El ataúd Capítulo 37 Los que custodiaban
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Capítulo 37 Los que custodiaban

Los que custodiaban

Los papeles de Calasparra y los documentos hallados en la tapa encajaban solo parcialmente.

Una relación de nombres permitía seguir el féretro por diversas familias, parroquias y almacenes, pero había décadas enteras sin anotaciones.

No describían la vida de un vampiro. Describían, con la sequedad de un libro de inventario, los lugares donde la caja había permanecido cerrada y los perjuicios causados por quienes intentaron utilizar su contenido.

La lista de custodios tenía vacíos difíciles de explicar.

Había nombres acompañados de fechas, otros sustituidos por iniciales y algunos tachados con tanta fuerza que la pluma había roto el papel.

Leandro propuso reconstruir los parentescos; Elvira le recordó que compartir apellido no equivalía a pertenecer a una conspiración.

Buscaron domicilios, oficios y desplazamientos.

Descubrieron familias que habían cambiado de localidad después de una muerte y otras que no tenían relación aparente con la carga.

Juan escuchó la discusión sin intervenir hasta que oyó mencionar a un hombre que había trabajado cerca del monte.

Recordaba haberlo visto cuando era pequeño, pero no podía precisar el año.

Darío tomó nota sin convertirlo en identificación.

La investigación avanzaba mediante pequeñas certezas y grandes lagunas.

Por primera vez comprendieron que los custodios no formaban necesariamente una orden secreta: podían haber sido personas comunes obligadas a transmitir una responsabilidad que no entendían del todo.

Elvira encontró la referencia a un cirujano que había pensado obtener de la madera un preparado contra la fiebre.

El texto hablaba de enfermos que, después de probarlo, empeoraron y presentaron una sed obsesiva.

Elvira no aceptó la relación causal sin reservas: las recetas antiguas podían resultar tóxicas por sí mismas.

Lo que la impresionó fue una lista posterior de prohibiciones, añadida por otra mano: no acercar el recipiente a un durmiente, no permitir que un herido manipulara los herrajes, no confiar en la voz que saliera del interior.

El hermano de una de las mujeres mencionadas había escrito que la cosa encerrada adoptaba la apariencia de personas conocidas.

Juan se acordó de la mano fría del desconocido, del rostro que nunca lograba reconstruir entero.

Darío recordó al testigo que, en 1924, lo había descrito como joven mientras otra persona lo recordaba anciano.

Había atribuido la diferencia a la mala luz y al miedo.

Ahora seguía sin saber si había otra explicación.

Leandro encontró entre los papeles un plano esquemático de la ladera de San Juan.

La cueva aparecía señalada como lugar de custodia provisional.

Había una línea hacia la costa y una advertencia al margen: si fallaba el sello, la caja debía trasladarse al mar antes del amanecer.

No decía arrojarla al agua. Decía trasladarla al mar.

Esa diferencia empezó a importarles cuando descubrieron que el plano indicaba un viejo acceso de servicio bajo el terreno, tapiado desde hacía mucho.

Juan tomó la decisión de regresar allí, pero esta vez no para perseguir a una sombra.

Quería saber si el hombre de negro había sacado el ataúd de la cueva o si había intentado impedir que otros lo sacasen.

Los ocho años de pesadillas le habían enseñado que recordar una escena no equivalía a comprenderla.

La prueba de la cuerda

Adela llegó a la oficina de Darío con una cuerda recogida del cobertizo familiar y una explicación que no hacía inocente a su hermano.

No había encontrado la cuerda por casualidad.

La víspera, al vaciar un arcón para impedir que sus sobrinos jugaran con herramientas herrumbrosas, descubrió una lazada ennegrecida y un trozo de cuero que olía a aceite.

Reconoció la costura del cuero porque la había reparado ella misma cuando Martín trabajaba para un carretero.

Él le había pedido que no contara a nadie que había regresado de la cantera aquella noche con las botas mojadas y sin el sombrero.

Adela había guardado silencio durante ocho años.

No esperaba que aquel silencio terminara convertido en una declaración.

Darío dispuso la cuerda sobre un pliego limpio, sin permitir que Adela la anudara de nuevo.

Le preguntó quién tenía acceso al cobertizo y cuánto tiempo llevaba el arcón sin abrirse.

Ella contestó con precisión incómoda: su hermano, dos vecinos durante una mudanza y el difunto padre de ambos habían usado aquel lugar.

No podía jurar que el cuero estuviera allí desde 1924.

El agente escribió también esa limitación.

Cuando mencionó a Juan, Adela sostuvo la mirada, pero apretó las manos bajo la mesa hasta clavarse las uñas.

—Si Martín no fue quien lo golpeó, todavía pudo haberlo dejado allí —dijo.

—Eso es lo que intento averiguar —respondió Darío.

—Pues pregúntele por qué llegó sin sombrero y por qué me hizo lavar la camisa antes del alba.

Darío levantó la pluma. Aquello sí era un hecho que podía contrastar con las horas consignadas en el servicio de carros.

Adela tuvo que repetir su recuerdo tres veces; las dos primeras había dicho «antes de las cuatro», y la tercera reconoció que solo sabía que aún no habían tocado las campanas.

En lugar de llevar la cuerda a Juan para provocar otro reconocimiento inseguro, Darío mandó examinar las fibras en la carpintería.

Simón encontró restos de resina común en la región y negó que el desgaste permitiera atribuirla a una persona.

La prueba no resolvía el ataque. Abría una pregunta más estrecha y más dolorosa: quién había ordenado volver a la cantera después de que el niño desapareciera.

Por primera vez Darío podía interrogar a Martín sobre una noche concreta y no sobre la reputación de un hombre vestido de negro.