El ataúd Capítulo 33 La casa junto a la cantera
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Capítulo 33 La casa junto a la cantera

La casa junto a la cantera

Juan salió al cabo de unos minutos. En la mano llevaba una taza que no parecía tener intención de beber.

Leandro evitó observar las cicatrices visibles y le pidió que corrigiera, una por una, las frases de una vieja noticia.

El joven tachó dos afirmaciones que jamás había hecho.

En una tercera añadió que no había visto un ataúd entero: recordaba madera trabajada y un cierre de hierro, y durante años pudo haber confundido el tamaño del objeto con el del espacio donde estuvo encerrado.

La corrección alteraba la hipótesis de Leandro.

Si la imagen más famosa de aquella agresión podía proceder de una impresión fragmentaria, debía abandonar la comodidad de tratar el recuerdo como una descripción exacta.

Juan parecía agradecerlo. Habló entonces de la vida después del hospital: los compañeros que fingían morderlo, los patronos que desconfiaban de su resistencia física y la dificultad de cobrar un jornal completo cuando necesitaba descansar el brazo lesionado.

—No quiero que me pregunten otra vez si vi un monstruo —dijo—. Quiero saber quién creyó que podía hacerme aquello.

Petra entró con pan y dejó la mesa preparada sin sentarse.

Había oído esas palabras desde la cocina.

Leandro le preguntó si conservaba algún objeto de 1924, pero ella negó con la cabeza antes de recordar una caja de papeles que había trasladado varias veces de una habitación a otra.

Buscaron juntos entre recibos y notas de crédito.

Apareció una cuenta de botica fechada días después de la agresión, firmada por un hombre cuya letra no supieron identificar.

No había prueba de que estuviera relacionado con el agresor.

Podía ser una donación anónima, un favor de un vecino o una deuda asumida por alguien cercano.

Petra reconoció que en aquellas jornadas muchos habían ayudado sin pedir reconocimiento.

Leandro copió la fecha y el número del recibo, prometiendo investigar al comerciante antes de atribuirle intención alguna.

A la salida, Juan lo acompañó unos pasos. Le contó que su madre llevaba ocho años creyendo que el peligro podía regresar por la misma puerta. Leandro respondió que el miedo no obedecía al calendario. Juan lo corrigió:

—No es solo miedo. Es cansancio. Mi madre no ha descansado una noche entera desde entonces.

Leandro volvió al periódico con menos certezas y un compromiso más severo: si llegaba a publicar algo, tendría que servir a quienes cargaban con aquella historia, no solo a los lectores que deseaban estremecerse durante el desayuno.

Petra esperó a que Leandro terminara de guardar los papeles antes de mostrarle una pequeña caja de hojalata.

No contenía objetos extraordinarios. Había dentro una fotografía familiar con los bordes doblados, dos recibos de medicamentos y una carta que su hijo había escrito años atrás y nunca llegó a enviar.

Se la tendió por el reverso, para que el periodista comprendiera que podía comprobar su existencia sin leerla.

—Toda la ciudad cree que conoce a mi hijo porque sabe lo que le hicieron —dijo—. No saben lo que ha tenido que aprender después.

Leandro apartó la vista de la carta. Había construido parte de su carrera reuniendo detalles que los demás preferían no decir en voz alta.

al fin, la reserva de una madre le pareció una forma de conocimiento, no un obstáculo.

Preguntó si podía hablar con Juan en presencia de ella, sin tomar notas.

Petra aceptó únicamente después de advertirle que la conversación terminaría en cuanto su hijo lo pidiera.

Juan no habló de la cueva. Le enseñó el banco de trabajo que utilizaba para reparar redes y le explicó cómo se reconoce una cuerda dañada antes de que se rompa bajo carga.

Leandro escuchó los nombres de los nudos sin intentar conducirlo hacia el asunto que lo había llevado allí.

Cuando se marchaba, Juan lo detuvo en el umbral.

—Si encuentran al hombre, no escriba que me salvé porque fui valiente. Me encontraron porque alguien me buscó.

Leandro prometió reproducir esa idea, no necesariamente aquellas palabras.

Juan asintió: era la primera promesa periodística que le parecía soportable.

Al bajar la calle, Leandro se dio cuenta de que la investigación le exigía una renuncia distinta de las anteriores.

Podía perseguir un secreto sin apropiarse de la vida de quienes lo habían sufrido.

El interrogatorio de la cantera

La mujer que abrió la puerta no pidió a Darío que se identificara.

Había visto su uniforme desde la ventana y sabía que la visita estaba relacionada con su hermano.

Se llamaba Adela Saorín y llevaba las manos agrietadas de lavar ropa para otras casas.

Les permitió entrar bajo la condición de que Juan no se quedara a solas con ella.

El muchacho aceptó sin preguntar por qué.

Casi todos, pensaba, querían disponer de él como de una prueba o de un testigo cautivo.

Adela contó que Martín aparecía dos veces al año y nunca permanecía más de una noche.

Traía dinero en efectivo, ropa nueva para su sobrino y preguntas sobre antiguos almacenes.

De niño había aprendido el oficio de carpintero con su padre, pero desde hacía mucho no trabajaba de manera estable.

Una vez llegó enfermo, temblando, y le pidió que quemara la venda con la que se había cubierto una mano.

—¿La quemó? —preguntó Darío.

—Sí. No porque creyera que llevara nada del otro mundo. Estaba llena de una sustancia que olía a farmacia y me dio miedo que la tocaran los niños.

Adela señaló un arcón junto a la pared. Allí conservaba cartas que no había entendido y que jamás había contestado.

Antes de entregarlas exigió un recibo, por escrito, con el número de hojas.

Darío obedeció. Algunas cartas se referían a dinero prestado, otras a fechas de transporte.

Una contenía la instrucción de no permitir que una caja permaneciera más de tres noches en una casa habitada. No llevaba explicación.

En el camino de regreso, Juan se cruzó con ellos.

Preguntó si habían encontrado una entrada distinta de la que recordaba.

Darío le ofreció contemplar el dibujo, no regresar a la cueva.

El muchacho siguió la línea del muro con un dedo y señaló un hueco que el albañil había dejado sin sombrear.

Allí, recordó, se había detenido el hombre vestido de negro.

El recuerdo no probaba que el pasaje continuara abierto ocho años después, pero orientó una nueva medición.

Al llegar al cuartel, Darío guardó el dibujo en una carpeta separada de la declaración del joven: no quería que los recuerdos de Juan fueran corregidos por los indicios encontrados posteriormente.

El albañil que acompañó a Darío a la cantera se negó a entrar por la abertura principal.

Dijo que la grieta superior permitía reconocer una reparación reciente sin remover las piedras del fondo.

Llevaba cincuenta años trabajando con cal y sabía distinguir los cambios de humedad de una pared.

Se tendió sobre la roca y alumbró el interior con un espejo sujeto a una varilla.

Bajo una franja de mortero encontró la impronta de una tabla retirada y, alrededor, pequeñas marcas paralelas que parecían corresponder a una herramienta de hierro.

Darío le pidió que dibujara la posición exacta.

El hombre lo hizo dos veces: una para el expediente y otra para sí mismo, porque no deseaba firmar conclusiones que pudiera utilizar cualquiera.

El albañil del barranco