Capítulo 26 La procedencia
La procedencia
Les mostró una relación de trabajos realizada muchos años después del supuesto incidente.
Allí aparecían pagos por hierro de procedencia desconocida, transporte de una caja grande y reparaciones en un lugar descrito únicamente como «la dependencia baja».
Amalia advirtió que tales partidas podían referirse a cualquier obra.
Elvira quiso saber por qué la palabra dependencia aparecía corregida.
La archivista colocó el documento frente a la luz y señaló la tinta más reciente.
Alguien había añadido baja cuando la inscripción original ya estaba seca.
No sabía cuándo, ni por quién. Lo comprobable era la modificación.
Leandro insistió en conocer la historia completa.
Amalia le preguntó si quería hechos o una historia que pudiera vender periódicos.
Él tardó en contestar. En Cartagena, respondió al fin, había un niño que seguía pagando por lo que otros habían publicado de él, y quizá merecía que esta vez se escribiera con cuidado.
La respuesta no terminó de convencerla, pero le permitió examinar un segundo legajo.
Al abrirlo encontraron una hoja de cuentas con cuatro cantidades idénticas, cada una asociada a la palabra hierro.
La última estaba tachada. Debajo había una indicación en una letra diferente: «No bastarán tres».
Antes de marcharse, Amalia les hizo prometer que no utilizarían su nombre en el periódico.
Los acompañó hasta la calle y les señaló la dirección de una casa donde había vivido el último encargado del pequeño depósito documental.
Tal vez su hija conservase cartas. Luego cerró la puerta y se quedó mirando el cerrojo.
Nada de lo que había mostrado contenía una afirmación sobrenatural, pero el temor se le había instalado en el cuerpo desde que vio los cuatro hierros dibujados en el cuaderno.
Había encontrado esa misma figura, semanas atrás, en la cubierta interior de un libro que todavía no había enseñado a nadie.
La encargada de custodiar los papeles no aceptó la primera explicación de Leandro.
Había recibido demasiadas visitas de curiosos que buscaban una historia extraordinaria y abandonaban cualquier interés cuando se les ofrecían libros de cuentas en lugar de prodigios.
Les pidió una fecha aproximada, una institución y un motivo legítimo para consultar las anotaciones.
Elvira explicó que investigaba la procedencia de determinados objetos y que necesitaba establecer si habían pasado por manos de la comunidad.
La mujer las dejó entrar, aunque insistió en que no podían sacar ningún cuaderno.
En la sala había ventanas altas y mesas marcadas por generaciones de escribientes.
Encontraron pagos por aceite, tablas, reparaciones de cerraduras y transporte de pequeños bultos.
Nada decía que un muerto se hubiese levantado de su tumba.
Leandro comenzó a impacientarse, pero Elvira señaló un asiento donde se repetía una cantidad idéntica en intervalos regulares.
La custodia explicó que podía tratarse de una renta, de un servicio contratado o de un error de copia.
Para comprobarlo era necesario hallar el libro complementario.
Lo encontraron en una caja distinta, con la cubierta medio desprendida.
Allí figuraba un transporte del que no se especificaba mercancía, pagado por un tercero.
No era prueba de nada sobrenatural. Era, sin embargo, una pista sobre la costumbre de trasladar objetos fuera del circuito habitual de registro.
Leandro salió del archivo con la impresión incómoda de haber descubierto menos de lo esperado y más de lo que sabía interpretar.
Elvira le recordó que una investigación no avanzaba solo cuando confirmaba una hipótesis: también avanzaba cuando obligaba a abandonarla.
Don Fermín sacó del cajón una segunda carpeta que no había ofrecido durante la primera conversación.
Contenía recibos de reparaciones, pagos por transporte y una relación de objetos entregados a custodios sucesivos.
Ninguno de aquellos papeles demostraba que hubiera existido un ser capaz de sobrevivir a la muerte.
Lo que sí mostraba era el trabajo persistente de varias generaciones de hombres empeñados en desplazar una misma caja y en evitar que quedara durante demasiado tiempo en un lugar.
Elvira observó que una de las entregas aparecía firmada por alguien que, según el registro parroquial, había fallecido meses antes.
Leandro pensó inmediatamente en una falsificación.
Don Fermín señaló otra posibilidad, más prosaica: podían existir dos personas con igual nombre, o podía haberse copiado la fecha al trasladar los apuntes.
Se negaba a llamarlo prodigio hasta agotar esas explicaciones.
Elvira agradeció en silencio aquella cautela.
Salieron de la sacristía con permiso para tomar nota, pero no para retirar originales.
Una mujer esperaba en el umbral de la iglesia con una cesta de ropa.
Había oído que preguntaban por los viejos custodios y quiso saber si iban a reclamar alguna deuda de su abuelo.
Leandro comprendió que los nombres de los documentos no eran simples pistas: todavía pertenecían a familias capaces de padecer las consecuencias de una indiscreción.
Le aseguró que no publicaría nada sin contrastarlo.
La mujer miró a Elvira buscando una garantía que no le ofrecía el periodista.
Elvira respondió que, de momento, investigaban papeles, no personas.
Por la tarde cruzaron el pueblo sin hablar del supuesto monje.
Aquel silencio tuvo poco que ver con el miedo.
Ambos habían llegado esperando que una fecha y un apellido resolvieran una parte del caso; ahora sabían que cada dato exigía averiguar quién lo había escrito, por qué motivo y para quién.
Leandro comprendió que un relato podía reunirlo todo en una página, pero una investigación debía soportar las zonas en blanco.
Guardó los apuntes y decidió preguntar primero por el destino material de las cajas, no por la leyenda de su contenido.