El ataúd Capítulo 23 Una conversación en el camino
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Capítulo 23 Una conversación en el camino

Una conversación en el camino

La fonda de Calasparra no estaba preparada para huéspedes que preguntaran por libros de difuntos.

La dueña, doña Adela, les dio una habitación que olía a jabón húmedo y les advirtió que el desayuno se servía temprano, porque después debía atender a los jornaleros.

Darío dejó la maleta en el suelo y abrió el cuaderno donde llevaba anotados los nombres obtenidos en Cartagena.

Juan observó la ventana. Desde allí veía un tramo de calle encalada, una carreta detenida y a dos mujeres que discutían el precio de unas verduras.

No había nada siniestro en aquella escena.

Precisamente por eso le resultó difícil comprender que hubiera viajado hasta allí siguiendo una historia sobre un muerto que, según algunas personas, no había querido quedarse enterrado.

—Mañana hablaremos con el encargado del archivo —dijo Darío.

—¿Y si no existe el documento?

—Entonces habremos descartado una pista.

—Usted siempre habla como si descartar algo fuera una victoria.

Darío cerró el cuaderno.

—A veces lo es. Sobre todo cuando alguien lleva ocho años intentando que creas una explicación que no puede probar.

Juan no contestó. Recordó la cueva, pero no como un lugar completo.

Le venían fragmentos: la aspereza de una pared bajo los dedos, el olor a tierra removida, una hebilla que brillaba cuando el hombre se inclinó.

No estaba seguro de que la hebilla hubiera existido.

Durante años había escuchado tantas preguntas que algunas imágenes parecían pertenecer a las palabras de los demás.

A la mañana siguiente, el archivero les recibió detrás de una mesa cargada de legajos.

No quiso enseñarles nada hasta conocer el motivo de la consulta.

Darío explicó que buscaban la procedencia de un nombre aparecido en unos papeles comerciales.

No mencionó vampiros, ni exhumaciones, ni cadáveres incorruptos.

El hombre se quitó las gafas.

—Si vienen por la historia del fraile, perderán el tiempo. Cada visitante me cuenta una versión diferente y todos aseguran que la suya es la antigua.

—Precisamente queremos saber cuál es la más antigua que puede acreditarse —respondió Darío.

El archivero tardó un momento en contestar.

Después les mostró un índice de fondos, varios asientos de correspondencia y un libro cuya encuadernación había sido reparada en fecha reciente.

En ninguno aparecía la narración que les habían contado en Cartagena.

Había nombres parecidos, fechas separadas por décadas y referencias a una comunidad religiosa que no encajaban con el relato popular.

Juan se inclinó sobre el índice.

—¿Puede alguien haber añadido una historia después?

—Puede —dijo el archivero—. También puede alguien haber confundido a dos personas. La dificultad no está en imaginarlo, sino en demostrarlo.

Darío copió las referencias con cuidado. Al salir, Juan llevaba menos respuestas que al llegar. Aun así, no sintió que lo hubieran engañado. Aquellos libros no prometían milagros. Solo ofrecían una forma de impedir que el miedo decidiera por ellos.

Elvira había insistido en viajar de día.

Leandro prefería salir antes del amanecer, convencido de que una llegada temprana facilitaría hablar con el encargado del archivo.

La discusión duró hasta que el conductor del automóvil les recordó que el estado de la carretera importaba más que sus prisas.

Partieron con una rueda de repuesto, dos bocadillos envueltos en papel y una carpeta de preguntas que ninguno consideraba completa.

Los campos fueron sustituyendo poco a poco al caserío.

Leandro describía en voz alta lo que veía, como si tomara notas para una crónica.

Elvira lo interrumpió cuando empezó a convertir cada acequia en un presagio.

—No todo tiene que anunciar una desgracia —dijo—.

Hay gente que vive aquí y que mañana tendrá que regar sus huertos, con ataúd o sin él.

Leandro guardó el lápiz y aceptó la reprimenda.

En una venta, mientras el conductor revisaba el motor, Elvira preguntó qué había hecho Leandro durante los años en que Juan intentó olvidar la cueva.

El periodista admitió que conocía la noticia de 1924 y que entonces no había buscado al niño.

Era demasiado joven para firmar artículos de investigación, añadió, aunque la excusa le sonó débil incluso a él.

Elvira respondió que todos podían alegar juventud, ignorancia o falta de poder, pero que ninguna de esas razones devolvía a una víctima los años perdidos.

La conversación se interrumpió cuando una mujer se acercó a venderles agua.

Reconoció el nombre de la familia mencionada en la carpeta y dijo que en Calasparra había habido más de un Rubís, y que no todos habían sido religiosos.

