Capítulo 16 La otra contabilidad
La otra contabilidad
Baltasar sintió una punzada de ira. Aquello no solo comprometía su empresa.
Una persona ajena había dirigido a sus trabajadores dentro de un almacén bajo su responsabilidad.
Pensó en despedir al capataz. La solución lo eximía, demasiado cómodamente, de responder por sus propias órdenes.
Dispuso que se preservaran las hojas originales, pidió una relación de las llaves y ordenó que los guardias no permanecieran nunca solos junto al cajón.
A la salida del despacho vio a la viuda de un cargador esperando el pago de dos jornadas atrasadas.
Había venido con su hija pequeña. El contable dijo que no podía atenderla hasta localizar el recibo.
Baltasar abrió el cajón del escritorio, contó el dinero y dejó una nota firmada en el libro para que nadie pudiera acusar al empleado de haberlo entregado sin autorización.
La mujer no le dio las gracias. Estaba demasiado cansada y tenía motivos para desconfiar.
Cuando se quedó solo, Baltasar miró otra vez las firmas.
La historia que estaba intentando reconstruir no avanzaba por grandes revelaciones, sino por decisiones pequeñas, casi siempre tomadas por quienes podían permitirse trasladar el riesgo a otros.
Esa noche firmó él mismo la orden de cerrar el almacén y dejó constancia de que asumía la responsabilidad.
El turno de los hombres sin firma
A las seis de la mañana, cuando el primer vapor hizo sonar la sirena, Baltasar encontró a Matías Funes sentado junto a la báscula, con las manos extendidas sobre las rodillas.
El pesador no había encendido el cigarrillo que llevaba entre los labios.
Miraba la puerta del almacén como quien espera que vuelva a abrirse por sí sola.
Baltasar le preguntó por la hoja del turno anterior y Matías señaló el cajón inferior de la mesa.
Dentro había dos copias de una misma relación de bultos.
En la primera figuraban once cajones de maquinaria y un féretro.
En la segunda, doce cajones de maquinaria.
Las firmas parecían auténticas; las horas, no.
—¿Quién cambió la relación? —preguntó Baltasar.
—Yo no la cambié. Me la trajeron hecha.
—Eso no responde a mi pregunta.
Matías se quitó el cigarrillo de la boca.
Dijo que el capataz había ordenado cerrar el almacén durante media hora y que, cuando lo abrieron, el féretro ya no estaba en la fila asignada.
Había pasado al fondo, detrás de un biombo de lona, sin que constase traslado alguno.
Dos hombres habían movido el bulto con una carretilla.
Ninguno pertenecía al turno de descarga.
Matías conocía a todos los habituales, incluso a quienes venían de otras cuadrillas por una mañana.
A aquellos dos no los había visto nunca.
Baltasar extendió ambas hojas sobre la mesa.
Había pasado años aprendiendo que una irregularidad documental podía ocultar un hurto pequeño, una comisión o una negligencia sin importancia.
La diferencia estaba en el modo de corregirla.
Quien quería robar mercancía borraba cantidades; quien deseaba ocultar una presencia sustituía los nombres.
En aquella segunda copia, el féretro había desaparecido sin que disminuyera el peso total.
—¿Y la báscula?
—Dio lo mismo las dos veces.
—Eso es imposible.
—Lo sé. Por eso he guardado las hojas.
Afuera se oyeron pasos de obreros que llegaban a cobrar el jornal atrasado.
Baltasar dobló los papeles y no se los llevó.
Le pidió a Matías que los guardase donde nadie pensara buscarlos, lejos del despacho y de las cajas fuertes de la empresa.
Si la relación había sido manipulada, su primera obligación era averiguar quién había tenido acceso a las llaves.
Si el peso había sido falseado, alguien estaba dispuesto a pagar por una mentira que parecía demasiado pequeña para merecer semejante esfuerzo.
Antes de salir, Matías le preguntó si debían llamar a la Guardia Civil. Baltasar tardó en contestar. Comprendió que había confundido durante días la prudencia con el miedo a perder su puesto.
—Todavía no tenemos una denuncia que pueda sostenerse —respondió—. Pero desde hoy todo movimiento de ese bulto se hará con dos testigos. Y ninguno de los dos seré yo solo.
Aquel martes, Tomás llegó al almacén antes que el encargado.
Llevaba un libro pequeño, de cubierta verde, que no había entregado a Baltasar porque pertenecía a una época en la que él todavía creía que la contabilidad podía mantenerse al margen de las voluntades de sus superiores.
