Capítulo 25 El libro de cuentas
El libro de cuentas
Don Fermín los aguardaba en la sacristía, sentado ante un registro de gastos.
Había buscado durante horas una partida que recordaba vagamente.
Encontró pagos por madera, hierro y una conducción escoltada hacia la costa, sin lugar de destino.
Las fechas estaban desordenadas y algunas páginas habían sido encuadernadas en posición incorrecta.
Elvira examinó las tintas y señaló que varias anotaciones parecían hechas en momentos distintos.
El sacerdote asintió: un documento antiguo no era automáticamente fiable.
Don Fermín colocó el libro sobre una tela limpia y les pidió que no apoyaran las manos en las hojas.
Algunas estaban cosidas de nuevo y otras mostraban manchas que podían ser de humedad o de cera.
Leyó una partida de gastos, luego otra, y explicó que las cuentas religiosas no siempre describían el motivo completo de un pago.
Una cantidad destinada a reparar una puerta podía referirse a una dependencia ordinaria.
Leandro quiso ver en cada anomalía una señal.
El sacerdote le obligó a copiar la línea entera, incluida la anotación que parecía contradecirla.
Al final encontraron un nombre repetido en dos décadas distintas.
Elvira propuso que perteneciera a un padre y a un hijo; don Fermín señaló que también podía ser un apodo o un error de copia.
Ninguno quedó satisfecho. Pero la coincidencia con la marca de los documentos portuarios era suficientemente precisa para justificar otra búsqueda.
Leandro cerró su libreta con una sensación que no era triunfo: por primera vez, el misterio había adquirido una forma comprobable, y esa forma lo conducía hacia personas que habían muerto hacía mucho.
En una página figuraba una advertencia muy concreta: «Jamás desclavar los cuatro hierros mientras permanezca húmeda la madera».
Había otra indicación más extraña: después de cada traslado debía mantenerse la caja lejos de enfermos y de niños.
Leandro quiso interpretarla como precaución contra un contagio.
Elvira estuvo de acuerdo en que parecía la explicación más sencilla.
Juan recordó las marcas de la cueva y preguntó si alguien había intentado esconder allí el féretro.
El sacerdote explicó que Calasparra y Cartagena habían mantenido relaciones comerciales y rutas de transporte durante mucho tiempo; eso no bastaba para conectar dos papeles distantes por siglos.
Lo que sí resultaba raro era una firma que se repetía en documentos fechados con casi cuarenta años de diferencia.
La letra conservaba la misma inclinación y la misma forma de cerrar las oes.
Elvira sugirió que podía tratarse de miembros de una familia, un escribiente que copiaba documentos o sencillamente una atribución falsa.
Antes de partir, Juan pidió estar a solas con el registro.
No lo tocó. Se quedó mirando la página de la advertencia hasta que comprendió el origen de un sueño: alguien golpeaba desde dentro de una caja, pero los golpes no pedían ayuda.
Marcaban un ritmo. No era una llamada. Era una cuenta atrás que el niño había escuchado sin entenderla.
En la estación, Leandro recibió un telegrama urgente.
Baltasar Noguera había desaparecido y el vigilante del almacén estaba muerto.
El mensaje no explicaba las circunstancias.
Leandro se lo mostró a Elvira. Ella dobló el papel y se lo devolvió, tratando de calcular cuánto tiempo tardarían en regresar.
Juan miraba las vías. Parecía esperar que el tren llegara ocupado por alguien a quien conocía desde hacía ocho años.
La mujer del archivo
En Calasparra, no fue el primer documento lo que convenció a Elvira de que alguien había manipulado la historia, sino el hueco que otro documento dejaba a su alrededor.
El registro que les mostraron contenía compras de aceite, pagos a canteros y provisiones para varias estancias.
Una página había sido arrancada de manera cuidadosa.
No habían empleado violencia: el corte seguía el pliegue y dejaba apenas una hilera de fibras.
Elvira acercó el papel a la ventana, observó las marcas de presión de la hoja siguiente y distinguió trazos que no podía leer del todo.
Leandro pidió permiso para copiar el aspecto del cuaderno, no su contenido.
El custodio se lo concedió con una paciencia que parecía agotarse a cada pregunta.
Quien terminó ayudándolos fue Amalia Ródenas, una mujer que clasificaba documentos y enseñaba a leer a algunos niños del lugar.
Su padre había trabajado como escribiente y le había dejado la costumbre de fechar hasta los recados más insignificantes.
Amalia conocía la diferencia entre lo que podía probarse y lo que los vecinos repetían.
Les explicó que, en su infancia, había escuchado mencionar a un religioso al que atribuían prácticas extrañas, pero las versiones no coincidían ni siquiera en el nombre.
Unas hablaban de un cuerpo que no se enfriaba; otras, de una caja transportada de noche; otras, simplemente, de una disputa por unos bienes que nadie quería declarar.
Aquello no autorizaba a hablar de un vampiro del siglo XVIII.