Capítulo 17 La doctora
La doctora
Elvira volvió a revisar el registro de ingresos cuando el hospital quedó en silencio.
Los datos eran insuficientes: una lesión descrita por un practicante, una fiebre anotada sin temperatura y una hora que parecía haber sido corregida con otra tinta.
No eran pruebas de una enfermedad desconocida.
Eran, sobre todo, pruebas de que la asistencia había dependido de hombres cansados, de turnos incompletos y de una administración que confiaba demasiado en la memoria.
Se negó a copiar en su informe la palabra «desangrado».
Ninguno de los documentos establecía cuánto había sangrado el paciente ni durante cuánto tiempo.
Escribió, en cambio, que había signos compatibles con una pérdida importante de sangre y que debían considerarse otras explicaciones para la debilidad posterior.
Aquella cautela le parecía una obligación elemental, aunque sabía que al periodista le habría gustado una frase más rotunda.
Cuando Leandro llegó, ella le mostró las dos versiones del asiento, pero mantuvo un dedo sobre el nombre del enfermo.
«Puedes contar que hay una discrepancia», dijo.
«No puedes publicar la historia clínica».
Él aceptó, y el gesto cambió ligeramente la forma en que ella lo miraba.
al fin no parecía interesado solo en obtener una respuesta, sino también en las consecuencias de formular la pregunta.
Elvira Montiel había regresado a Cartagena tras estudiar medicina fuera de la ciudad.
En el Hospital de Caridad debía justificar a menudo decisiones que a un colega varón se le habrían aceptado sin preguntas.
Había aprendido a hacerlo con cifras, paciencia y una dureza que reservaba para las personas que confundían autoridad con conocimiento.
Tenía veintinueve años y vivía con su tía, que consideraba cada noche de guardia una ofensa personal.
Elvira había aprendido que la palabra doctora podía despertar curiosidad antes que confianza.
Algunos enfermos preguntaban cuándo llegaría el médico; otros aceptaban sus indicaciones mientras un hombre permaneciera cerca para repetirlas.
No discutía en cada ocasión. Mostraba el instrumental, explicaba lo que iba a hacer y dejaba que los resultados hablaran.
Aquella mañana, mientras examinaba las lesiones de un estibador, advirtió que su palidez no guardaba proporción con las heridas visibles.
Preguntó por las comidas, el sueño, el trabajo y las enfermedades anteriores antes de admitir que el cuadro era extraño.
Cuando Leandro llegó con su libreta, Elvira le exigió que cerrara la puerta.
No quería que una conversación médica terminara convertida en un titular sobre monstruos.
Él aceptó, pero le explicó que otros hombres del muelle habían empezado a faltar a sus turnos.
Ella le pidió nombres y fechas, no adjetivos.
La firmeza con que lo hizo le resultó incómoda al periodista y, al mismo tiempo, le permitió comprender que estaba ante alguien que no confundiría una sospecha con una prueba.
Conoció a Leandro a propósito de un trabajador del puerto que había ingresado con anemia y fiebre.
El periodista buscaba una relación entre aquella enfermedad y la descarga de un féretro.
Elvira lo escuchó sin concederle la satisfacción de burlarse.
Examinó los análisis disponibles, preguntó por el trabajo, la alimentación y posibles hemorragias, y finalmente le dijo que no había encontrado señal alguna de una agresión vampírica.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Es lo que parecía desear que contestara.
Leandro se disculpó. Había hecho demasiadas preguntas antes de escuchar las respuestas.
Elvira le explicó que un hombre mal alimentado, sometido a jornadas físicas y a una infección, podía empeorar con rapidez.
No necesitaba inventarse un depredador. Sin embargo, reconoció un detalle anómalo: el trabajador presentaba una pequeña lesión punzante detrás de la oreja que no recordaba haberse hecho.
Era insuficiente para establecer ninguna teoría.
Elvira encontró a Juan una semana después, cuando acudió al hospital por una mano infectada.
Lo reconoció por las cicatrices del cuello y por la forma en que apartó la cara al ver acercarse una bandeja de instrumental.
Le habló de la infección, no de su historia.
