El ataúd Capítulo 18 Los pacientes del muelle
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Capítulo 18 Los pacientes del muelle

Los pacientes del muelle

El practicante hizo un gesto hacia la sala de curas.

Había dos trabajadores esperando: uno llevaba la palma abierta por una esquirla metálica y el otro tenía un tobillo tan hinchado que apenas podía apoyar el pie.

Elvira atendió primero a los vivos. Lavó la herida del primer hombre, retiró dos fragmentos y pidió que le explicaran cómo se había producido el accidente.

Cuando terminó, examinó el tobillo del segundo y dio instrucciones para inmovilizarlo.

Solo después regresó al despacho. Amador seguía allí y había dejado sobre la mesa un libro encuadernado en tela gris.

—No estaba escondido —dijo—. Estaba mal clasificado. Nadie se ocupa de lo que ya pasó mientras llega gente nueva a la puerta.

Elvira abrió el volumen por el año que buscaba.

La escritura variaba entre médicos y turnos, y algunas páginas contenían correcciones tan apretadas que resultaba difícil reconstruirlas.

Encontró el ingreso de un niño con lesiones traumáticas, pero el asiento no indicaba una cantidad medible de sangre perdida.

Tampoco autorizaba a concluir que la pérdida hubiese sido causada por mordeduras: dos clases distintas de heridas aparecían en la misma observación.

Elvira copió la descripción sin cambiar una palabra y marcó con un punto las abreviaturas que tendría que consultar.

Amador contempló el trabajo en silencio hasta que ella cerró el tintero.

—¿Cree que fue un animal? —preguntó.

—No tengo datos para contestarle.

—En el barrio aseguran que fueron dientes de persona.

—Eso tampoco basta. Que una herida se parezca a una mordedura no convierte en cierta la historia que se cuenta alrededor.

Amador apoyó los codos en las rodillas. Le confesó que recordaba al niño; no tanto sus lesiones como la madre, una mujer que había llegado sin aliento y no permitió que nadie la sacara del pasillo.

Recordaba asimismo a un ordenanza que habló de sangre robada para venderla y a un médico que lo mandó callar.

Elvira le pidió que diferenciara lo visto de lo escuchado.

El practicante aceptó hacerlo y señaló el libro con la barbilla: en la parte inferior del asiento había una inicial añadida con otra tinta. Él no sabía de quién era.

Cuando Leandro apareció al atardecer, Elvira le enseñó sus apuntes, pero ocultó los nombres completos de los enfermos ajenos al caso. El periodista protestó al principio. Ella lo obligó a imaginar qué haría si leyera sus propios dolores impresos en un periódico sin haber dado permiso.

—Buscaría a quien lo hubiera escrito —admitió.

—Entonces ya entiende por qué le enseño solo lo necesario.

Leandro guardó la libreta. Había ido al hospital pensando que regresaría con una revelación; salió con tres preguntas verificables y la certeza incómoda de que ninguna noticia merecía convertir a una persona enferma en entretenimiento público.

Elvira había aprendido durante sus primeros años de ejercicio que una historia clínica podía estropearse con un adjetivo.

Los familiares pedían que anotara milagroso, repentino o inexplicable; ella prefería consignar la temperatura, el color de la piel y el momento en que se había observado el síntoma.

El día en que recibió a un trabajador portuario con una debilidad extrema, encontró en su ropa manchas de óxido y dos pequeñas heridas que no coincidían con la descripción dada por sus compañeros.

Lo examinó a la luz de la ventana, repitió las preguntas sin el capataz presente y dejó constancia de las respuestas por separado.

El hombre admitió que llevaba días durmiendo mal.

Había aceptado horas de trabajo adicionales y casi no comía.

También dijo que la víspera había sentido frío al pasar junto a un cajón colocado en el almacén, pero cuando Elvira le preguntó si había llegado a tocarlo respondió que no recordaba.

Su pulso era rápido; las lesiones, superficiales.