Lo había utilizado para apuntar jornales adelantados a los hombres que no tenían cuenta propia; bajo cada nombre aparecían las horas y, en el margen, la persona que había autorizado el pago.
Su esposa había insistido en que lo quemara cuando descubrieron que faltaba dinero de la caja.
Tomás había preferido esconderlo entre las mantas.
El libro no mencionaba ningún ataúd. En cambio, registraba tres noches de descarga sin mercancía declarada.
Eran anotaciones antiguas, de finales del verano, anteriores a la llegada oficial del féretro.
La primera llevaba la firma de un capataz que desde entonces había muerto; las otras dos, una rúbrica semejante a la que aparecía en el justificante del almacenaje.
Tomás puso los libros uno al lado del otro, abrió la contraventana y examinó la tinta contra el sol.
No necesitaba una explicación fantástica: alguien había pagado por retirar del muelle unos bultos cuya entrada nunca figuró en el manifiesto.
El capataz Amador entró sin llamar y vio el cuaderno antes de que Tomás pudiera guardarlo.
Se quedó inmóvil junto a la puerta. Después preguntó de dónde había salido.
Tomás respondió que lo había escrito él mismo, con el dinero que había contado delante de los hombres.
Amador no lo amenazó; se sentó en una silla, se quitó la gorra y habló de su hija, que trabajaba en una casa donde el patrón podía despedirla por la menor sospecha.
Si el asunto llegaba al juzgado, dijo, alguien daría nombres y todos los nombres tendrían una familia detrás.
—Precisamente por eso no voy a destruirlo —respondió Tomás.
Amador dejó pasar un rato antes de señalar una línea del registro.
Reconocía al hombre que había cobrado aquel jornal, pero no quería pronunciar su nombre sin estar seguro.
Lo recordaba cargando un cajón largo, más ligero de lo esperado, mientras un vigilante esperaba junto a una carreta con la lona extendida.
Había sido una noche de viento y la carga se movía dentro, no con golpes, sino con un roce continuo que uno de los descargadores atribuyó a una cadena suelta.
Nadie abrió el cajón. Los hombres habían trabajado hasta la madrugada, por un salario mejor del acostumbrado, y al volver a sus casas se prometieron no hablar de aquel servicio.
Tomás copió las tres anotaciones en una hoja nueva.
No podía pedirle a Amador que declarase en aquel momento; sí podía exigirle que no negara después lo que acababa de reconocer.
Se levantó y guardó ambas libretas en dos lugares diferentes.
Por primera vez desde la llegada del ataúd comprendía que las cuentas no iban a demostrar la existencia de un monstruo.
Podían, en cambio, demostrar que varias personas habían movido algo deliberadamente, con ayuda, dinero y tiempo.
Y ese descubrimiento resultaba lo bastante grave sin necesidad de añadir una sola superstición.
La hoja que faltaba en la báscula
Baltasar encontró el error cuando comparó los albaranes en una mesa apartada de la oficina.
La primera hoja indicaba un peso bruto, la segunda otro menor y la tercera no llevaba cifra.
Las tres estaban fechadas el mismo día y mostraban la misma firma, pero una de las rúbricas terminaba en un pequeño círculo que no aparecía en las demás.
Durante años había considerado ese detalle una manía del contable.
Ahora recordó que el hombre había pasado una temporada enfermo y que otro empleado lo sustituyó sin avisar a los clientes.
Mandó llamar a Fermín, encargado de la báscula, y puso delante de él las tres hojas. Fermín era viudo, tenía dos hijos que aún estudiaban y llevaba diecisiete años anotando cargas sin hacer preguntas. Vio los papeles y se llevó la mano al bolsillo como si quisiera sacar una llave.
—¿Quién corrigió esto?
—No se corrigió —dijo Fermín—. Se volvió a pesar.
—¿Por qué?
Fermín afirmó que una cuerda había quedado enganchada a la plataforma.
Baltasar le mostró la diferencia de peso: no bastaba una cuerda.
Fermín evitó sus ojos. Finalmente admitió que habían retirado de la caja un paquete de hierro antes del segundo pesaje.
No supo decir si era un conjunto de herramientas o un refuerzo del embalaje.
El paquete había salido envuelto en lona y dos hombres lo depositaron en un carro sin distintivo.
Baltasar comprendió que aquella confesión era peor que una cifra falsa.
La mercancía que figuraba en los libros quizá no era la misma que había permanecido en el almacén.
Preguntó quién autorizó el cambio. Fermín pronunció un nombre de memoria y después añadió que nunca había visto la orden escrita.
