El ataúd Capítulo 24 El cuaderno azul #2
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Capítulo 24 El cuaderno azul #2

El hospedero se llamaba Eulogio y conocía las costumbres de quienes llegaban preguntando por manuscritos y milagros. Había aprendido a distinguir a los curiosos de los vendedores de estampas. Al oír que buscaban menciones de un religioso vinculado a un féretro, frunció los labios.

—De muertos que regresan puede hablarles cualquiera —dijo—. De cuándo se escribió una cosa, ya es distinto.

Sacó un cuaderno donde apuntaba las compras de la fonda y, entre sus páginas, mostró una lista de huéspedes antiguos, copiada de un registro de su padre.

Años atrás habían llegado dos hombres interesados en los enterramientos de un convento desaparecido.

Uno de ellos había anotado la dirección de un procurador en Murcia.

Eulogio no podía asegurar que buscasen el mismo asunto.

Ni siquiera conservaba los apellidos completos.

Darío copió la dirección, dejó en blanco lo que no podía leer y preguntó por qué no había contado antes aquel detalle. Eulogio miró a Juan.

—Porque la mitad de los que preguntan quieren encontrar un milagro y la otra mitad, un escándalo. Ninguno paga por la verdad de que un papel está roto.

Juan pasó el dedo sobre la mesa para retirar unas migas.

Comprendía aquella prevención mejor que Darío.

Había vivido lo suficiente con una historia contada por desconocidos: cada persona agregaba una mordedura, un grito, una sombra que nadie había visto.

Preguntó al hospedero si recordaba a los visitantes por algo que no figurase en el registro.

—Uno tenía una mano vendada. Se manchó el mantel al servirse el vino.

Darío y Juan intercambiaron una mirada, pero no se apresuraron a interpretar el dato. La venda podía pertenecer a miles de hombres y el viaje había ocurrido años antes. Darío anotó la observación como recuerdo tardío, no como identificación.

Por la tarde los recibió un archivero con paciencia escasa.

Permitió examinar un índice, no los libros originales, y explicó que varias hojas habían sido trasladadas y otras estaban ilegibles por humedad.

Juan, que había temido descubrir el origen de un espanto familiar, encontró registros de arrendamientos, pleitos por agua y pagos a trabajadores.

Aquella normalidad le produjo una decepción extraña, seguida de alivio.

Entre las anotaciones figuraba una partida para reparar una puerta de madera con herrajes de hierro.

No había indicación de que se tratara de un ataúd.

Darío resistió la tentación de llevarse la página fotografiada en su memoria como si probara algo. Copió signatura, fecha y estado del volumen. A la salida, Juan le preguntó si el viaje había sido inútil.

—Nos ha dicho qué no sabemos —respondió Darío—. Y eso puede evitarnos hacerle daño a alguien.

La lluvia había cesado. En la fonda los esperaba un plato de guiso todavía caliente.

Juan comió con un apetito que no había tenido al salir de Cartagena.

Antes de acostarse escribió en su cuaderno los nombres que había aprendido y, debajo, una frase sin adornos: «Una misma historia puede repetirse sin que sea cierta».

No logró dormir enseguida, pero esa noche los ruidos del pasillo le parecieron pasos de huéspedes y no golpes desde una caja cerrada.

La fecha en el margen

En Calasparra, la archivera colocó una cartulina bajo el folio para que pudiera leerse la inscripción sin forzar el papel.

Había dos fechas. La primera pertenecía a una relación de gastos de una comunidad religiosa; la segunda estaba escrita en el margen, en tinta distinta, y mencionaba una exhumación.

Juan llevaba toda la mañana esperando que apareciera una prueba del relato sobre el fraile que no moría.

La mujer, en cambio, señaló primero la grafía.

—Esta anotación no es de la misma mano. Ni siquiera sabemos si se escribió en el mismo siglo.

Darío pidió que explicase cómo podía distinguirlo.

Ella le mostró las letras mayúsculas, la forma de abreviar un tratamiento y una cifra corregida con un trazo moderno.

No afirmó que el dato fuese falso. Explicó que un copista podía transmitir un hecho verdadero muchos años después y también inventar una anécdota para dar sentido a una noticia confusa.

El soporte solo permitía establecer algunos límites.

Juan sostuvo la copia y se detuvo en la palabra «cuerpo».

La historia de la cueva le había enseñado a temer las palabras capaces de ocultar acciones concretas.

Preguntó si el texto decía quién vio aquel cuerpo y quién ordenó examinarlo.

La archivera negó con la cabeza. El folio hablaba de voces recogidas en la población, no de un reconocimiento firmado.

No había informe médico, ni acta de autoridad, ni identificación segura del supuesto religioso.

—Entonces no sirve —murmuró Juan.

—Sirve para saber lo que alguien creyó necesario escribir —respondió Darío—. Eso es distinto de saber lo que pasó.

Salieron cuando el sol empezaba a caer sobre las fachadas.

Juan se sentó en el escalón de la fonda y observó a los comerciantes cerrar sus puertas.

Había deseado encontrar en aquel lugar el comienzo de todas las cosas, una fecha desde la que pudiera explicarse su propia herida.

Ahora tenía una hoja ambigua y un viaje que había obligado a su madre a pedir más fiado.

Darío se sentó a su lado. Le dijo que no estaba obligado a convertir su vida en una demostración.

Buscar un responsable de lo ocurrido en la cueva seguía siendo legítimo aunque la leyenda del fraile resultara imposible de verificar.

Juan pidió un día más para revisar las anotaciones sobre transportes y herencias.

No quería regresar con las manos vacías, pero por primera vez aceptaba que una respuesta incompleta podía ser más honrada que una certeza fabricada.

La mujer que conservó las cartas

La mujer del archivo no permitió que Leandro tocara la caja hasta que se lavó las manos en la palangana del corredor.

Había visto a demasiados visitantes abrir documentos antiguos con la impaciencia de quien cree que una fecha escrita en papel vale por sí sola.

Le mostró primero el cordel que sujetaba el paquete, después el sello quebrado y, por último, las diferencias entre las tres tintas.

—Aquí hay una mano de la época —dijo—. Aquí, otra que copió el nombre muchos años después.

Y esta anotación la hizo alguien que quiso que parecieran la misma.

Leandro pidió llevarse las hojas para enseñárselas a Darío.

La mujer negó sin alzar la voz. —Usted puede copiar lo que ve y decir dónde lo ha visto.

Si se lleva esto, mañana habrá dos historias: la del papel y la de quien lo tuvo durante una noche.

Leandro aceptó trabajar en la mesa, bajo una ventana que daba a un patio sin árboles.

Durante casi dos horas transcribió las cantidades y los nombres.

En una de las cartas se mencionaba el pago de un porte que nunca llegó a completarse.

No se nombraba un ataúd, pero sí una caja larga que debía permanecer sin abrir y cuyo destino se había modificado a última hora.

—¿Y usted por qué las guardó? —preguntó al terminar.

La mujer se quedó un instante mirando el cordel.

—Porque mi padre quiso quemarlas. No me explicó por qué.

Dijo que los papeles atraen desgracias cuando los hombres tienen miedo de que se lean.

Yo pensé que el miedo era una razón para conservarlos.

No añadió que su padre había muerto sin volver a pronunciar aquellos nombres.

Tampoco lo ocultó cuando Leandro se lo preguntó.

La noticia dejó de parecerle una revelación preparada para el periódico y se convirtió en el recuerdo de una familia que había soportado durante décadas una amenaza que nadie había formulado abiertamente.