Elvira le pidió que precisara la fecha. La mujer se encogió de hombros: repetía lo que había oído a su abuela.

Leandro estuvo a punto de escribirlo como un dato, pero Elvira le sujetó suavemente la muñeca.

—Como testimonio oral, sí. Como prueba, todavía no.

Volvieron al coche con una información menos espectacular y más útil: debían separar personas homónimas y distinguir los libros parroquiales de las copias tardías.

Leandro descubrió que aquella disciplina le resultaba incómoda porque lo obligaba a renunciar a las frases más vistosas.

Al mismo tiempo comprendió que era la única forma de que su investigación no terminara pareciéndose a los titulares que habían perseguido a Juan.

Cuando divisaron las primeras casas de Calasparra, Elvira le pidió que no prometiera publicar nada sin consultar antes a las familias implicadas.

Leandro respondió que no podía conceder un derecho de veto sobre hechos comprobados.

Discutieron el resto del trayecto, sin levantar la voz.

A la llegada ninguno había convencido al otro, pero ambos sabían con mayor claridad qué clase de persona tenían al lado.

Camino de Calasparra

El camino obligó a Juan a pensar en lo que había dejado atrás.

No le asustaba tanto la posibilidad de encontrar una explicación como la de descubrir que todos habían construido su vida alrededor de un error.

Su madre había aprendido a reconocer sus noches malas por la forma en que cerraba la puerta; Darío lo observaba como quien espera una confesión; y él mismo había pasado ocho años evitando una parte de la ciudad por temor a recordar algo que quizá nunca había visto.

En una venta, mientras cambiaban los animales y les servían pan con aceite, Darío extendió los documentos sobre la mesa.

Separó los testimonios fechados de las copias tardías y apartó un relato sobre un religioso que no llevaba firma ni procedencia.

«Esto no demuestra nada», dijo. Juan esperaba una respuesta menos seca.

«Entonces ¿para qué lo traemos?». «Porque alguien creyó que era importante y necesitamos saber quién».

La diferencia, pequeña sobre el papel, le pareció decisiva.

Al llegar a Calasparra no buscaron una tumba ni preguntaron por milagros.

Buscaron primero al encargado de conservar los libros y comprobaron que algunas hojas habían sido trasladadas de legajo.

El hombre que los atendió no parecía ocultar un secreto: estaba irritado por el desorden de quienes habían consultado los papeles antes que ellos.

Esa explicación vulgar resultó más inquietante para Darío que cualquier maldición, porque significaba que otro investigador había seguido la misma pista.

Salieron hacia el interior por una combinación de tren y carretera que se hizo interminable entre transbordos y esperas.

Leandro había conseguido dinero del periódico para investigar la procedencia del féretro.

Elvira tomó días libres sin explicar el motivo exacto.

Juan pagó su propio billete con los ahorros del taller.

Nadie habló demasiado en el trayecto: el calor, el humo del vagón y la incomodidad de llevar una pregunta demasiado grande para formularla convertían cualquier conversación en esfuerzo.

El viaje hacia Calasparra dejó atrás el olor del puerto y lo sustituyó por el polvo de los caminos interiores.

En una fonda, Leandro preguntó por un antiguo religioso cuyo apellido aparecía en los papeles.

El dueño evitó responder hasta que vio que ninguno llevaba insignias ni parecía dispuesto a provocar un escándalo.

Les habló de un cuaderno conservado durante generaciones y de una familia que había perdido dinero por permitir que un curioso lo examinara.

No sabía cuánto era verdad y cuánto había añadido la gente con los años.

Elvira aprovechó la espera para revisar las fechas.

Si el documento procedía realmente del siglo XVIII, debían existir cambios en la caligrafía, el vocabulario y las fórmulas de registro.

También podían existir copias posteriores.

Leandro, acostumbrado a perseguir una historia antes de que otro periódico la publicase, tuvo que admitir que una prueba antigua no se volvía auténtica solo por estar amarillenta.

Cuando reanudaron el trayecto, habían acordado no llamar vampiro a nadie hasta saber quién había escrito el primer nombre.

Calasparra los recibió con calles quietas y puertas abiertas al aire de la tarde.

Preguntaron por antiguos legajos parroquiales y fueron remitidos a un sacerdote anciano, don Fermín, que vivía rodeado de libros sobre una mesa inestable.

El hombre no reconoció al supuesto padre Rubís cuando Leandro pronunció el nombre.

Dijo que en los archivos de la comarca abundaban anotaciones incompletas, copias tardías y atribuciones inventadas por narradores de feria. No quiso prometerles ningún hallazgo.