Solo cuando terminaron le preguntó si había visto alguna vez una caja con unos clavos dispuestos en forma de cruz diagonal. Juan dejó de mirarla a los ojos.
—¿Dónde la ha visto usted?
—No la he visto. Me la han descrito.
Juan quiso saber quién. Elvira prometió no mencionar su nombre sin su permiso.
Aquella noche escribió a Leandro para pedirle que evitara visitar al muchacho.
No le contó lo que había dicho. Tampoco explicó que, durante toda la conversación, Juan había mantenido una mano sobre la cicatriz del cuello, como si estuviera impidiendo que algo saliese.
Elvira cerró el consultorio cuando todavía quedaban dos pacientes esperando en el corredor.
Los derivó al médico del turno siguiente y se llevó consigo la hoja de observaciones del estibador que había atendido por la mañana.
El hombre presentaba debilidad y una inflamación visible en el antebrazo, pero no aceptaba que lo apartasen de las descargas.
Había perdido un jornal la semana anterior y en casa comían cuatro personas.
Le parecía peor amenaza la falta de trabajo que cualquier enfermedad.
En el hospital, Elvira preguntó a la enfermera mayor si recordaba lesiones parecidas a las que se habían atribuido al supuesto vampiro de 1924.
La mujer le contestó que había visto heridas de todas clases, incluidas las que alguien convertía en prodigio antes de recibirlas en una sala de curas.
No recordó, sin embargo, un examen que demostrase que a Juan le hubieran extraído sangre deliberadamente.
Elvira anotó la diferencia con una precisión casi dolorosa.
No ponía en duda el ataque; se negaba a dar por probado su mecanismo.
Más tarde atendió a Juan. Él observó que la doctora miraba primero su mano infectada y solo después la cicatriz del cuello.
Cuando le preguntó por qué importaba tanto el aspecto de aquella marca, Elvira explicó que una cicatriz no identificaba por sí sola el objeto que la había causado.
Juan la escuchó sin interrumpir. Al terminar, le pidió que no enseñase las antiguas heridas a periodistas ni agentes sin hablarlo antes con él.
Elvira accedió y escribió esa decisión en su cuaderno, aunque ningún reglamento se lo exigiera.
En la puerta del hospital se encontró con Leandro.
El periodista traía una noticia sobre la procedencia de la caja, pero ella le pidió primero que escuchara algo menos llamativo: había trabajadores que necesitaban atención y temían pedirla porque la empresa podía despedirlos.
Si el caso del ataúd llegaba a convertirse en escándalo, esos hombres serían los primeros en perder el empleo y los últimos en beneficiarse de la verdad.
Leandro guardó la libreta. Por una vez no tomó notas hasta que Elvira terminó de hablar.
Un turno de noche
Elvira Montiel llegó al hospital con la falda salpicada de barro porque había llovido durante la tarde y las ruedas de los carros habían levantado una pasta gris en los cruces.
La recibieron dos enfermeros que intentaban cambiar de sala a un estibador con una pierna aplastada.
El hombre apretaba los dientes para no gritar.
Elvira dejó su abrigo sobre un banco, examinó la hinchazón y ordenó que preparasen agua hervida y vendas limpias.
No era el momento de pensar en un ataúd misterioso ni en la obstinación de un periodista.
Durante la siguiente hora existieron únicamente el dolor de aquel trabajador, sus posibilidades de conservar la pierna y la preocupación de la mujer que aguardaba en la puerta con un niño en brazos.
Cuando terminó, se lavó hasta los codos, tomó asiento frente al libro de ingresos y repasó las anotaciones de los últimos días.
Las infecciones ordinarias dejaban rastros previsibles: fiebre, mal olor, empeoramiento gradual.
El vigilante hallado sin vida junto al almacén no presentaba la misma secuencia, al menos según lo que le habían comunicado.
La expresión «pérdida de sangre» había aparecido ya demasiadas veces, pronunciada por personas que no podían afirmar haberla medido.
Elvira desconfiaba de aquellas palabras.
Muchas lesiones parecían inexplicables hasta que alguien se tomaba la molestia de contar las vendas, interrogar a un testigo o examinar el suelo.
