Capítulo 22 Las notas clínicas
Las notas clínicas
Al llegar al hospital se cruzó con Elvira, que salía de una guardia.
Ella le pidió que no escribiera sobre sus pacientes sin permiso y le recordó que las supuestas pérdidas de sangre extraordinarias podían tener explicaciones ordinarias.
Leandro le enseñó el cuaderno, abierto por las notas sobre la senda.
Elvira no discutió lo que aún no sabía; señaló, en cambio, que el mapa del camino estaba dibujado con una orientación distinta a la de las calles cercanas.
Los dos caminaron hasta una librería donde podía consultarse un plano más reciente.
Encontraron el sendero bajo otro nombre, parcialmente borrado por nuevas construcciones.
La distancia hasta el depósito era mayor de la que Leandro había imaginado, pero el recorrido existía.
Elvira le hizo prometer que no subiría solo a comprobarlo.
—No es por miedo —dijo ella—. Si te sucede algo, nadie sabrá si encontraste una pista o si te caíste por un terraplén.
Leandro cerró la carpeta. Había empezado el día persiguiendo una historia sensacional y terminaba con una tarea mucho más prosaica: reunir testimonios que pudieran sostenerse unos a otros.
al fin pensó que quizá aquella manera lenta de investigar fuera también la más peligrosa para quien deseaba que el pasado siguiera enterrado.
El carretero que no firmó
Baltasar tardó dos días en encontrar al hombre que había llevado la primera caja desde el depósito de mercancías hasta la nave secundaria.
Se llamaba Benigno Alcaraz, tenía una mano que había perdido dos dedos bajo el aro de una rueda y vivía junto a un corral donde guardaba una mula demasiado vieja para los recorridos largos.
Cuando el consignatario llegó, Benigno se negó a abrirle la puerta.
No fue hasta que Baltasar dejó el sombrero en el suelo y dijo que no había ido a reclamarle ningún dinero cuando la mujer del carretero descorrió el pestillo.
Dentro olía a paja húmeda, a aceite quemado y a una sopa que llevaba demasiado tiempo sobre el fogón.
Benigno escuchó de pie; después arrastró una silla y se sentó con la mano herida oculta entre las rodillas.
—No hice ningún viaje de noche —dijo—. Si busca a un ladrón, vaya al muelle. Allí encontrará más de los que caben en mi casa.
Baltasar le enseñó una hoja arrancada de un talonario de portes.
Figuraba el peso de la caja, la matrícula de un carro y una rúbrica hecha de dos trazos apresurados.
Benigno ni siquiera miró la firma. Señaló el peso.
Explicó que un carro como el suyo habría resistido aquella carga, pero que la mula no habría podido subir por el camino indicado sin detenerse al menos una vez.
Él conocía cada cuesta del trayecto: había pasado por allí transportando cal y ladrillo para la obra de un almacén.
Tampoco reconoció el número del vehículo.
Baltasar comprendió que alguien había copiado la descripción de un viaje corriente sobre un porte que no podía haberse realizado como estaba escrito.
—¿Entonces por qué aparece su nombre? —preguntó.
—Porque lo escribieron cuando ya no podía discutirlo. Esa noche estuve aquí, con fiebre. Pregúntele a mi mujer. Si quiere una prueba mejor, mire la cuenta de la botica.
La mujer entró en la alcoba y volvió con un frasco vacío y un papel doblado, fechado la mañana siguiente.
Baltasar no lo tomó hasta que ella le permitió copiar los datos.
Podía ser una coartada imperfecta, pero convertía una sospecha cómoda en una comprobación concreta.
Cuando salió, Benigno lo acompañó hasta el corral y le pidió que no volviera llevando a un periodista.
Había perdido dos jornadas cada vez que alguien acudía a hacer preguntas sobre la caja.
El miedo, dijo, también costaba dinero. Baltasar regresó al puerto con un nombre menos en su lista de culpables y la certeza de que los documentos habían sido alterados por alguien que conocía sus procedimientos.
En el despacho encontró la llave del armario de inventarios fuera del cajón donde la guardaba siempre.
No había signos de fuerza en la cerradura.
Puso la hoja del porte junto al libro de entradas y observó que ambas cifras estaban escritas con la misma inclinación, pero con tintas distintas.
Esa diferencia no demostraba quién había mentido, aunque revelaba dos momentos de escritura.
Copió los números en una libreta que se llevó a casa y dejó los originales donde estaban.
Si alguien sabía que estaba revisándolos, mover un papel habría sido suficiente para avisarle.
Aquella noche dijo a su socio que al día siguiente se abriría el armario en presencia de testigos, y aceptó sin protestar que la operación pusiera en peligro un contrato que llevaba meses negociando.