Ella ordenó reposo y una nueva revisión, contrariando al encargado que deseaba llevárselo de vuelta.

Más tarde, en el despacho, el practicante le mostró el registro de ingresos y señaló que dos pacientes procedían de la misma zona portuaria.

Elvira no dio por hecho que compartieran causa.

Comparó fechas, turnos y domicilios, y descubrió que ni siquiera se conocían.

La coincidencia que parecía más espectacular era la menos útil.

Aquella noche regresó a sus notas y rodeó otro dato: ambos habían trabajado para empresas relacionadas con el depósito de la misma carga.

Decidió preguntar allí antes de hablar de enfermedades desconocidas.

En la sala de curas, Elvira encontró a un ayudante dispuesto a jurar que había visto dos marcas idénticas en el cuello del vigilante.

Le pidió que se las dibujara. El muchacho trazó primero dos círculos, después añadió una línea y finalmente confesó que no había examinado el cuello directamente; otro empleado le había descrito las lesiones mientras retiraban las sábanas.

Elvira rompió la hoja, no por enfado, sino para impedir que aquel dibujo terminara en un informe como si procediera de una observación clínica.

Anotó la temperatura, el color de las mucosas y el estado general de los pacientes que tenía ingresados.

No disponía de las pruebas que hubiera querido y tampoco podía asegurar qué cantidad de sangre había perdido el fallecido.

En el hospital faltaban manos y sobraban relatos.

Un hombre con fiebre había escuchado en la cola que el cadáver estaba completamente vacío; el mismo hombre llevaba dos días repitiendo la noticia sin haber visto el cuerpo.

Elvira insistió ante los practicantes en que nadie atribuyera una causa a las heridas sin examinar los tejidos ni conocer las circunstancias de la muerte.

Cuando quedó sola, abrió el armario donde se guardaban los formularios antiguos.

Allí encontró una ficha correspondiente al niño herido en 1924.

El papel no contenía prodigios: registraba la llegada de un paciente agotado, las curas y la vigilancia de su recuperación.

Había, en cambio, un dato que la prensa había omitido.

En las primeras horas, el niño había preguntado repetidamente por su madre y había rehusado beber agua, no porque alguien se lo prohibiera, sino porque temía que el hombre volviera a buscarlo si se quedaba dormido.

Elvira cerró el armario. Aquella observación no esclarecía el misterio del ataúd, pero impedía convertir al muchacho en una figura conveniente de la historia.

Juan había sido un niño aterrorizado antes de convertirse, en boca de los demás, en el superviviente de un vampiro.

Decidió que, si alguna vez le pedía que recordara aquella tarde, le permitiría negarse.

El informe que Elvira no firmó

Elvira encontró sobre su mesa un resumen médico elaborado por un empleado administrativo a partir de conversaciones de pasillo.

Decía que las lesiones de un trabajador eran compatibles con una pérdida de sangre extraordinaria y utilizaba la expresión «mordeduras semejantes a las de una persona».

Ninguno de los facultativos de guardia había escrito aquello.

El documento llevaba espacio para su firma y una fecha adelantada dos días.

Localizó al empleado entre los libros de ingreso. Se llamaba Rafael y tenía las manos manchadas de tinta azul. Explicó que lo había redactado para facilitar el trabajo del juzgado, porque el médico titular no regresaba hasta el lunes. Elvira preguntó quién había solicitado exactamente ese adelanto.

—Un señor del periódico. Dijo que usted estaba de acuerdo.

—No he hablado con ningún periódico sobre ese paciente.

El joven bajó la vista. No parecía interesado en favorecer a nadie; temía perder una plaza que había tardado años en conseguir.

Elvira tachó las conclusiones médicas, conservó los datos objetivos comprobables y escribió que la causa y el mecanismo de las heridas seguían sin determinarse.

Le pidió que archivara ambas versiones. No quería que una corrección eliminara el rastro del error.

Al terminar la jornada, explicó a Leandro por qué no podía facilitarle el informe.

