El ataúd Capítulo 24 El cuaderno azul
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Capítulo 24 El cuaderno azul

El cuaderno azul

Antes de reanudar la marcha, Darío compró un cuaderno de tapas azules.

Se lo dio a Juan y le propuso anotar cuanto recordase, incluso aquello que pareciera absurdo.

No debía esforzarse por rellenar huecos: si un día recordaba algo distinto, también tendría que escribirlo.

Juan aceptó el cuaderno, pero no prometió usarlo.

Esa noche, al llegar a casa, escribió únicamente tres palabras en la primera página: «No era solo».

Después cerró el cuaderno y lo escondió bajo el colchón.

—¿Usted cree que el fraile existió? —preguntó al fin.

Darío apoyó el vaso. —Creo que existieron personas que escribieron sobre él.

No es lo mismo. —¿Y lo que me pasó a mí?

—Eso no depende de lo que yo crea. Te encontraron herido.

Hay un médico que te atendió y una declaración.

Lo demás tenemos que averiguarlo. Juan miró las manos del guardia.

Le gustó que no intentara tranquilizarlo con una explicación.

Había oído demasiadas explicaciones desde que era pequeño, y casi todas terminaban exigiéndole que dejara de hacer preguntas.

En el viaje de vuelta de Calasparra, Juan guardó silencio durante buena parte del trayecto.

Darío no insistió. El camino estaba lleno de baches y las conversaciones a gritos tenían la mala costumbre de convertir las preguntas delicadas en interrogatorios.

Se detuvieron junto a una venta, donde el dueño les sirvió agua y pan con aceite.

Juan comió poco. Había pasado la mañana oyendo a personas adultas discutir sobre libros antiguos, entierros y un hombre al que ninguno había conocido.

Por primera vez entendía que una historia podía sobrevivir durante generaciones sin que nadie pudiera demostrar cómo había comenzado.

El camino de regreso

Al quedarse solos, Elvira señaló que esa diferencia debía aparecer en el artículo, si llegaba a escribirlo.

Leandro prometió distinguir los testimonios de los documentos.

Hablaron luego de asuntos menos graves: la comida, sus habitaciones de infancia, las expectativas que cada uno había defraudado.

Por primera vez, el silencio entre ellos no fue consecuencia de una discusión.

Al llegar a la población, el cielo empezaba a oscurecer y ambos sabían que al día siguiente tendrían que pedir acceso a documentos que quizá no existieran.

La hoja sin procedencia

En Calasparra, la mujer encargada de ordenar un pequeño fondo parroquial les mostró una carpeta cuyo lomo había sido reparado con papel de estraza.

No les permitió tocar los folios. Darío explicó que buscaban una referencia a una caja enviada hacia la costa, no pruebas de prodigios.

La mujer leyó en silencio la hoja que él le señaló y confirmó que había sido incorporada a la carpeta mucho después de la fecha que aparecía en su encabezamiento.

—Entonces no podemos atribuirla al siglo dieciocho —dijo Juan.

—No sin examinar el papel, la tinta y su procedencia. Y aun así sería un documento sobre lo que alguien escribió, no sobre lo que sucedió.

Habían viajado con la esperanza de encontrar un origen inequívoco.

Descubrían, en cambio, una cadena de copias, nombres semejantes y testimonios que se atribuían unos a otros.

Darío pidió permiso para transcribir la signatura y una anotación marginal.

La mujer se lo concedió con la condición de que no publicaran el nombre de la familia que había donado los papeles.

Fuera del edificio, Juan permaneció bajo la sombra de una fachada. Oyó repicar una campana y recordó el ruido metálico de la cueva, aunque no dijo nada hasta que Darío cerró la libreta.

—Si no hay nada verdadero aquí, ¿por qué hemos venido?

—Porque alguien utilizó estos nombres para mover una caja muchos años después. Eso sí puede comprobarse.

Juan aceptó la distinción a regañadientes.

Prefería una respuesta que explicara lo que había sufrido, pero comprendía que una leyenda no le serviría para reconocer al hombre que le había tendido una trampa.

Compraron pan antes de salir y preguntaron al carretero por la carretera menos castigada por las últimas lluvias.

El regreso ofrecía pocas certezas, aunque al menos llevaban una fecha que podrían contrastar con el registro del puerto.

La prueba de las dos tintas

La mujer del archivo dejó que Elvira examinara el libro sin tocarlo.

El papel se había vuelto quebradizo en los bordes, pero la encuadernación conservaba una costura firme.

En la página correspondiente al supuesto enterramiento había un asiento escrito con tinta parda y una anotación lateral de color más oscuro.

Elvira acercó la lámpara y vio que la nota invadía ligeramente la línea del asiento siguiente.

