Capítulo 36 Lo que Juan recordaba
Lo que Juan recordaba
Elvira se acercó y le pidió que describiera lo que sí conservaba con claridad: una superficie fría bajo la palma, olor a madera mojada, una hebilla golpeando la piedra mientras el desconocido se inclinaba.
Lo escuchó sin corregirlo. Darío escribió las palabras y dejó un espacio entre la declaración del presente y el informe antiguo.
El carpintero envolvió las astillas en papel y añadió una observación práctica: algunas piezas del doble fondo habían sido fijadas con herramientas diferentes.
Si el féretro se había fabricado en un solo taller, había sufrido una reparación posterior.
Baltasar dijo que eso explicaba el cambio de peso.
Darío replicó que podía explicarlo, pero todavía no demostraba cuándo se había hecho la reparación.
Leandro miró la caja abierta y sintió la tentación de escribir que habían hallado la llave del misterio.
En realidad poseían un objeto, una declaración insegura y nuevas preguntas.
Sacó del bolsillo una hoja de notas, tachó la palabra «revelación» y escribió «hallazgo sujeto a identificación».
Nunca le había parecido tan difícil redactar una frase breve.
La prueba del doble fondo
Elvira pidió que nadie tocara el féretro hasta que hubiese luz suficiente.
El farol del depósito había empezado a humear y las sombras que proyectaba sobre las tablas volvían inútil cualquier examen.
Darío mandó abrir la puerta exterior. Entró el aire del muelle, cargado de sal y carbón, y con él la voz de un carretero que discutía por una factura.
Aquel ruido ordinario le pareció a Juan una protección mayor que los dos guardias apostados junto a la pared.
Baltasar extendió el recibo sobre una caja de herramientas.
No era la primera vez que le enseñaba una cifra a Darío, pero sí la primera que aceptaba explicar de dónde procedía.
El peso declarado correspondía al cajón y al embalaje exterior; el de la báscula de la segunda jornada incluía algo más.
Darío tomó un lápiz y escribió ambas cantidades en el reverso de un sobre.
La diferencia no demostraba que hubiese un cuerpo dentro.
Demostraba, en cambio, que alguien había intervenido la carga entre una medición y otra.
—¿Quién tenía la llave esa noche? —preguntó Darío. —El capataz y yo —contestó Baltasar. —Dos llaves. —Dos personas con derecho a entrar. No es lo mismo. —Entonces dígame quién entró sin derecho.
Baltasar miró hacia la puerta. Allí se había detenido Martín, sin acercarse a la mesa.
Llevaba los puños de la camisa manchados de una tierra gris que Juan reconoció de la cantera.
Martín sostuvo la mirada del muchacho apenas un instante y después la bajó a sus zapatos.
Juan sintió la urgencia de acusarlo de todo, incluso de aquello que no recordaba con certeza.
Elvira le puso una mano en el antebrazo, no para impedirle hablar, sino para que distinguiera la rabia de lo que había visto.
Leandro anotó la hora, el nombre del carretero y la procedencia de la báscula.
Había aprendido que un artículo podía arruinar una investigación si convertía una sospecha en titular.
Preguntó por el registro de salida del depósito y Baltasar aseguró que lo traería al día siguiente.
Darío no aceptó la promesa: ordenó que lo acompañara un agente a buscarlo antes de que terminara la tarde.
Cuando el consignatario se marchó, Martín siguió junto a la puerta, como si aguardara que alguien le concediera permiso para retirarse.
—Usted sabe qué se añadió —dijo Juan. —Sé lo que me mandaron vigilar —respondió Martín. —No es lo que le he preguntado. —Es lo único que puedo decir sin mentir.
No hubo golpe alguno dentro de la caja. Fue precisamente esa quietud lo que hizo más difícil quedarse.
Darío mandó medir el espesor de los laterales y dibujar la disposición de los herrajes antes de moverlos.
El carpintero descubrió una unión que no figuraba en el primer croquis: una tabla interior había sido fijada desde un ángulo al que solo se podía acceder con la tapa levantada.
Si había un compartimento, no podrían abrirlo sin dejar constancia de quién había roto el sello.
Darío decidió esperar al escribiente y a dos testigos del puerto.
La demora enfureció a Juan, pero también impidió que Martín quedara a solas con el ataúd aquella noche.
El carpintero volvió al depósito cuando ya habían apagado la mitad de las lámparas.
Se llamaba Eusebio Ródenas y llevaba treinta años trabajando con madera destinada a barcos, puertas y cajas mortuorias.
No había querido hablar delante de los curiosos: en cuanto alguien mencionaba la segunda tapa, cada marca de herramienta adquiría para los demás el valor de una profecía.
Pidió a Darío una lámpara y una regla de hierro, se arrodilló junto al féretro y examinó una ranura que apenas dejaba pasar la uña.
La superficie estaba oscurecida por el uso, pero bajo uno de los herrajes asomaba una veta más clara.
Aquella pieza había sido retirada y colocada de nuevo después de que el resto de la madera envejeciera.
—¿Cuándo? —preguntó Darío.
