Capítulo 35 La segunda tapa
La segunda tapa
El carpintero pidió que nadie tocara los herrajes hasta que terminara de examinar las uniones.
Había visto ataúdes reparados para un segundo entierro, cajones reforzados para viajar por mar y tapas construidas con maderas de distinta procedencia.
Lo que tenía delante no encajaba exactamente en ninguna de esas categorías, pero tampoco estaba dispuesto a llamarlo imposible.
Señaló las marcas de una herramienta estrecha, repetidas a intervalos regulares, y explicó que alguien había trabajado desde el interior del ensamblaje antes de cerrar la pieza.
Juan observó la madera sin acercarse. Le habían contado demasiadas veces lo que debía sentir ante un objeto así.
Esta vez se concentró en algo que podía comprobar: una cabeza de clavo más nueva, una hendidura cubierta de barniz y un olor que recordaba al almacén de su infancia, no a la cueva.
Cuando el carpintero levantó la mirada, Juan preguntó si la tapa podía abrirse sin destruir la caja.
La respuesta fue afirmativa, aunque requeriría tiempo y testigos.
Darío ordenó detener el trabajo hasta levantar un acta.
Algunos presentes protestaron: temían que la demora permitiera ocultar el cargamento; otros querían abrirlo sin testigos.
El guardia no cedió. Aquella noche el féretro quedó cerrado, con dos hombres relevándose bajo una lámpara que ninguno quiso apagar.
A la mañana siguiente, con el acta preparada y el carpintero de regreso, levantaron la primera moldura.
El carpintero examinó la tapa con una paciencia que desesperó a Baltasar.
Pasó los dedos por el canto, golpeó suavemente la madera y señaló una línea casi invisible junto a una moldura.
No era una grieta natural. Alguien había ensamblado dos superficies para ocultar un hueco estrecho.
Antes de abrirlo, Darío hizo que todos retrocedieran y ordenó que se registrara el estado de la caja.
La precaución irritó al consignatario, que quería terminar de una vez con aquel asunto.
El primer tornillo se resistió. El segundo salió con una facilidad que hizo sospechar que alguien lo había aflojado recientemente.
Al separar la plancha encontraron un espacio estrecho forrado con un material oscuro y quebradizo.
Dentro había hojas plegadas, restos de tela y un pequeño medallón de plata partido por la mitad.
Ni un nombre ni una fecha podían leerse a primera vista.
El aire olía con fuerza a hierbas amargas.
El carpintero envolvió el medallón antes de apartar la plancha.
Juan, que observaba desde el extremo de la mesa, advirtió que el extremo suelto de una bisagra había quedado suspendido contra el borde de la tapa.
Iba a avisar cuando oyó un golpecito desde la oquedad recién abierta.
Luego otro, más débil. El peón más joven levantó la lámpara para mirar dentro y rozó con el codo el soporte del banco.
La tapa comenzó a ceder. Juan lanzó hacia él la cuerda que tenía a los pies; el hombre la agarró y pudo apartarse antes de que la madera golpeara el caballete.
La lámpara cayó sin romperse. No había hecho falta que el féretro se moviera por sí solo para herir a alguien.
Darío ordenó cerrar el paso. Mientras el carpintero aseguraba la tapa, Juan miró el hueco oscuro y volvió a escuchar el mismo golpecito, aunque esta vez nadie había tocado las tablas.
Elvira permaneció junto a él sin pedirle una descripción inmediata.
Le temblaban las rodillas y tenía polvo en la boca.
Cuando al fin habló, no dijo que hubiera una persona dentro.
Dijo que habían oído algo después de apartar las herramientas.
Darío escribió la hora y mandó que ninguno de los testigos hablara con los otros antes de declarar.
La amenaza había dejado de ser una leyenda que podían discutir cómodamente alrededor de una mesa.
Juan observó el medallón sin tocarlo. El borde quebrado le resultaba familiar, aunque no conseguía situarlo en la cueva sin ayudarse de lo que otros le habían contado después.
Pidió papel y dibujó la curva tal como creía recordarla; Darío guardó la hoja sin atribuirle valor de identificación.
Aquella prudencia no lo protegió del temblor que le recorrió los brazos.
Entre las hojas apareció una advertencia copiada en épocas distintas: «La custodia no cura.
El huésped no duerme. La sangre solamente lo demora».
Elvira pidió que separasen el papel de los restos de tela.
Las palabras no eran un diagnóstico, y los hombres que las habían repetido podían haber compartido un miedo, una creencia o un engaño.
Pero alguien se había tomado el trabajo de conservarlas.
De improviso, Baltasar empezó a golpear la mesa con tres dedos.
Darío le pidió que parase. El hombre no parecía oírlo.
Cuando Elvira le sujetó la muñeca, Baltasar levantó la cabeza y preguntó en una voz rota por qué le habían quitado la tapa.
La inspección terminó allí. Darío ordenó sellar el almacén y trasladar a Baltasar para observación médica.
Leandro guardó una copia de la advertencia y no escribió una sola línea esa noche.
Un objeto sin dueño
El medallón quedó sobre una tela limpia, lejos de las manos de quienes lo observaban.
El carpintero había terminado de separar la segunda tapa y esperaba que Darío decidiera si necesitaban conservar las astillas del reborde.
Juan reconocía las rayas del metal, pero cuanto más tiempo las contemplaba menos seguro estaba de haber visto exactamente ese objeto en 1924.
Su dibujo de niño había pasado por varias manos y algunos adultos le habían preguntado por las mismas formas antes de que pudiera recordarlas a solas.
—Quiero que conste eso también —dijo.
Darío levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Que pude aprender las marcas después. No quiero que mi recuerdo parezca una prueba que no es.