Capítulo 19 La placa
La placa
El empleado de aduanas que guardaba una copia del documento de transporte se llamaba Isidro Clemente.
Era un hombre minucioso que detestaba los favores, pero aceptó hablar con Leandro cuando el periodista le mostró la lista de nombres tachados en el manifiesto.
Reconoció un sello antiguo, usado por una compañía extinguida, y una referencia de inventario que no correspondía a una carga marítima sino a una remesa de efectos funerarios procedente del interior de la península.
Isidro no entregó la copia inmediatamente.
Les mostró primero el libro de entradas y les explicó cómo se registraba una carga cuando faltaba un sello o se retrasaba una inspección.
Cada procedimiento tenía excepciones, y cada excepción dejaba una huella administrativa.
Leandro tomó notas mientras Elvira examinaba el papel bajo la ventana.
Había un raspado en una cifra y una abreviatura que ninguno reconoció.
Isidro aseguró que no se trataba de una falsificación evidente, pero tampoco quiso certificar su autenticidad.
Al salir, Leandro propuso publicar la historia de la caja.
Elvira se opuso. Una noticia prematura podía alertar a quien hubiese manipulado los documentos y convertir a los trabajadores en sospechosos ante sus familias.
Leandro respondió que el silencio también protegía a los culpables.
Discutieron hasta llegar a la plaza. Allí comprendieron que sus diferencias podían ser útiles: él sabía conseguir testimonios; ella sabía formular preguntas que impedían que un testimonio se transformase en una conclusión apresurada.
La placa había desaparecido cuando Baltasar regresó al almacén.
Los tornillos seguían sobre el suelo. Nadie había visto entrar a un extraño, y el vigilante aseguró que no había abandonado su puesto.
Baltasar decidió sustituirlo, aunque comprendió que no podía castigar con justicia a un hombre por una ausencia que no sabía explicar.
Cuando encontraron la placa dentro del cajón de su escritorio, envuelta en un paño, sintió el primer miedo verdadero de su vida adulta: él tenía la única llave y no recordaba haberla guardado allí.
Leandro copió las letras. Elvira, que conocía latín suficiente para leer textos médicos antiguos, identificó dos palabras incompletas: una se refería al silencio; la otra, a la custodia.
No se atrevió a reconstruir la frase. Sugirió escribir a alguien familiarizado con inscripciones eclesiásticas y revisar los inventarios de traslados funerarios.
Había una parroquia en Calasparra cuyo archivo quizá conservase referencias a una caja semejante.
La conexión era tenue, procedente de un índice manuscrito y de una anotación marginal.
Elvira insistió en que todavía no justificaba un viaje.
Fue Juan quien decidió viajar. Al ver el dibujo de la placa, se llevó una mano a la boca y tuvo que sentarse.
Recordaba aquellas letras. No las había visto en la cueva, sino en un sueño recurrente desde el ataque.
Había una diferencia: en el sueño, la placa estaba colocada por dentro de la tapa.
Leandro tomó nota sin intentar convertir el recuerdo en evidencia.
Petra supo que su hijo quería regresar al asunto por el modo en que dejó la cuchara sobre la mesa.
Lo acusó de buscar voluntariamente aquello que casi lo había matado.
Juan le respondió que había pasado ocho años dejando que el miedo decidiera por él.
La discusión terminó sin abrazos. A la mañana siguiente, Petra le colocó en la maleta una camisa limpia y le exigió que escribiera al llegar.
El precio del silencio
Leandro llevaba dos días sin entregar una crónica que mereciera ese nombre.
El director le reclamaba noticias del puerto, conflictos de trabajo y cualquier información capaz de llenar una columna sin provocar una querella.
Cuando Leandro le habló de una carga retenida por irregularidades en la documentación, el director le preguntó si tenía el manifiesto.
No lo tenía. Le preguntó si había hablado con el consignatario.
Tampoco. La conversación terminó con una advertencia: un periódico podía insinuar muchas cosas, pero no sobrevivir a todas las rectificaciones.
Leandro regresó a la calle sintiendo que el miedo de su jefe tenía una forma administrativa, hecha de facturas y reclamaciones.
Visitó a un antiguo estibador llamado Jacinto Mula, que se había lesionado la espalda descargando sacos y ahora reparaba redes junto a una puerta abierta.
Jacinto no aceptó hablar delante de los vecinos.
Le pidió que volviera al anochecer, cuando su hija hubiera regresado de la escuela de costura.
Leandro esperó en un café y repasó sus notas.
Las fechas no encajaban: un sello de tránsito anterior al despacho de origen, una firma atribuida a un empleado jubilado y una caja descrita con medidas distintas en dos hojas de la misma operación.
Por separado, cada anomalía admitía una explicación corriente.
Juntas exigían la intervención de alguien que conociera bien los procedimientos.