El ataúd Capítulo 20 El descargador
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Capítulo 20 El descargador

El descargador

Jacinto lo recibió sin encender la luz de la habitación.

Había visto descargar el cajón de madera y recordaba la orden de mantenerlo lejos de las otras mercancías.

Lo que le inquietaba no era el peso, sino que el encargado hubiera pagado a dos hombres para vigilarlo cuando ya estaba cerrado el almacén.

Uno de aquellos vigilantes faltó al trabajo al día siguiente.

Jacinto ignoraba si se había marchado o estaba enfermo.

Se negó a dar su nombre hasta que Leandro prometiera no publicarlo.

El periodista hizo la promesa. Después miró sus notas y descubrió que ninguna le permitiría cumplirla con facilidad.

Al salir, descubrió que un hombre lo esperaba al otro lado de la calle.

No lo amenazó. Le preguntó cuánto cobraba por una noticia y le ofreció el doble por dejar aquella investigación en paz.

Leandro contestó que no vendía silencios.

El desconocido pareció decepcionado, como si la respuesta revelara una ingenuidad imperdonable.

Antes de irse, le aconsejó que averiguase por qué el cajón había sido devuelto una vez a su lugar de origen.

Leandro permaneció inmóvil mientras los pasos se alejaban.

Por primera vez comprendió que alguien estaba dispuesto a guiar su curiosidad, y que aquella ayuda podía ser una trampa.

El periódico recibió la noticia antes de recibir una prueba.

Leandro escuchó a un estibador describir una sombra que había atravesado un almacén cerrado y observó cómo su compañero de redacción ya buscaba una frase para titular.

Él pidió primero el nombre del vigilante, el número de la puerta y la hora en que se había terminado el turno.

El estibador se ofendió. Había acudido allí para que alguien creyera su miedo, no para que un periodista le desmontara el relato.

Leandro le ofreció café y dejó que contara la historia desde el principio.

Cuando visitó el lugar halló una cerradura forzada desde fuera y una ventana cuyo pestillo estaba roto desde hacía meses.

El vigilante aseguró que había oído tres golpes, pero reconoció que durante la tormenta no había distinguido de dónde venían.

Leandro anotó aquello que podía comprobar y volvió a la redacción.

Su director prefería una columna sobre el ataúd maldito; las ventas habían disminuido y una historia semejante atraería lectores.

Leandro accedió a escribir sobre las irregularidades de la carga y omitió la palabra vampiro.

A la mañana siguiente, la gente que había oído hablar de la caja quiso comprar el periódico.

Algunos se quejaron de que no aparecieran detalles sobrenaturales.

Otros acudieron a la oficina con historias de familiares desaparecidos, heridas inexplicables y ruidos nocturnos.

Leandro las escuchó sin prometer publicaciones.

Entre las cartas apareció una fechada ocho años atrás.

Hablaba de un niño atacado cerca del monte de San Juan.

El periodista leyó dos veces la dirección del remitente y pidió permiso para consultar el archivo.

Isidro Clemente tardó tres días en citar a Leandro por segunda vez.

No quiso recibirlo en aduanas, sino en una cafetería pequeña donde los funcionarios se reunían después del turno y nadie hablaba demasiado alto.

Se presentó con un cuaderno cuadriculado y una regla de metal.

Había comparado los números de registro de la caja sospechosa con otras siete entradas del mismo mes.

En ninguna de las operaciones ordinarias se había consignado un peso rectificado sin una firma al margen.

En aquella sí, y la corrección se había practicado con tinta de otro tono.

Isidro no podía determinar quién la hizo, pero explicó que las cifras originales parecían haber sido raspadas antes de escribir las nuevas.

Leandro quiso llevarse la hoja. El funcionario se negó: una copia sin constancia de su procedencia solo le serviría para poner a alguien en peligro.

Leandro preguntó entonces si sería posible una comprobación oficial.

Isidro señaló dos obstáculos: la mercancía podía haber entrado en un régimen documental que ellos aún no conocían, y una acusación pública obligaría a revisar la actuación de empleados que no habían visto el féretro.

Su prudencia no respondía al miedo a perder el empleo, aseguró, sino a su conocimiento de lo fácil que era destruir una reputación con un error de columna.

Propuso una comparación de sellos hecha por un segundo escribiente, sin explicarle de antemano cuál era el formulario sospechoso.

Elvira, que había acudido con Leandro, aprobó el método.

«Si el segundo hombre sabe qué debe encontrar, acabará encontrándolo», dijo.

Isidro dejó por primera vez de mirar su cuaderno y sonrió con cansancio.

El segundo escribiente se llamaba Roque Talens y aceptó revisar las improntas en presencia de Isidro.

Trabajó junto a una ventana porque la luz eléctrica de la oficina hacía brillar el papel encerado.

