Capítulo 34 La fecha imposible
La fecha imposible
El hijo de Adela, un muchacho que trabajaba cargando piedra, entró a beber agua.
Al ver a los visitantes puso mala cara. No quería que el nombre de su tío les costara el empleo.
Durante varios minutos habló más alto que todos los presentes y acusó a Darío de buscar un culpable conveniente. Juan le respondió antes que el guardia.
—Yo no he venido a acusar a tu madre. He venido a saber qué ocurrió cuando tenía ocho años.
La frase cortó la discusión. El joven miró al fin a Juan, no como parte de un expediente, sino como otro trabajador que podía perder el jornal por lo que hacían los adultos. Dejó la jarra en la mesa y salió a la calle.
Al marcharse, Darío entregó a Adela una copia del recibo y prometió devolver las cartas una vez cotejadas. Ella le dijo que no confiaba en los hombres que prometían resolverlo todo. Darío no discutió. En el camino hacia Cartagena, Juan permaneció callado hasta que divisaron las primeras casas.
—Creo que ella tiene miedo de su hermano —dijo.
—Puede ser.
—¿Y si también intenta protegerlo?
—Puede ser las dos cosas.
A Juan le molestó aquella respuesta hasta que comprendió que Darío había dejado de convertir a las personas en categorías cómodas. Martín podía haber mentido y Adela podía quererlo. Ninguna de esas verdades, por separado, les diría quién lo había herido en la cueva.
La hija del consignatario
Martín Saorín vivía en una casa donde casi todas las ventanas permanecían cerradas.
Cuando Darío llamó, le abrió una muchacha de diecinueve años que se presentó como Aurelia.
No preguntó qué buscaban. Miró los zapatos del guardia y se apartó para dejarlo pasar.
Dentro olía a jabón hervido y a ropa que no acababa de secarse.
Aurelia ofreció agua. Darío aceptó porque comprendió que rechazarla equivaldría a tratar la casa como un escenario de interrogatorio antes de pronunciar la primera pregunta.
Martín no había regresado. Aurelia explicó que las ausencias de su padre habían aumentado desde que los rumores del muelle alcanzaron la cantera.
Un hombre de la taberna había arrojado una piedra contra la puerta y otro le dijo que nadie compraría pan a una familia de vampiros.
La muchacha seguía atendiendo su trabajo en una tienda de tejidos, pero la dueña le había pedido que entrara por la puerta trasera.
Darío no le preguntó si creía inocente a Martín.
Quiso saber qué días había salido, con quién se había visto y dónde guardaba las cartas.
Aurelia aportó una libreta de recados. En dos fechas aparecía un encargo para retirar materiales de una nave, pero las horas no coincidían con las declaraciones que Martín había hecho.
Darío lo anotó sin insinuar que aquello probara el ataque de 1924.
—No quiero que lo deje libre porque sea mi padre —dijo Aurelia—. Solo quiero que sepa de qué lo acusa.
—Eso mismo quiero yo.
Aurelia lo condujo hasta un armario de madera oscura.
Allí había una chaqueta antigua, un sombrero sin cinta y varias facturas.
Con la autorización de la muchacha, Darío examinó las fechas sin llevarse nada.
La chaqueta parecía demasiado grande para Martín; tenía una costura rehecha en el hombro izquierdo.
Aurelia dijo que había pertenecido a su abuelo.
El guardia no sabía si la prenda guardaba relación con la descripción del desconocido vestido de negro.
Comprendió, sin embargo, cómo una sola pieza de ropa podía convertirse en condena si alguien publicaba la historia antes de contrastarla.
Al marcharse, encontró una piedra rota junto al quicio.
La recogió y la dejó sobre el muro para que nadie tropezara.
Aurelia lo observaba desde la puerta. Darío prometió enviar a alguien si volvían a amenazarla, pero no prometió nada sobre su padre.
Ya en la calle anotó la existencia de la libreta y la necesidad de contrastarla con los turnos del almacén.
Las discrepancias de Martín debían investigarse; el miedo de su hija no podía utilizarse ni como prueba de inocencia ni como señal de culpabilidad.
La segunda visita a la cantera
Al regresar a la cantera, Darío encontró el candado nuevo y el cerrojo viejo.
La diferencia le pareció más importante que las historias recogidas durante la semana: alguien había decidido impedir la entrada después de que se supiera que él había estado allí.
Dejó el coche donde terminaba el camino transitable y subió con Juan y un albañil llamado Fermín Baeza, contratado para reconocer las reparaciones.
El sol calentaba la piedra exterior, pero bajo la cornisa se conservaba una humedad fría que manchaba las suelas.
Juan caminaba medio paso detrás. No había querido que Petra lo acompañara, aunque al salir de casa le había prometido que no se internaría solo en ninguna cavidad.
Fermín apoyó la mano en los ladrillos del cierre y señaló tres hileras distintas.
La inferior llevaba años asentada: entre sus juntas crecían raíces finas y el mortero se deshacía al rascarlo.
La central había sido reparada con arena de otra procedencia.
La última, apenas un paño de cuatro ladrillos, conservaba una mancha de cal todavía limpia.
Darío le pidió que dejara todo como estaba hasta que pudieran documentarlo.
El albañil sonrió sin humor. Allí había trabajado mucha gente, dijo; una pared podía recibir cinco arreglos sin que ninguno ocultara un crimen.
Lo único seguro era que el último remiendo se había hecho con prisa.
Juan vio una pequeña marca en el suelo, casi borrada por el tránsito de botas.
Se arrodilló y apartó dos piedras con la punta de un palo.
Bajo una de ellas había una arandela de cobre partida, del mismo tamaño que las empleadas en ciertas abrazaderas del puerto.
No intentó recogerla. Llamó a Darío y le explicó exactamente lo que había visto antes de tocar nada.
El guardia trazó un círculo alrededor, pidió a Fermín que dibujara la posición y envolvió la pieza en papel.
Preguntó a Juan si la reconocía de la infancia.
Él negó con la cabeza. Ocho años atrás había tenido miedo y fiebre; no había examinado el suelo de una cueva para poder identificar una arandela en el futuro.
Desde la abertura llegó entonces un ruido de piedras pequeñas, como las que caen cuando una rata atraviesa un hueco.
Fermín acercó la lámpara a la entrada, pero Darío lo detuvo.
Dentro podía haber un animal, un hombre o una corriente que desplazara grava.
Ninguna de las tres posibilidades justificaba que entraran sin más gente.
Juan sintió el impulso absurdo de asomarse primero: durante años había imaginado que volver al lugar exacto bastaría para recuperar el rostro que le faltaba.
Le molestó comprender que incluso allí debía admitir lo que no sabía.
Bajaron antes del anochecer. Al despedirse, Fermín pidió que no mencionaran su nombre en el periódico; tenía dos hijos y todavía aceptaba encargos de quienes poseían aquellos terrenos.
Esa noche, al ver la arandela sobre la mesa de Darío, Leandro quiso fotografiarla junto al plano de la cueva.
El guardia se negó. En una imagen parecería la pieza definitiva de una maquinaria criminal, cuando aún no habían averiguado si procedía de un carro, de una puerta o de un envío cualquiera.
Leandro dejó la cámara guardada. Después preguntó dónde podían localizar a los operarios que vendían ese tipo de abrazaderas.
al fin en días, la conversación produjo una lista de nombres y establecimientos en vez de una interpretación del ataúd.