El ataúd Capítulo 38 El turno sin dueño
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Capítulo 38 El turno sin dueño

El turno sin dueño

Los hombres contratados para vigilar el depósito recibieron instrucciones contradictorias.

Debían impedir que alguien se acercara y, al mismo tiempo, permitir la entrada de los responsables de la carga.

Debían avisar de cualquier ruido, pero no abandonar la puerta para buscar ayuda.

Uno de ellos, veterano de distintos servicios, exigió que las órdenes quedaran escritas.

El encargado se burló de su cautela. El vigilante respondió que los rumores se olvidaban, pero los despidos quedaban anotados.

Leandro conversó con él antes de que empezara el turno.

El hombre le explicó que el miedo más común no era el de los muertos, sino el de una acusación injusta después de un robo.

Por eso había marcado con tiza la posición de ciertos objetos y había pedido a su compañero que presenciara el cierre.

No quería aparecer en los periódicos, ni convertirse en héroe ni en cobarde.

Quería cobrar y volver a casa al amanecer.

A medianoche se interrumpió la luz durante unos minutos.

Los hombres permanecieron juntos junto a la entrada.

Cuando volvió, descubrieron que una puerta interior estaba entornada.

La marca de tiza seguía intacta; alguien había movido la hoja sin tocar el pequeño obstáculo que impedía abrirla por completo.

El veterano mostró el detalle a Darío a la mañana siguiente.

La noticia era menos espectacular que una aparición, pero indicaba que alguien conocía el almacén y sabía utilizar otro acceso.

El primer intento de reconstruir la lista de custodios fracasó por una razón doméstica.

Habían supuesto que todas las firmas correspondían a hombres que compartían un oficio, cuando uno de los apellidos pertenecía a una viuda que administró durante años una pequeña posada.

Fue Adela Saorín quien señaló el error. Había ido a declarar sobre su hermano Martín y vio el papel al otro lado del escritorio de Darío.

Pidió permiso para examinarlo, reconoció la forma antigua de escribir un apellido y explicó que su madre le había enseñado las cuentas de huéspedes de aquella mujer.

No afirmó que hubiese custodiado nada. Dijo únicamente que por su casa habían pasado viajeros que pagaban por no ser vistos, y que la posadera apuntaba las cantidades en un libro distinto al de la comida.

Darío le permitió llevarse una copia de los nombres, no el original.

Dos días después, Adela regresó con un cuaderno de cubiertas deformadas por la humedad.

Lo había encontrado en un arcón familiar que Martín nunca abría.

La mayoría de las páginas registraba gastos sin interés: aceite, mantas, jabón, jornales de lavandería.

Entre ellas aparecían tres pagos anuales por el uso de una habitación sin ventana y el precio de una reparación hecha por un herrero de Cartagena.

Un nombre se repetía con una grafía distinta en cada apunte.

Darío se resistió a convertirlo en una identificación.

Hizo llamar a un escribiente para comparar las tintas y preguntó a Adela de quién había sido realmente el cuaderno.

—De mi madre, después de mi abuela. Ninguna de las dos sabía lo que había en aquella habitación —dijo Adela—. Eso aseguraban.

—¿Usted las cree?

—Creo que tenían motivos para no contar ciertas cosas a los niños. Y también que a veces se inventa un secreto donde solo había deudas.

Juan, que había asistido a la declaración por voluntad propia, escuchó sin apartar los ojos de las cuentas.

La palabra «custodio» figuraba en el registro; nada demostraba que aquel hombre supiera qué protegía.

Podía ser un hombre que cerraba una puerta, una mujer que alquilaba un cuarto o un niño al que se mandaba lejos cuando llegaba cierto carruaje.

Aquello no absolvió a los responsables, pero hizo más difícil repartir las culpas con comodidad. Al salir, se detuvo junto a Adela.

—¿Su hermano sabía lo que había en la cueva cuando me llevaron? —preguntó.

—No voy a mentir para protegerlo —respondió ella—. Pero tampoco voy a responder por una noche en la que no estuve.

Juan aceptó la respuesta aunque le doliera.

Esa misma tarde Darío dispuso que se buscara al herrero o, si había muerto, a quien hubiese heredado su taller.

En lugar de un relato cerrado sobre generaciones de hombres sin rostro, tenían ahora dos facturas y una pieza de hierro que podía compararse con las del ataúd.

Por primera vez la historia antigua había dejado una huella que quizá sobreviviera a la memoria de sus protagonistas.