—Eso no se lo dirá ninguna tabla. Puedo decirle que no lo hicieron al construirlo. Y que quien volvió a poner el hierro sabía lo que hacía. Mire los agujeros: no coinciden del todo con los antiguos.
Juan permaneció a un lado. Eusebio le ofreció sostener la lámpara y él aceptó, agradecido por recibir una tarea concreta en lugar de otra pregunta sobre sus recuerdos.
Al inclinar la luz vio un arañazo en el borde interior, no profundo, que continuaba bajo la chapa.
Pensó en la cueva y en los dedos que había imaginado durante ocho años al otro lado de una puerta.
No dijo nada hasta comprobar que la marca seguía la dirección de la veta.
Eusebio la tocó con la punta roma de su regla y negó con la cabeza: podía haberla hecho una herramienta durante el montaje.
La prudencia del carpintero le produjo a Juan un alivio inesperado.
Darío hizo levantar un croquis de los orificios y mandó guardar las medidas con el acta, sin separar todavía las piezas.
Baltasar, que esperaba junto a la entrada, quiso saber si podían cerrar el depósito.
Eusebio respondió que antes necesitaba mirar el fondo.
Allí encontró un taco de madera colocado para corregir un desnivel.
No tenía nada de extraordinario, salvo por una cifra escrita a lápiz en la cara oculta.
Darío la copió sin atribuirle significado.
Al día siguiente podrían contrastarla con las anotaciones del muelle.
Esa noche bastaba con saber que el ataúd había sido intervenido y que existía una comprobación posible.
La noche del relevo
La lluvia empezó poco después de que se apagara la última lámpara del patio.
El vigilante que debía relevar a Eusebio no llegó a la hora convenida, y el hombre se quedó junto a la puerta del depósito con una manta sobre los hombros y una libreta húmeda.
Había aceptado aquel empleo porque su hija necesitaba zapatos y porque le habían asegurado que bastaba con impedir que entraran curiosos.
Nadie le había hablado de los golpes que los demás fingían no oír.
Aquella noche, sin embargo, oyó algo más sencillo y más peligroso: una suela arrastrándose por el pasillo de servicio.
Eusebio apagó la lámpara para no delatar su posición.
El ruido cesó. Esperó junto al marco, con el corazón tan rápido que apenas distinguía la lluvia sobre las tejas.
Entonces una mano empujó la puerta desde el otro lado.
No hubo fuerza suficiente para abrirla, pero sí para probar el cerrojo dos veces, con una paciencia impropia de quien se ha equivocado de entrada.
Eusebio preguntó quién andaba allí. Nadie respondió.
Cuando encendió de nuevo la lámpara, vio bajo la puerta una tira de papel doblada. La recogió sin acercarse al ataúd.
El papel llevaba una orden breve: que abandonara el puesto durante un cuarto de hora y no anotara la ausencia.
No había firma. En el reverso figuraba la cantidad exacta de su jornal de tres días.
Eusebio se quedó mirando los números. El dinero habría permitido pagar al zapatero y comprar carbón, pero también significaba que alguien conocía su necesidad y estaba dispuesto a utilizarla.
Salió al patio para buscar ayuda, sin soltar la llave.
En el umbral se cruzó con el relevo, empapado y sin aliento, que aseguró haber encontrado cerrada la calle por un carro averiado.
—Venga conmigo —dijo Eusebio. Los dos recorrieron el pasillo hasta la puerta exterior.
Hallaron barro fresco en una baldosa que ellos habían limpiado al comienzo del turno y una hebra de tejido prendida en el clavo de un marco.
El recién llegado quiso quitarla. Eusebio le sujetó la muñeca.
—No toque nada. Si mañana dicen que me he dormido, quiero que alguien más haya visto esto.
Al escribir la incidencia, dejó constancia del retraso del relevo y de la nota recibida, pero no acusó a su compañero.
Sabía que una sospecha anotada como hecho podía arruinar una vida con la misma facilidad que un silencio.
A la mañana siguiente entregó la libreta a Darío y se negó a quedarse a solas con el depósito.
No pidió que lo trasladaran a un puesto más cómodo.
Pidió que los turnos fueran de dos personas y que cada llave tuviera un responsable identificado.
Darío observó las manos del hombre, rojas de frío, y comprendió que aquella exigencia modesta valía más que todas las historias sobre el contenido de la caja.
Si alguien pretendía abrirla, necesitaba primero quebrar la voluntad de quienes la custodiaban.
Al terminar el turno, Simón encontró una marca de pintura azul en el borde interior de una de las correas.
Reconoció el color utilizado en los aparejos de una empresa que no figuraba en el manifiesto.
Llevó la correa a Darío sin limpiarla y exigió que se consignara quién la había recogido.
El agente ordenó fotografiarla antes de que el almacén volviera a abrir.
Por primera vez disponían de un indicio material que podía seguirse fuera de los relatos de los custodios.
Baltasar admitió que aquella empresa había prestado material dos semanas antes, aunque no había factura.
Darío lo obligó a escoger entre declarar la cesión informal o sostener que los libros eran completos.
El consignatario pidió tiempo para hablar con su contable.
Darío no se lo concedió: al amanecer enviaría un agente a buscar los registros originales.