Baltasar se negó a asentir. Si aquel nombre llegaba al expediente, un inocente podía verse señalado por una indicación transmitida de boca en boca.
Al salir Fermín, abrió otro registro y buscó pagos extraordinarios realizados durante aquella semana.
Encontró una cantidad cargada a gastos de limpieza.
Era elevada para un simple barrido de almacén, pero tampoco acreditaba un delito.
Copió ambos asientos y guardó los originales donde nadie pudiera alterarlos.
Había pasado la vida suponiendo que el orden de las cuentas demostraba el orden de las cosas.
Esa tarde comprendió que un libro bien llevado también podía esconder una operación clandestina.
Cuando se presentó Darío, Baltasar no le entregó una conclusión.
Le entregó tres hojas, una copia de los gastos y el nombre del empleado que podía confirmar el segundo pesaje.
El guardia le preguntó por qué no lo había hecho antes.
Baltasar dijo que temía perder la concesión.
Calló un momento y añadió que también temía saber desde cuándo llevaba firmando documentos que nunca había leído.
La firma que no podía comprarse
Baltasar encontró a Tomás junto a la báscula de la nave segunda, contando los sacos que habían vuelto del barco sin pasar por el registro.
El escribiente llevaba una libreta distinta de la que mostraba en la oficina.
No intentó ocultarla cuando vio llegar al consignatario; la cerró con el pulgar entre las páginas y esperó a que terminaran de pasar los peones.
La desconfianza entre los dos hombres había nacido de un asiento de seis jornales pagados a cuatro trabajadores, pero aquella mañana ya no trataba del número de brazos: un muchacho había sido expulsado del turno por preguntar quién firmaba por los ausentes.
Tomás era su tío y había callado hasta entonces por miedo a perder su empleo.
—No me pida que cambie otra vez el libro —dijo cuando quedaron solos—. No puedo llevar una mentira a la mesa de mi hermana.
Baltasar le pidió que le enseñara la libreta.
Tomás la abrió en una página donde había anotado nombres, cantidades pagadas de su bolsillo y fechas de accidentes menores que el libro oficial no recogía.
No era una contabilidad clandestina destinada a sacar provecho, sino una manera imperfecta de recordar lo que todos se obligaban a olvidar para seguir cobrando.
Dos anotaciones tenían la misma señal: una cruz de cuatro brazos dibujada junto al nombre de un trabajador.
Tomás aseguró que la había copiado de una lista encontrada dentro de la oficina, pero que no conocía su significado.
Baltasar reconoció el trazo de inmediato.
Era semejante al de la placa del ataúd. Prefirió no decirlo.
—Si entrega esto, me investigarán a mí —dijo Baltasar.
—Si no lo entrego, seguirán pagando los muertos y descontando la comida a los vivos.
Baltasar había empleado la mañana en preparar una declaración capaz de limitar su responsabilidad a fallos de oficina.
Al escuchar a Tomás comprendió qué implicaba realmente aquella defensa: salvarse a costa del hombre que había obedecido sus órdenes.
Le pidió veinticuatro horas para copiar los asientos y consultar a un abogado.
Tomás no aceptó. Le concedió hasta la apertura del turno siguiente y exigió un recibo firmado de la entrega.
La firmeza del escribiente lo sorprendió más que la amenaza.
Durante años lo había considerado un empleado dócil; ahora era el único que había decidido arriesgar algo que no pudiera recuperarse con dinero.
Volvieron a la oficina sin hablar. Baltasar hizo dos copias de las hojas comprometedoras y dejó una bajo llave.
En la segunda escribió de su puño y letra que había conocido irregularidades de pago y que no había ordenado una investigación inmediata.
Al firmar notó que le temblaban los dedos.
Tomás lo vio, pero no expresó lástima. Se limitó a comprobar la fecha, dobló el recibo y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
Fuera, un carro golpeó la piedra con una rueda mal ajustada.
Los hombres del muelle apenas alzaron la vista.
Aquella tarde Baltasar descubrió que la lista con las cruces había desaparecido de su cajón.
La cerradura no estaba forzada y el resto de los papeles permanecía en su lugar.
Tomás negó haberla recogido. Durante unos segundos el consignatario estuvo a punto de acusarlo de chantaje.
Luego recordó que otras dos personas tenían llave de aquella habitación, una de ellas un capataz al que había ordenado callar.
En vez de enfrentarse a él delante de los empleados, Baltasar anotó la desaparición, cerró la oficina antes de tiempo y decidió entregar la copia a Darío.
Había tardado demasiado en comprender que ocultar una prueba lo convertía en parte del mecanismo que decía querer esclarecer.