Fue a buscar el libro de registros más antiguo que pudo conseguir sin pedir favores.
No halló al niño de 1924 a la primera; figuraba bajo un apellido mal escrito, con una fecha de ingreso desplazada un día respecto al recorte de prensa.
Había una descripción escueta de las lesiones y una nota sobre el estado de agotamiento.
Ningún médico había escrito que le hubieran succionado sangre.
Sí constaba la existencia de heridas múltiples en la zona del cuello y del hombro, así como un episodio de pérdida de conciencia.
Elvira copió los datos en una hoja propia, sin sacar el libro del hospital.
Al retirarse, la enfermera de más edad, sor Mercedes, le preguntó si investigaba un asesinato.
Elvira respondió que todavía no sabía qué investigaba.
La religiosa le contó que había estado allí cuando trajeron al niño: recordaba la ropa cortada, las manos de la madre y la manera en que los curiosos habían intentado colarse por la entrada de servicio.
Sobre todo recordaba que Juan había pedido que apagaran una lámpara porque no soportaba ver la luz dibujando la forma de una caja en la pared.
No era una prueba médica, admitió, pero ningún niño tan enfermo inventaba aquel terror por diversión.
Elvira salió del edificio con una conclusión menor, pero firme: había razones suficientes para escuchar al muchacho sin convertirlo en objeto de espectáculo.
Guardó la hoja en un sobre, envió una nota a Leandro y tomó el camino de su casa.
Al cruzar una plaza vio a un vendedor ambulante recoger las cajas de fruta.
Los vecinos discutían de política, de los salarios y de la falta de trabajo.
Cartagena seguía llena de problemas visibles.
Precisamente por eso resultaba tan fácil que una historia invisible creciera entre sus calles.
Las cuentas del practicante
En el hospital, Elvira encontró la resistencia que esperaba en un lugar inesperado.
Un practicante llamado Amador Ros, que llevaba veinte años atendiendo heridas de estibadores, la detuvo junto al armario de instrumental y le preguntó por qué revisaba ingresos antiguos sin autorización escrita.
Elvira le mostró una nota firmada por la administración.
Amador la leyó dos veces, no porque no entendiera las palabras, sino porque cada lectura aumentaba el malestar que pretendía disimular.
—Los registros de hace ocho años no le van a decir qué pasó ayer —observó.
—Me dirán cómo se describió una lesión cuando nadie esperaba tener que compararla con otra —respondió Elvira—. Y eso es suficiente para empezar.
Una mujer aseguró que su marido había despertado gritando cuando oyó arrastrar una carretilla por el corredor.
Otro paciente recordaba una voz de hombre detrás de una puerta que, según el celador, permaneció cerrada toda la noche.
Elvira anotó ambas versiones y las dejó sin interpretar.
Cuando Leandro llegó con la intención de publicar el hallazgo, lo recibió en la escalera y le dijo que ninguna de aquellas historias era todavía noticia.
Él se enfadó: un testimonio guardado, sostuvo, podía desaparecer.
Ella le respondió que publicarlo antes de verificarlo podía destruir la confianza de los únicos testigos que seguían dispuestos a hablar.
No se reconciliaron esa tarde. Leandro regresó al periódico y encargó una copia de los libros de ingreso por una vía legítima, mientras Elvira decidió conservar las anotaciones en el hospital, en lugar de llevarlas consigo a casa.
Elvira comprobó los registros de ingreso de tres hombres que habían trabajado en turnos diferentes y que, sin embargo, describían el mismo olor al abrir las cajas.
En uno de los historiales faltaba la firma de quien había autorizado su salida.
La doctora no dedujo de ello una intervención extraordinaria; pidió el cuaderno de visitas, repasó las horas y descubrió que los familiares habían acudido antes de lo que figuraba en las hojas oficiales.
El celador le explicó que en los días de mayor trabajo se copiaban las horas al finalizar el turno.
Aquella costumbre bastaba para arruinar una investigación que dependía de saber quién se había acercado a los enfermos y cuándo.
Elvira dedicó una tarde a entrevistar por separado a los testigos, sin enseñarles las respuestas de los demás.
El libro de las visitas