Encontró que una de las marcas no había sido estampada sobre el manifiesto, sino reproducida por presión desde otra superficie, posiblemente después de redactar el documento.

No era una falsificación demostrada: los procedimientos viejos dejaban señales difíciles de interpretar.

Pero bastaba para justificar la conservación del original.

Roque redactó dos líneas sobrias y firmó únicamente aquello que había observado.

La restricción irritó a Leandro, que deseaba una historia clara, y alivió a Elvira, que veía por fin un dato capaz de resistir una pregunta hostil.

A la salida, Isidro llevó a la doctora aparte.

Había oído hablar de los hombres enfermados cerca del depósito, y quería saber si el periódico atribuía sus síntomas a la carga.

Ella respondió que ningún informe médico había establecido una relación semejante.

Algunos padecían fiebre, otros lesiones, y uno había llegado al hospital con una infección anterior al incidente.

Isidro explicó que su sobrino descargaba cajas en aquel muelle y que llevaba semanas durmiendo mal por las historias que circulaban.

No pedía un desmentido de lo imposible; pedía que no se presentara como enfermedad común una colección de padecimientos distintos.

Elvira prometió hablar con Leandro, sin garantizar que el director del diario compartiera su cautela.

Esa noche el periodista tuvo en sus manos dos artículos posibles.

Uno comenzaba con un ataúd maldito y terminaba acusando a los encargados del puerto.

El otro enumeraba irregularidades, explicaba las limitaciones de los documentos y pedía que una autoridad independiente verificara el inventario.

Eligió el segundo. Su director tachó las tres primeras líneas y le preguntó si pretendía aburrir a los lectores hasta hacerles abandonar el misterio.

Leandro sostuvo que la noticia no perdería fuerza por estar bien fundada.

Aquella discusión no cambió la tirada de la mañana, pero sí cambió su manera de escribir: desde entonces separó en su libreta los hechos observados, las afirmaciones ajenas y las conjeturas, con un margen para anotar qué podía hacer daño si resultaba falso.

El recibo de la madrugada

Isidro Clemente fue el último en abandonar el muelle.

Cuando terminaron de recoger las sogas, los demás hombres se dirigieron a la taberna, pero él permaneció junto a las básculas con un pliego doblado en cuatro.

Había pasado el día diciendo que no recordaba quién autorizó aquella descarga.

No era exactamente mentira. No recordaba el rostro del hombre.

Recordaba, en cambio, el ruido de las monedas que le habían dejado sobre la mesa y el modo en que una de ellas rodó hasta el borde sin caer.

A la entrada del almacén lo aguardaba Águeda Navalón. Llevaba el abrigo de su marido, demasiado ancho para sus hombros, y una cesta vacía que había traído para fingir que volvía del mercado. No saludó al principio. Miró las manos de Isidro hasta que él guardó el pliego en el bolsillo.

—Sé que Gabriel estuvo aquí aquella noche —dijo ella.

—Trabajaba muchas noches.

—La última vez que llegó a casa llevaba una marca en la muñeca.

Me dijo que no había sido una cuerda. No le pregunté más porque estaba enfadada por el dinero que faltaba.

Ahora está muerto y en los papeles consta que cobró un turno que nunca hizo.

No quiero otra explicación que dependa de que él no pueda contradecirla.

Isidro quiso alegar que aquello no era asunto suyo, pero recordó el recibo que había visto firmar con una mano temblorosa.

Sacó el pliego. La cifra no coincidía con la relación ordinaria de jornales: habían anotado tres sueldos completos para un trabajo realizado por dos hombres, y bajo el tercer nombre figuraba una raya de tinta reciente.

—Si llevo esto a Darío —dijo Isidro—, Noguera sabrá que fui yo.

—Y si lo guardas, mi marido seguirá cobrando después de muerto.

La mujer no extendió la mano. Lo obligó a elegir.

Isidro rasgó el papel por el doblez, se quedó con la mitad donde constaba la numeración del registro y le dio a Águeda la parte de las firmas.

No era una prueba completa, pero al menos permitiría contrastar dos testimonios separados.

Ella examinó la letra de su marido un rato.

—Gabriel escribía la ge torcida —murmuró—. Esta firma la ha hecho alguien que sabía leer su nombre, no alguien que le conociera la mano.

Isidro sintió por primera vez que el fraude ya no era una operación de números sino una forma de dejar a una familia sin defensa.

Acordaron acudir por separado al cuartel antes de la primera descarga.

Al alejarse, Águeda guardó el papel dentro del forro del abrigo, junto a un botón suelto que nunca había cosido.

Aquella noche no esperó oír golpes misteriosos.

Le bastó con reconocer el silencio de los hombres que podían haber hablado.