante.

La mujer había dejado sobre la mesa el sobre de su último salario.

No se quejó del miedo, ni de los rumores, ni de que el ataúd siguiera bajo custodia.

Les preguntó cuánto tiempo tardaría en cobrar lo que le debían y quién compraría carbón cuando llegase el frío.

Leandro cerró la libreta. Elvira le explicó las gestiones que podía intentar y reconoció que no controlaba la decisión de los responsables.

Cuando salieron, Leandro confesó que había escrito tres párrafos sobre los golpes que se oían en la nave y ninguno sobre la familia del muerto.

Elvira no respondió de inmediato. Lo acompañó hasta la esquina y le dijo que una historia no mejoraba por esconder lo terrible, sino por mostrar a quién afectaba.

Aquella noche él tachó el comienzo de su artículo y escribió otro, menos brillante, en el que nombraba los salarios pendientes, las condiciones de vigilancia y las contradicciones en los documentos de la descarga.

Se detuvieron ante una tienda cerrada. Elvira apoyó una mano en el antebrazo de Leandro, gesto breve que no había planeado, y admitió que tenía miedo de equivocarse en público porque sus pacientes sufrirían primero las consecuencias.

Él le confesó que llevaba semanas durmiendo mal, no por el féretro, sino por haber imaginado una historia más sencilla de la que encontraba al investigar.

Se besaron sin convertir aquel momento en promesa.

Al separarse acordaron una regla precisa: no utilizarían ninguna confidencia íntima para adelantar el trabajo del otro.

La decisión los dejó más próximos y, al mismo tiempo, los obligó a trabajar con límites que hasta entonces ninguno había aceptado.

Leandro esperó a Elvira a la salida del hospital con la intención de disculparse por haber tratado su silencio como una falta de valor.

Había vendido al director una crónica menos espectacular de lo previsto y temía que aquello le costara los siguientes encargos.

Caminaban por una calle próxima al puerto cuando ella le habló de un enfermo cuya mujer había vendido los pendientes de boda para pagar el viaje desde una pedanía.

No le contó su historia para conmoverlo; quería que comprendiera que la investigación podía dejar a esas familias expuestas a una curiosidad que no habían solicitado.

Leandro respondió que el periódico también podía obligar a los responsables del almacén a pagar las indemnizaciones.

Un paseo después del hospital

La última cama del pasillo había quedado libre al amanecer.

Elvira se sentó en su borde para coser un botón del puño que se le había desprendido durante la guardia.

La aguja le tembló entre los dedos, cansados de sostener instrumental toda la noche.

Leandro, que había acudido para llevarle unas notas, dejó los papeles bajo un vaso y tomó el hilo sin pedirle explicaciones.

No sabía coser con destreza: dio dos puntadas torcidas y tuvo que deshacer una.

Elvira lo miró trabajar mientras en el patio alguien vaciaba agua contra la piedra.

—No tienes que quedarte —dijo ella.

—Lo sé.

Leandro terminó el botón y no sacó las notas del vaso.

Elvira había dicho demasiadas veces que necesitaba descansar y él había escuchado como si fuese un argumento dentro de otra discusión.

Ahora abrió la puerta para que circulara el aire y esperó a que ella pudiera levantarse por su propio pie.

Salieron juntos del hospital; en la calle no se prometieron nada.

Elvira le confió la llave del cajón donde guardaba una muda limpia, un gesto más comprometido que los nombres que ambos evitaban pronunciar.