Capítulo 15 La contabilidad del muelle
La contabilidad del muelle
El capataz había aprendido a distinguir las mentiras por el momento en que aparecían.
En el muelle, un hombre podía equivocarse al contar sacos o al recordar una matrícula; pero cuando empezaba a corregir su propia versión antes de que nadie se la discutiera, Baltasar sabía que había algo más que una torpeza.
Aquella mañana, mientras el primer turno se repartía entre las grúas y los carros, llamó a su despacho a Eusebio Marín, encargado de la báscula nocturna.
Eusebio entró sin quitarse la gorra. Tenía la mano derecha manchada de tinta azul, y la izquierda, que sujetaba un sobre doblado, le temblaba ligeramente.
—Me dijeron que viniera antes de que abrieran el almacén.
—¿Quién se lo dijo?
—El sereno. Ayer no estaba usted.
Baltasar señaló la silla. Eusebio permaneció de pie. Por la ventana entraban los golpes metálicos de los ganchos contra las anillas de carga, un ruido que Baltasar había escuchado desde niño y que ahora le impedía pensar con claridad.
El sobre contenía una relación de jornales que Eusebio había copiado por su cuenta.
Baltasar reconoció el timbre de la oficina y, junto a tres nombres, unas cantidades menores que las aprobadas al comienzo de la semana.
El capataz quiso llevársela al despacho del contable.
Eusebio no se la entregó. Le mostró la palma azulada: había pasado la noche copiando con papel de calco para que una sola mano no pudiera destruir todas las cifras.
Quería que su nombre constase como denunciante antes de que alguien atribuyera la diferencia a un error suyo.
Baltasar abrió el libro mayor delante de él.
Dos cifras coincidían. La tercera llevaba una raspadura y una suma corregida por una tinta de otro tono.
En vez de guardar el sobre, hizo llamar al contable, le pidió que explicara aquel asiento y, al oír que no recordaba la fecha, cerró el registro con cuidado.
El silencio de Eusebio pesó más que una amenaza.
Al mediodía, cuando el capataz le comunicó que al día siguiente no habría turno para él, Baltasar comprendió que su decisión de investigar ya tenía un responsable y una víctima.
Ordenó por escrito que mantuvieran el jornal de Eusebio hasta concluir la comprobación.
Su firma, esta vez, no le permitió fingir ignorancia.
—Quiero saber por qué hay dos pesos para el mismo bulto.
—Porque lo pesaron dos veces.
—Eso ya lo veo. Quiero saber quién ordenó la segunda pesada.
Eusebio puso el sobre encima de la mesa.
Dentro había una hoja de papel de cebolla con dos columnas de números, una firma casi ilegible y una anotación al margen: «No registrar hasta aviso».
Baltasar acercó la hoja a la luz. No reconoció la letra, pero sí el papel.
Procedía de una libreta de control que debía permanecer bajo llave.
—¿De dónde ha sacado esto?
—Me lo dejaron bajo la puerta. No sé quién.
—Si alguien le pregunta, ¿dirá lo mismo?
—Diré lo que sé.
Baltasar dobló el papel por las marcas antiguas. Era una respuesta valiente y probablemente inútil. En el puerto, la verdad de un peón no pesaba lo mismo que la de un consignatario, y él había pasado demasiados años beneficiándose de aquella diferencia.
—Vuelva a su puesto —dijo—. Y no entregue más papeles sin quedarse con una copia.
Eusebio se marchó sin agradecerle nada. Baltasar apartó la mirada.
Todavía no había hecho nada que mereciera agradecimiento.
Abrió el libro mayor y buscó la fecha del segundo pesaje.
La tinta del asiento original estaba seca y uniforme; la cifra corregida, en cambio, parecía escrita por una mano que había apretado tanto la pluma que dejó una hendidura en la página siguiente.
Colocó debajo un folio limpio y pasó suavemente la yema del dedo sobre el relieve.
Por primera vez consideró que no se trataba de un error destinado a ocultar una mercancía, sino de una alteración preparada para obligar a alguien a firmar una versión falsa.
Cuando el teléfono sonó, tardó en levantar el auricular. Del otro lado no hubo saludo.
—Ese bulto no es asunto suyo —dijo una voz masculina.
Baltasar miró la puerta cerrada. No respondió. La voz añadió:
—Piense en los hombres que cobran de usted.
La comunicación se cortó. Baltasar permaneció unos segundos inmóvil, con el auricular pegado a la oreja, y después anotó la hora exacta de la llamada. No podía identificar al hombre, pero podía empezar a dejar constancia de que había existido.
La primera discusión por el féretro no se produjo junto a la caja, sino ante un libro de facturas.
Baltasar Noguera había encontrado dos asientos incompatibles: una tasa de depósito calculada sobre un peso y un recibo de movimiento que consignaba otro.
