Capítulo 24 El cuaderno azul #3
Antes de despedirlo, la archivera exigió que firmara una hoja con la fecha, la hora y los documentos consultados.
Leandro obedeció. Al salir descubrió que había perdido el tren de regreso y que la fonda más próxima no disponía de habitación.
Se sentó en la plaza con el cuaderno cerrado sobre las rodillas.
Podía enviar un telegrama anunciando un hallazgo extraordinario, pero solo tenía una pista parcial y una advertencia escrita en tinta distinta.
Decidió esperar a hablar con Darío y Elvira.
Esa demora le costaría la primicia; por primera vez, el precio le pareció razonable.
Leandro encontró al carretero en el patio de una venta, mucho después de que el hombre hubiese negado conocer el cargamento.
Había dos mulas bajo un cobertizo y una rueda desmontada a la que el carretero intentaba ajustar un aro.
Leandro no comenzó mostrando los documentos.
Pagó primero una jarra de agua y esperó a que el otro terminara de trabajar.
Se llamaba Teodoro Mínguez, tenía una cicatriz corta junto a la oreja y los dedos llenos de pequeñas heridas antiguas.
Cuando por fin aceptó hablar, quiso hacerlo de espaldas a la puerta, desde donde pudiera ver el camino.
Recordaba una noche de lluvia, un carro que no había conducido él hasta su destino y una paga superior a la habitual.
El encargo había consistido en dejar los animales en un tramo de camino sin casas.
Allí se presentó un hombre que llevaba una lámpara cubierta y que no permitió acercarse a la carga.
—¿Era el mismo que vio usted en el muelle? —preguntó Leandro.
—No he dicho que lo viera en el muelle. He dicho que llevaba sombrero.
Leandro corrigió la nota. No disponía de una descripción que permitiera unir los dos lugares.
Teodoro le habló de un cajón asegurado con correas, de una rueda que había quedado hundida en el barro y de una marca blanca que alguien trazó sobre el eje.
Ningún muerto había salido de la caja. Ningún caballo había enloquecido.
Su miedo había empezado después, cuando un intermediario le ofreció dinero para olvidar la ruta.
Aceptó una parte y devolvió el resto al comprender que lo estaban comprando para declarar, si llegaba el caso, que el carro había estado vacío.
—¿Conserva el dinero? —preguntó Leandro.
Teodoro abrió la palma. Tenía allí dos monedas de distinto año, oscurecidas por el uso.
—Conservo esto porque no me las he querido gastar. No prueban quién me las entregó.
—Pero puede decirme dónde ocurrió.
El carretero miró la calle. Después señaló un árbol seco que aún podía verse desde la venta y explicó cómo llegar a la explanada donde lo habían obligado a esperar.
Leandro no le pidió juramentos; le pidió que repitiera el recorrido al día siguiente en presencia de Darío.
Teodoro se negó al principio. Si su nombre aparecía en un periódico, nadie volvería a contratarlo para llevar harina.
Leandro sacó el cuaderno, arrancó la hoja donde había escrito sus datos y la guardó en el bolsillo interior.
—No publicaré su nombre sin hablar antes con usted —dijo—. Lo que sí haré es avisar de que hay una ruta que debe comprobarse.
Aquella noche, cuando Elvira leyó sus apuntes, fue ella quien advirtió la parte más importante: el carretero no había descrito una criatura, sino un sistema de relevos diseñado para que ninguna persona conociera el trayecto entero.
La diferencia cambiaba la investigación.
Podían buscar los tramos sucesivos, las herraduras usadas, las cuentas del forraje.
Leandro anotó esas posibilidades, tachó el comienzo espectacular del artículo que llevaba preparado y decidió acudir primero a Darío.
Por una vez, la noticia tendría que esperar a la prueba.
Elvira comprobó en sus notas que dos trabajadores describían el mismo ruido, pero no la misma hora.
Uno había oído golpes antes de la fiebre; el otro, al salir del hospital.
La diferencia impedía tratarlos como testigos de un acontecimiento único.
Leandro insistió en que el parecido era una noticia; ella contestó que también lo era la diferencia, si estaba dispuesto a publicarla.
Él cerró el cuaderno y tachó el titular que había escrito mientras la escuchaba.
No discutían sobre creer o no creer: discutían sobre el daño que podía hacer una afirmación demasiado pronta.
Al despedirse, Elvira le entregó una relación sin nombres, hecha únicamente de fechas y síntomas.
Leandro la aceptó con una condición: antes de escribir hablaría con las familias.
La doctora no le sonrió por haber cedido.
Sabía que un periodista podía cumplir aquella promesa y seguir contando una historia falsa.
Lo acompañó a la salida para enseñarle dónde habían modificado el horario de las visitas; si quería escuchar, tendría que hacerlo a la hora que la gente pudiera recibirlo.