El ataúd Capítulo 27 La posada de las dos puertas
44%

Capítulo 27 La posada de las dos puertas

La posada de las dos puertas

La noche que pasaron en Calasparra fue de conversaciones bajas y pasos contenidos.

Elvira había conseguido una habitación cerca del lugar donde aguardaban los documentos; Leandro encontró otra al final del corredor, separada por una escalera estrecha.

La posadera les sirvió una cena sencilla y les advirtió que el cura que podía ayudarles no aceptaría una visita improvisada después de oscurecer.

Durante la comida repasaron cuanto habían averiguado.

Elvira rechazó la idea de convertir una anotación piadosa en diagnóstico y Leandro reconoció que un relato transmitido durante generaciones podía cambiar de forma sin perder su capacidad de atemorizar.

La discusión no los alejó. Al contrario, los obligó a precisar qué esperaban encontrar: una descripción verificable de una caja, una persona relacionada con su custodia o una ruta capaz de explicar cómo ciertos objetos habían pasado de una población a otra.

—¿Y si no hay nada de eso? —preguntó Elvira.

—Tendremos que escribirlo.

Ella lo miró con una sorpresa pequeña, casi involuntaria. Leandro se dio cuenta de que era la primera respuesta que no intentaba impresionarla. Se quedaron callados hasta que la posadera retiró los platos. Desde la calle subió el ruido de una carreta que tardó demasiado en franquear una esquina.

A medianoche llamaron a la puerta de Leandro.

No era Elvira, sino un muchacho del establecimiento que llevaba un sobre sin remite.

Dentro había una copia de una página de inventario y una advertencia escrita con letra torpe: no buscar el original en la sacristía.

Leandro quiso saber quién había dejado el mensaje.

El joven dijo que una mujer cubierta con mantón se lo había entregado cerca del patio y que se marchó antes de que pudiera hacer preguntas.

Leandro no despertó de inmediato a Elvira.

Comparó la copia con sus apuntes y descubrió una discordancia en la numeración de las páginas.

Cuando por fin fue a su habitación, ella estaba despierta revisando notas clínicas.

Escuchó la explicación, observó el documento bajo la lámpara y señaló que la tinta de la advertencia parecía reciente, pero la página copiada podía proceder de un libro antiguo.

—Nos está guiando alguien —dijo Leandro.

—O quiere que vayamos a un lugar concreto.

Elvira le pidió que no salieran de noche.

A la mañana siguiente hablarían primero con la posadera, después con el responsable del archivo, y solo entonces decidirían si el mensaje merecía una comprobación.

Leandro accedió, aunque hubiera preferido bajar a la calle en ese mismo momento.

Al despedirse, permanecieron unos segundos frente a frente, cansados y conscientes de que compartían más horas de incertidumbre que de conversación personal.

Elvira cerró la puerta sin un gesto romántico que pudiera confundirse con una promesa. Pero cuando oyó alejarse sus pasos se descubrió escuchándolos hasta que desaparecieron. Le preocupaba el caso. También le preocupaba ya el hombre que lo investigaba.

En Calasparra, la mujer que guardaba la llave de la habitación de los documentos no se llamaba a sí misma archivera.

Era viuda de un maestro, sabía leer las letras antiguas mejor que muchos de los hombres que acudían a consultarlas y había organizado durante años papeles que otros dejaban en cajas sin rotular.

Se llamaba Francisca Luján. Cuando Elvira le mostró el apellido Rubís, no contestó enseguida.

Buscó una silla y pidió que pusieran la carpeta sobre la mesa, lejos de la ventana por donde entraba polvo del camino.

Francisca encontró tres menciones a personas apellidadas Rubís, separadas por décadas y pertenecientes, al menos según las notas marginales, a familias distintas.

El documento que interesaba a Leandro no describía la muerte de un fraile ni hablaba de vampirismo.

Era una relación de gastos: una cerradura nueva, dos hombres contratados para llevar una caja y una cantidad entregada por un vecino para costear el trabajo.

El nombre del religioso aparecía en una copia posterior, anotado en una letra que Francisca reconoció como muy distinta a la original.

—Esto no prueba que el hombre estuviese allí —dijo la viuda—. Prueba que alguien escribió su nombre muchos años después.