No era una diferencia extraordinaria en un puerto donde los errores se corregían a mano, pero aquel bulto no tenía consignatario dispuesto a hacerse cargo del gasto.
Si autorizaba su entrega con los papeles incompletos, la responsabilidad terminaría en su mesa.
Llamó a Tomás, un escribiente que llevaba quince años en la oficina.
El hombre examinó los sellos y explicó que una corrección podía tener causas inocentes: humedad, tinta borrada, cambios de embarcación en un transbordo.
Baltasar le preguntó entonces por qué el sello de recepción se había estampado sobre una línea previamente raspada.
Tomás no contestó enseguida. La luz que entraba por la ventana bastaba para mostrar las fibras levantadas del papel.
—Alguien quiso que pareciera de aquí —dijo al fin.
—¿Y lo parece?
—Solo si nadie compara las dos hojas.
Baltasar ordenó guardar ambos documentos por separado.
En el muelle, donde los hombres descargaban mercancías bajo el sol de la tarde, aquella orden pareció un capricho de oficina.
Un capataz acudió para quejarse de que la caja ocupaba un lugar necesario para los sacos que esperaban llegada al día siguiente.
Baltasar no podía explicarle su preocupación sin alentar rumores.
Le dijo que moviera la carga ordinaria y dejase el féretro en el mismo recinto hasta nueva disposición.
Al terminar la jornada, Tomás se acercó con una observación más difícil de justificar.
El libro de gastos contenía una anotación antigua, no referida al barco reciente sino al mantenimiento del almacén: ocho años atrás se había pagado el acondicionamiento de un acceso lateral que, según el registro de obras, nunca se había utilizado.
El nombre del proveedor estaba escrito de manera abreviada.
Baltasar lo copió en una hoja y la guardó bajo llave, sin concluir todavía que las dos fechas estuviesen conectadas.
En casa cenó con su esposa sin hablar de la oficina.
Ella le preguntó por las manos, irritadas de pasar páginas humedecidas.
Baltasar admitió que había tenido un mal día, pero no mencionó el ataúd.
Mientras se desvestía recordó los hombres que aguardaban cada mañana junto a la verja, esperando que les concedieran una jornada.
La diferencia entre cerrar un depósito y mantenerlo abierto se mediría para ellos en comida.
Aquello volvió más incómoda su decisión: el misterio no estaba aislado de la ciudad, sino metido entre los trabajos que sostenían a cientos de familias.
Antes de apagar la luz, sacó la copia de una dirección que había encontrado entre las hojas del transporte.
No indicaba una casa ni una compañía naviera, sino un camino al pie del monte.
Baltasar comprobó dos veces las letras. Luego dobló el papel y decidió que al día siguiente pediría a Darío una visita discreta.
Las cuentas del segundo turno
Baltasar extendió sobre el escritorio los partes que el contable había separado durante la mañana.
Uno consignaba cuatro hombres para mover el cajón; otro pagaba seis jornales; un tercero hablaba de una interrupción por avería de la polea.
Ninguno llevaba el mismo número de referencia.
Su primera tentación fue ordenar al escribiente que copiase una versión limpia.
Habría evitado preguntas de la inspección, pero convertiría tres errores distintos en una falsedad deliberada.
Mandó buscar a Roque, encargado del turno de noche, que llegó con las botas todavía cubiertas de polvo del muelle. Roque dejó la gorra sobre las rodillas y no quiso sentarse hasta que Baltasar insistió.
—Aquí figura que trabajaron seis hombres.
—Éramos cuatro al comenzar.
—¿Y los otros dos?
—Llegaron cuando se torció la rueda del carro. Los mandó el capataz.
Baltasar quiso saber sus nombres. Roque recordó uno, pero del segundo solo sabía que llevaba una venda bajo la manga.
Había descargado vagones en otros turnos y nadie le preguntaba ya por su identidad.
El consignatario abrió el libro de jornales y descubrió que la rúbrica correspondiente estaba hecha con la misma letra que otra entrada, tres páginas atrás.
No era prueba de asesinato ni de contrabando.
Era una irregularidad laboral común en un puerto donde un hombre podía trabajar por otro y cobrar a través de un tercero.
Lo que le inquietó fue la insistencia en ocultar precisamente esa jornada.
La diferencia de dinero equivalía a muy poco junto al coste del transporte; sin embargo, alguien había preferido modificar el registro antes que dejar el nombre del desconocido.
Roque señaló el dibujo del herraje que Baltasar tenía en la mesa. Dijo que la argolla no estaba allí cuando descargaron el cajón. Uno de los hombres había llegado después con una caja de herramientas y la había fijado al costado, donde no se veía desde el patio.
—¿Quién dio la orden?
—El hombre de la venda. Le pregunté si trabajaba para usted y no contestó.