Capítulo 23 Una conversación en el camino #2
Sí reconoció, en cambio, la disposición de los tornillos de la placa.
La había visto dibujada en un inventario privado de una antigua casa religiosa, conservado entre papeles que nunca llegaron a catalogarse.
Los llevó a una habitación fresca, sacó un legajo y les mostró una anotación sobre una caja de ciprés revestida de metal.
El documento hablaba de una custodia sellada y prohibía expresamente «trasladarla bajo techo habitado después de ponerse el sol». No explicaba el contenido.
—¿Es del siglo dieciocho? —preguntó Elvira.
—La copia sí. El texto puede ser anterior, o una falsificación posterior. No me pidan lo que el papel no puede decir.
En otra hoja aparecía la firma de un fraile identificado solo por una inicial y una abreviatura ilegible.
Leandro preguntó si podía tratarse de Rubís.
Don Fermín frunció el ceño. Se negó a convertir una conjetura en un nombre propio.
Aquella noche alojó a los viajeros en habitaciones separadas de una fonda y les aconsejó volver al día siguiente para revisar un segundo paquete de papeles.
Juan no durmió. En el patio de la fonda oyó tres golpes lentos.
Bajó descalzo, llevando una lámpara, y descubrió que procedían de las contraventanas golpeadas por el aire.
Se avergonzó del alivio. Cuando regresó a su habitación, encontró sobre la almohada dos reales antiguos, ennegrecidos, colocados uno junto al otro. La ventana estaba cerrada desde dentro.
A la mañana siguiente, Elvira encontró a Juan sentado a la entrada de la fonda.
Había llegado la víspera en el último tramo del viaje, acompañado por Darío; los dos habían partido de Cartagena después de recibir el aviso de que en Calasparra se conservaba una copia del dibujo hallado en la caja.
Nadie le había pedido que acudiese, pero Juan había insistido en ver el documento antes de que otra persona volviera a decidir qué debía reconocer en él.
Darío aceptó a condición de que regresaran juntos.
El sacerdote les mostró otra vez las hojas.
Juan identificó la figura de cuatro trazos, pero no el nombre que figuraba bajo ella.
Elvira le pidió que explicara exactamente qué recordaba de la cueva: no lo que había soñado durante ocho años, ni lo que había escuchado después, sino aquello que era capaz de separar de todo lo demás.
Juan habló de una superficie metálica, fría y convexa, que rozó su muñeca mientras el hombre lo sujetaba.
No recordó un rostro; tampoco pudo asegurar que el objeto estuviese unido a la ropa del agresor.
Leandro escribió cada duda junto a cada afirmación.
Don Fermín reconoció que la copia no probaba una continuidad entre los siglos.
Un símbolo podía repetirse por herencia, por comercio o por imitación.
Lo que sí podía documentarse era el paso de ciertas cuentas privadas por distintas manos.
Permitió fotografiar las páginas bajo su supervisión y guardó los originales en cuanto terminaron.
A la salida, Darío recomendó no volver a hablar del supuesto fraile como si hubiesen encontrado su biografía.
Juan, que llevaba toda la vida soportando explicaciones demasiado seguras, fue el primero en darle la razón.
La fonda y el testigo
El tren los dejó en una estación donde el polvo se pegaba a las maletas.
Tuvieron que esperar un transporte que saldría con retraso porque al conductor se le había roto una pieza del motor.
Leandro aprovechó para preguntar por una pensión cercana.
La propietaria, una viuda de manos grandes llamada Remedios, les ofreció dos habitaciones pequeñas y una cena que había preparado para otros viajeros.
Elvira insistió en pagar por separado. Leandro se lo tomó a broma hasta que vio su expresión.
Era la clase de detalle que podía arruinar la reputación de una mujer mucho antes de que un hombre se diera cuenta del problema.
Durante la cena, Remedios preguntó por qué habían venido. Leandro contestó que investigaban la historia de un transporte antiguo. La mujer dejó el cucharón sobre la fuente.
—Aquí se guardan muchas historias de carros. Si pregunta a los viejos, todos han visto uno que no debían haber visto.
Elvira le preguntó si conocía alguna familia que conservara libros de trabajo, cartas o recibos.
Remedios mencionó al sobrino de un antiguo carretero, que vivía a dos calles, y advirtió que era desconfiado.