No podía ser una observación hecha en el mismo momento.

—¿Cuándo añadieron esto? —preguntó.

—No sabría decirlo. Aquí no fechaban las rectificaciones como ahora.

Darío leyó la anotación en voz baja. Hablaba de una apertura de sepultura autorizada por una autoridad que el propio documento no identificaba.

No mencionaba sangre, ni cuerpos calientes, ni ninguna de las extravagancias que los viajeros habían escuchado en la fonda.

Elvira señaló precisamente esa ausencia.

Era tentador interpretar el silencio como prueba de ocultación; también podía significar que los hechos nunca habían sucedido.

—Una historia que ha pasado de boca en boca puede acabar teniendo detalles que nadie vio —dijo.

—Y un documento puede mentir por encargo —repuso Darío.

—Por eso necesitamos los dos, y no creer ciegamente en ninguno.

La archivera los condujo a una mesa estrecha donde se conservaban recibos de cera, entierros y reparaciones.

Elvira empezó a separar los documentos por fecha, mientras Darío anotaba nombres de testigos que reaparecían en expedientes diferentes.

Al cabo de una hora encontraron una cuenta por la reparación de una puerta de hierro, abonada poco después de la supuesta exhumación.

No decía dónde estaba instalada. El nombre del herrero coincidía con el de un hombre mencionado en otra relación, veinte años posterior, pero podía tratarse de su hijo.

Darío quiso llevarse una copia. La archivera se negó a entregar el original y les ofreció transcribirlo delante de ellos, palabra por palabra.

A Elvira le pareció una garantía mejor que la posesión apresurada de un papel.

Durante la transcripción descubrieron que una cifra se había corregido mediante una raspadura.

No cambiaba la fecha del asiento, sino el importe pagado.

El hallazgo era insignificante para el misterio y, precisamente por eso, les devolvió un poco de confianza en el documento: no todas las marcas escondían una conspiración.

Cuando salieron, el sol había bajado sobre las fachadas. Darío guardó la transcripción en su cartera.

—Hemos venido buscando el origen de un monstruo y nos llevamos la cuenta de una cerradura —dijo.

—Nos llevamos una cuenta cuya procedencia conocemos —respondió Elvira—. Es más de lo que teníamos ayer.

En la fonda los esperaba un mensaje de Leandro: habían encontrado otra copia del manifiesto portuario.

Esta vez figuraba una dirección de entrega.

Darío la leyó dos veces y pidió que preparasen el coche.

La dirección no estaba en Cartagena. Estaba en una casa abandonada del camino que acababan de recorrer.

Cuando volvieron a la posada, la puerta de la habitación estaba cerrada, pero el pequeño papel que Francisca había colocado entre hoja y marco yacía sobre el suelo.

No faltaban ropas ni dinero. Habían movido solamente el cuaderno azul, ahora abierto por una página en la que el margen aparecía cortado con una cuchilla.

Leandro quiso preguntar al dueño de inmediato.

Darío le pidió que no tocara nada y salió al corredor; al fondo se cerró una ventana sin que nadie contestara a su llamada.

Francisca se agachó para recoger el trozo de papel de la puerta.

Reconoció una huella de tinta en la esquina, dejada esa mañana por su propio pulgar.

«No buscaban robar», dijo. Darío examinó la página mutilada y vio que quien había arrancado el margen no se había llevado las fechas del cuerpo del texto, sino una anotación manuscrita.

Ahora necesitaban averiguar quién había sabido exactamente dónde estaba el cuaderno y quién había entrado mientras ellos comían.

Lo que hasta entonces parecía una cadena de documentos antiguos acababa de convertirse en una intrusión de aquella tarde.

Leandro guardó su libreta sin tomar notas.

Había traído a Francisca hasta aquel lugar porque confiaba en que su testimonio ayudaría a descifrar una fecha; no se le había ocurrido que la persona interesada en impedirlo pudiera reconocerla.

Le propuso salir de la posada por la puerta de servicio antes del anochecer.

Francisca negó con la cabeza. Quería acompañarlos a denunciar la entrada, pero exigió que no mencionaran su nombre en ninguna noticia.

Leandro aceptó antes de discutir con Darío la conveniencia de aquella promesa.

El cuaderno del hospedero

La lluvia llegó a Calasparra sin aviso, golpeó las contraventanas de la fonda y dejó el patio cubierto de una película de barro fino.

Darío había planeado visitar el archivo antes de comer, pero la mujer que atendía la casa le dijo que el responsable estaba en una finca y no regresaría hasta la tarde.

Juan se ofreció a caminar hasta la iglesia.

Darío prefirió esperar. Llevaban dos días viajando y no quería que un impulso convirtiera el desplazamiento en una sucesión de puertas cerradas.