—Si un hombre presenta dos heridas en el cuello, puedes escribir que tiene dos heridas cuando alguien autorizado las haya confirmado. No puedes escribir que un ser humano lo mordió porque convenga a tu historia.

Leandro aceptó el reproche y preguntó qué necesitaba ella para cambiar de opinión.

—Pruebas que sobrevivan a una segunda mirada —contestó.

Durante la cena pensó en lo que no había confesado: algunos detalles de la lesión la inquietaban precisamente porque no encontraba una explicación sencilla. Sabía, sin embargo, que confundir inquietud con evidencia era la mejor manera de equivocarse delante de un enfermo.

La visita al depósito municipal no figuraba en la agenda de Elvira.

Había prometido regresar al hospital antes del cambio de guardia, pero el aviso de Darío la encontró en la puerta de la consulta: un mozo del muelle se había desvanecido durante una descarga y su compañero aseguraba que había trabajado en el almacén donde conservaban el féretro.

Acudió por el enfermo, no por el ataúd. Al llegar vio a cuatro hombres sentados sobre cajas de embalaje, con las gorras entre las rodillas, y a un encargado que insistía en que el desvanecimiento se debía al calor.

La mañana estaba fresca. Elvira preguntó cuánto tiempo llevaba el mozo sin comer.

Los compañeros respondieron con evasivas hasta que uno confesó que habían comenzado antes del alba y que aún no les habían adelantado el jornal.

El hombre se llamaba Remigio Olmos. Tenía las manos agrietadas, un corte antiguo en el pulgar y un pulso rápido que fue recuperándose después de beber agua.

Elvira le examinó los ojos, preguntó por los mareos anteriores y escuchó sin interrumpir su relato de una noche pasada trasladando bultos desde una caseta de aduanas.

Remigio recordaba un olor penetrante a disolvente.

Otro trabajador había vomitado junto a la báscula; nadie había avisado al médico para no interrumpir el transporte.

No había visto abrir caja alguna, ni una sombra humana entre las tablas, y se irritó cuando Leandro, que acababa de llegar, le preguntó si había oído golpes.

—He oído a mi compañero pedirme ayuda —contestó—.

Si eso no sirve para su periódico, escriba que me he caído sin motivo.

Leandro guardó la libreta. Darío hizo que el encargado indicara quién había autorizado el traslado nocturno.

El hombre adujo que las órdenes eran verbales y que una firma había quedado pendiente.

Darío le entregó papel y lápiz. El encargado tardó más de lo necesario en escribir un nombre.

La demora inquietó a Elvira, pero no le permitió concluir nada sobre la enfermedad de Remigio.

Le indicó reposo, comida y una nueva revisión.

Cuando el mozo intentó levantarse para volver al trabajo, ella se interpuso.

—Puede quedarse sin el jornal si se marcha —le dijo él—.

Y puede quedarse sin nada si cae debajo de una carga —respondió ella.

No encontró una solución sencilla. Le pidió a Darío que dejara constancia de que la asistencia había interrumpido el turno por razones médicas y que identificara al empleador.

Al salir del patio, Leandro la alcanzó junto a una pared encalada.

Había escuchado lo que Remigio había dicho sobre la prensa y estaba avergonzado.

—Le pregunté lo mismo que le preguntan todos —admitió.

Elvira llevaba en la mano el papel con las constantes del enfermo.

—Pregúntale por su salario, por el compañero que vomitó, por quién puso su nombre en la lista.

Tal vez eso resulte menos extraordinario que un muerto encerrado en madera.

También puede ser bastante más peligroso.

Leandro regresó al depósito antes de que cerraran las puertas.

Aquella tarde decidió no utilizar en el artículo la descripción del desmayo: la sustituyó por las horas de trabajo sin descanso que había logrado comprobar y por la falta de una orden firmada.

El director del periódico tachó la mitad del texto.

Leandro conservó la copia con las correcciones porque empezaba a entender que también aquellas tachaduras formaban parte de la historia.