Capítulo 31 Bajo la madera
Bajo la madera
A Darío le costó admitir que había conservado pruebas fuera de la cadena de custodia.
Sabía que aquello las volvía inútiles para demostrar casi cualquier cosa ante un juez.
Había guardado los clavos después de la investigación porque no soportaba la facilidad con la que el caso se había extinguido.
Elvira lo escuchó sin absolverlo. Le explicó que el arrepentimiento no corregía una irregularidad, pero que aún podían documentar la procedencia y los hechos verificables.
Darío extendió sobre la mesa los objetos que había conservado del expediente antiguo.
No se defendió cuando Elvira le reprochó que los hubiera guardado en su casa.
Tenía razón: la conservación irregular impedía demostrar dónde habían estado durante ocho años.
Aun así, podían orientar la investigación.
La astilla de madera se parecía a la de la caja, pero la semejanza no bastaba.
Elvira pidió examinarla con luz natural y comparar el corte, el grosor y las señales de herramienta.
Juan observaba desde la puerta. Para él aquellos objetos no eran pruebas abstractas.
Eran los restos de una tarde que había alterado su infancia.
Reconoció la cuerda por el nudo, aunque no pudo asegurar que fuera la misma.
Darío le pidió que no forzara la memoria.
La recomendación le pareció extraña viniendo de un hombre que durante años había evitado preguntarle nada.
Sin embargo, agradeció que esta vez el guardia estuviera dispuesto a escuchar una respuesta incompleta.
Los cuatro clavos tenían cabezas anchas y una aleación poco común.
Un herrero retirado, consultado por Darío, opinó que eran piezas antiguas hechas para soportar esfuerzos laterales.
No pudo fecharlas. Había señalado, sin embargo, que las marcas del metal podían corresponder a una reutilización repetida.
Los clavos habían entrado y salido de diferentes maderas.
Mientras discutían, Juan se quedó mirando el ataúd a través de una ventana del almacén.
Le pareció que la superficie de la madera se contraía como la piel de un animal que respira.
No lo dijo. Sabía que el cansancio, el miedo y las pesadillas podían fabricar movimientos donde no los había.
Parpadeó, cambió de lugar y se obligó a contar los remaches.
Cuando terminó, una de las cantoneras estaba doblada hacia fuera.
Leandro obtuvo del periódico una copia de la primera noticia sobre el ataque.
Buscó diferencias con el recuerdo de Juan y descubrió algo que no le gustó: los detalles más horribles procedían casi siempre de versiones posteriores.
Dejó de emplearlos en sus artículos. Publicó solo una nota breve sobre el féretro, su destinatario inexistente y la investigación abierta por la muerte del vigilante.
al fin, su editor lo acusó de falta de imaginación.
A medianoche encontraron a Baltasar sentado en las escaleras de su casa.
Tenía los zapatos cubiertos de polvo blanco, un dedo roto y la mirada fija.
No recordaba dónde había pasado dos días.
En el bolsillo interior de su chaqueta apareció una llave pequeña y una carta dirigida a una persona fallecida.
Había escrito él mismo la dirección, con su letra de siempre.
La carta contenía una sola instrucción: «Devuélvanme la segunda tapa».
El precio de una noticia
Cuando Leandro volvió a la redacción, su director había colocado sobre la mesa una prueba de imprenta con la palabra vampiro compuesta en letras grandes.
No era un artículo terminado. Era un titular buscando a alguien que lo justificara.
Leandro leyó el texto y reconoció varias frases suyas, recortadas para cambiar el sentido.
Donde él había escrito que la Guardia Civil investigaba circunstancias no aclaradas, el cajista había colocado una afirmación sobre una criatura nocturna.
Pidió retirar la prueba. El director respondió que el diario necesitaba vender ejemplares y que ningún lector pagaría por saber que todavía no se sabía nada.
Leandro no era un héroe moral. Había exagerado sucesos menores, reducido discursos interminables a una frase malhumorada y publicado una noticia antes de comprobar un segundo testimonio.
Pero había visto a Juan García apartarse de la gente cuando escuchaba su propio apellido, y de pronto comprendía el costo que un titular podía conservar durante ocho años.
Exigió que el texto llevase la advertencia de que no había prueba de vampirismo.
Su director rio y preguntó si pretendía convertir la página de sucesos en un boletín médico.
Leandro amenazó con retirar su firma. La amenaza importaba poco, pero la formuló de todas maneras.
Darío escuchó a un anciano de Calasparra contar que su abuelo había visto salir luz de una tumba.
El hombre parecía sincero; había preparado café, ofrecido los nombres de su familia y señalado un camino que conocía desde niño.
Pero al pedirle fechas, la historia retrocedió sin orden desde las guerras carlistas hasta el reinado de Carlos III.
Darío no se burló. Le preguntó quién le había narrado cada parte.
El anciano recordó entonces que la tumba pertenecía a una historia distinta y que el nombre del fraile había aparecido mucho después, cuando un viajante contó la leyenda en una venta.
Juan sintió decepción, no porque deseara creer en muertos que caminaban, sino porque había esperado encontrar allí una explicación sencilla para su propia desgracia.