Capítulo 21 El expediente incompleto
El expediente incompleto
Pasó una mañana comparando fechas. En unas versiones el niño había desaparecido al mediodía; en otras, casi al caer la tarde.
Un informante hablaba de monedas y otro de un empleo que no se concretaba.
La edad y el nombre de Juan se repetían con suficiente consistencia para seguir adelante, pero no podía tomar por confirmadas las palabras del agresor.
Esa distinción le importaba: conocía la facilidad con que una frase inventada para llenar un hueco terminaba convertida en testimonio.
Un periodista retirado le mostró el cuaderno de un redactor muerto.
Entre las páginas habían quedado la descripción de un muro de piedras y una nota sin desarrollar acerca de un depósito portuario.
Leandro lo copió todo sin apartar los apuntes dudosos.
Al devolver el cuaderno, preguntó por qué nadie había insistido entonces en aquella pista.
—Porque después vino otra noticia —respondió el anciano—. Y otra. Así funciona un periódico.
La explicación le resultó más desalentadora que una conspiración.
En lugar de una gran mano borrando pruebas, encontraba jornadas de trabajo, poca tinta, cansancio y una ciudad que cambiaba de asunto.
Salió a la calle con dos nombres y una dirección antigua.
Ninguno bastaba para relacionar un crimen con el féretro que ahora ocupaba medio muelle.
Leandro consultó tres números consecutivos del periódico antes de comprender que la ausencia de noticias también podía tener una causa corriente.
Durante una semana de 1924, la página de sucesos había quedado reducida por una huelga tipográfica y por la falta de papel.
Una noticia interrumpida no probaba una conspiración.
Anotó esa posibilidad en el cuaderno, junto a la hipótesis contraria, y buscó las actas de guardia que correspondían al mismo período.
Lo perturbó hallar una referencia al niño en el índice de entradas del hospital, pero ningún nombre de agresor en la relación de detenidos.
Aquella discordancia no era sobrenatural.
Era una pregunta que alguien podía haber dejado de formular.
En el archivo, una viuda que ordenaba expedientes por una paga modesta le enseñó a distinguir dos clases de vacío.
Había legajos perdidos por la humedad, de bordes deshechos y hojas pegadas unas a otras; y había carpetas cuyas cubiertas permanecían impecables, aunque faltaban las piezas que debían contener.
«No escriba que alguien robó lo que no puede demostrar», le aconsejó.
«Escriba qué papel falta y quién tuvo que tocarlo por última vez».
Leandro copió la regla palabra por palabra.
Más adelante, cuando sus sospechas se volvieron difíciles de explicar incluso para él, recordaría aquella precisión como una forma de proteger a los vivos.