No tenían pruebas de que el hombre supiera nada del ataúd, pero un dato comprobable valía más que diez rumores.
El sobrino se llamaba Aurelio y trabajaba en un pequeño taller de reparaciones.
Les enseñó una caja de papeles que había heredado de su tío.
La mayoría se referían a sacos de cereal, transporte de madera y deudas pendientes; aparecían localidades distintas y las mismas firmas una y otra vez.
Juan tuvo que salir al patio cuando vio que había allí cuatro clavos ennegrecidos.
Aurelio explicó que los usaban para sujetar un arcón, no un féretro.
Elvira comprobó que tenían distinto tamaño a los hallados en Cartagena. No había relación suficiente.
Leandro sintió la decepción como una pérdida de tiempo.
Juan, en cambio, se quedó con lo que Aurelio había dicho sobre su tío: algunas noches había regresado de camino con un bulto que no figuraba en los libros para evitar que los vecinos preguntaran.
Los transportistas podían ocultar mercancía por dinero, miedo o pura obediencia; no hacía falta que todos fueran miembros de una sociedad secreta.
Antes de marcharse, Elvira anotó las fechas en que se había utilizado aquel taller. Coincidían con años de malas cosechas y con trabajos de reparación del camino. De vuelta en la fonda explicó a Leandro por qué había hecho tantas preguntas sin obtener una sola pista fantástica.
—Porque si dejamos fuera lo corriente, acabaremos creyendo cualquier cosa —dijo.
Juan estaba sentado junto a la ventana, mirando el camino vacío.
—Yo no necesito que sea fantástico —respondió—. Necesito que alguien me diga quién estaba allí.
No hubo respuesta. Por primera vez durante el viaje, Leandro guardó la libreta sin insistir.
El camino a Calasparra resultó menos misterioso de lo que Leandro había imaginado y bastante más incómodo.
Hubo polvo dentro del vehículo, una parada por un problema mecánico y una discusión sobre el alojamiento que podían pagar.
Elvira llevaba una carpeta con copias de las notas médicas; no quiso guardarla en el equipaje porque temía que se mojara.
Leandro había preparado preguntas para el archivo religioso, pero terminó utilizando el reverso del papel para anotar los nombres de los intermediarios a quienes debían dirigirse.
En una venta, un hombre que transportaba harina reconoció el apellido de uno de los antiguos custodios.
Les explicó que aquel apellido no designaba a una sola familia y que buscarlo en los papeles sin conocer las partidas de nacimiento les haría perder el tiempo.
Elvira agradeció la advertencia. Leandro preguntó por el supuesto fraile y el hombre respondió que las historias sobre religiosos muertos cambiaban mucho según quién las contara.
Su abuela hablaba de una enfermedad; su padre, de un entierro apresurado.
Nadie en su casa había visto el cadáver.
Al enterarse, Leandro pidió la descripción por escrito.
Elvira lo detuvo antes de que mencionase un nombre: la fondista no había visto al visitante con suficiente luz.
Revisaron juntos el contenido de la habitación y descubrieron que el sobre con las copias permanecía intacto, aunque alguien había tocado el polvo sobre el marco de la ventana.
Leandro propuso marcharse esa misma noche; Elvira insistió en quedarse para hablar con el sacristán que había ofrecido mostrarles el registro original a primera hora.
Durmieron en cuartos separados, cada uno con la llave por dentro.
A la mañana siguiente, el sacristán les enseñó las hojas, pero faltaba un folio arrancado hacía décadas.
La fondista no volvió a ver al visitante.
Su declaración permitió establecer una presión real sobre la investigación; no permitió identificar a quien la había ejercido.
La dueña de la fonda había visto demasiados viajeros como para confundir al hombre que preguntó por los investigadores.
Llevaba una chaqueta de paño oscuro, pagó la cena por adelantado y quiso saber si habían dejado alguna maleta en la habitación alta.
Ella fingió consultar el libro de huéspedes y, cuando el desconocido apartó la vista, deslizó la llave de aquella habitación al bolsillo del delantal.
Esperó a que terminara el caldo antes de pedirle que se marchara.
No hubo amenaza explícita, solo una frase acerca de la conveniencia de no guardar papeles antiguos.
Esa precisión la alarmó más que cualquier insulto.
Una puerta en Calasparra