El ataúd Capítulo 32 La carta a Petra
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Capítulo 32 La carta a Petra

La carta a Petra

El coste de una promesa

Juan leyó la carta de pie. El papel olía a tabaco y estaba manchado de aceite en una esquina.

Ningún detalle permitía saber si el remitente había presenciado realmente algo o si pretendía aprovecharse de la historia.

Petra le preguntó si quería que llamara a Darío.

Él respondió que primero quería copiar la fecha y el nombre, comprobar que existían y decidir después.

No iría a un encuentro clandestino por miedo a perder una verdad que acaso no estuviera allí.

Sentado junto a la ventana, escribió una respuesta que nunca podría enviar.

En ella puso lo único que tenía derecho a exigir: que cualquier testimonio se prestase delante de una persona capaz de responder por él.

Cuando llevaron la carta a Darío, el agente reconoció el nombre: figuraba como jornalero eventual en una nómina que había aparecido dos veces con fechas diferentes.

No prometió localizarlo enseguida. Dijo que comprobaría ambos asientos y buscaría a quien hubiera pagado aquel jornal.

Petra tuvo que aceptar una investigación más lenta que el temor; Juan, por su parte, comprendió que participar no significaba exponerse a cualquier trampa que otros llamaran oportunidad.

Aquella decisión alteró también la relación entre madre e hijo: desde entonces los papeles relacionados con la cueva se dejaron sobre la mesa, nunca escondidos en un cajón.

Aquella noche, en la habitación de la fonda, Juan escribió una carta a su madre.

No mencionó vampiros. Le contó que los canales de riego seguían llevando agua a los bancales y que había visto a unos niños disputar por una pelota de trapo delante de la iglesia.

Borró dos veces la frase en que prometía regresar sin miedo.

Al final puso que volvería cuando hubiera terminado de preguntar y que Darío no lo dejaba caminar solo por los caminos.

Doblar la hoja le costó más que enfrentarse a los testimonios del día: por primera vez escribió algo que su madre podría creer sin necesidad de ocultar la verdad.

Al salir se encontró con Lucía Sampedro, una tipógrafa que revisaba las pruebas de la edición vespertina.

Lo conocía desde hacía años y tenía el raro talento de detectar cuándo fingía seguridad.

Le enseñó una línea que se había quedado fuera del texto por falta de espacio: el consignatario del cargamento no había podido presentar el documento que autorizaba la entrega.

Lucía creyó que aquello era la noticia. Si alguien había introducido un ataúd en el puerto sin papeles claros, no hacía falta imaginar un muerto que caminase para pedir explicaciones.

Leandro tomó nota. Era una observación que él mismo tendría que haber hecho.

Esa noche acudió al almacén con Darío y pidió ver las entradas de mercancía de aquella semana.

El encargado les permitió revisar las hojas, pero quiso permanecer presente.

Había muchos nombres, cifras y abreviaturas.

Leandro encontró una corrección sobre la fecha de recepción, realizada con tinta más oscura.

Darío señaló que las firmas de dos testigos tenían una inclinación semejante.

Ninguno de los dos podía demostrar falsificación.

El encargado alegó que el trabajo se acumulaba y que todo el mundo corregía documentos.

Se molestó cuando Darío quiso quedarse con la hoja original. Terminó entregando una copia.

Al regresar a casa, Leandro decidió escribir sobre lo que sabía: una mercancía sin destinatario cierto, documentos corregidos, la muerte de un vigilante y una investigación todavía abierta.

Guardó para sí las historias sobre golpes en la madera y el nombre de Juan.

El texto resultó menos espectacular que la prueba del director, pero recibió una visita inesperada al día siguiente.

Un estibador al que no conocía le dijo que había visto descargar el ataúd y que el problema no había comenzado después de ponerlo en tierra.

Durante el trayecto, aseguró, uno de los hombres había abandonado su puesto porque le pareció oír que alguien respiraba dentro.

Cuando desmontaron una tabla de prueba, el olor que salió del embalaje fue el de la humedad atrapada durante semanas.

Baltasar apartó la cara, pero no por superstición; conocía lo que podía hacer el agua salada en un depósito mal ventilado.

Ordenó extender un lienzo y colocar encima los clavos retirados, en el mismo orden.

El carpintero observó las cabezas y dijo que algunos habían sido golpeados más de una vez.

Nadie había visto abrir el cajón, aunque aquello demostraba que alguien lo había reparado.

Juan se mantuvo detrás de los demás. No quería acercarse hasta que pudo distinguir una veta oscura que corría junto al borde interior.

Recordó una marca semejante en la cueva, pero no estaba seguro de que su memoria no hubiese cambiado con los años.

Pidió papel para dibujarla y luego preguntó al carpintero si era una característica de la madera o una señal hecha con herramienta.

El hombre respondió que necesitaba ver la pieza sin la capa de barniz.

Al terminar, Elvira se lavó las manos dos veces.

Leandro permaneció a su lado, incapaz de decidir si debía preguntarle por lo que habían visto.

—No me pidas que lo explique esta noche —dijo ella—.

Primero quiero saber qué es seguro. —¿Y si nunca lo sabemos?

Elvira cerró el grifo. —Entonces escribiremos que no lo sabemos.

No voy a convertir una ausencia de respuestas en una certeza para que los demás duerman mejor.

Aquella frase se quedó con él cuando regresó a la redacción.

La primera pieza metálica cedió con un ruido seco.

No había nada sobrenatural en aquel sonido: era el de un tornillo viejo vencido por una herramienta.

Sin embargo, los hombres retrocedieron. Elvira los hizo regresar y les pidió que describieran lo que veían, no lo que esperaban encontrar.

Había polvo adherido a las junturas, una veta de madera más reciente que las demás y señales de haber desmontado la tapa en otra ocasión.

Leandro dibujó la disposición de los clavos antes de que los extrajeran.

El dibujo, torpe pero fechado, podía servir después para demostrar que nadie había inventado la segunda estructura.

Elvira pidió que no abrieran el compartimento hasta que hubieran despejado la estancia.

Había demasiadas personas mirando desde la puerta y cualquiera de ellas podría confundir una observación con una historia para contar en la taberna.

Leandro protestó porque temía perder la noticia.

Ella respondió que, si alguien enfermaba por manipular una carga desconocida, la noticia sería todavía peor.

Consiguieron una lámpara adicional, guantes gruesos y un lienzo limpio sobre el que depositar los objetos retirados.

La madera y el hierro

Elvira insistió en que no continuaran sin ventilación y sin registrar los nombres presentes.

Leandro se ocupó de escribirlos. Durante varios minutos trabajaron como quienes examinan un objeto ordinario: midieron, señalaron desperfectos y discutieron si una bisagra estaba sustituida.

El golpe que llegó de la cara inferior fue tan leve que ninguno supo decir de dónde procedía.

Baltasar detuvo el trabajo. Nadie protestó cuando ordenó cerrar la sala y conservar las tablas retiradas bajo llave.