Capítulo 12 La elección de Juan
La elección de Juan
La respuesta lo sorprendió por su sencillez.
Durante años había tratado de demostrar a hombres mayores que no inventaba nada; su hermana resolvía la discusión con un hecho elemental.
No estaba muerto, iba a trabajar y cada domingo llevaba una parte de su jornal a casa.
Lo que le habían hecho no tenía por qué explicar cuanto hiciera el resto de su vida.
En la vivienda, su madre remendaba un pantalón de hombre que debía entregar aquella noche.
La luz que entraba por el patio alcanzaba apenas la mesa.
Había conservado en una caja de galletas el papel del hospital donde constaba el ingreso de Juan, acompañado de otros documentos de la familia.
Él sabía dónde estaba desde pequeño, pero aquella tarde le pidió que lo sacara.
—No vuelvas a abrir aquello —dijo ella.
—Solo necesito ver lo que escribieron.
—Ya lo viste bastante.
Habían discutido otras veces. La madre nunca hablaba del desconocido de negro como de un monstruo: lo llamaba el hombre, con una precisión que Juan empezaba a entender.
Había tenido un rostro, unos zapatos y una voz.
Si podían darle un nombre, tal vez dejaría de ser una sombra.
Ella abrió finalmente la caja y le entregó el papel, amarillento en los dobleces.
Las palabras que buscaba no estaban allí.
Constaban heridas, fiebre y una fecha, pero ninguna referencia a la cueva.
—Te dije que no te iban a creer —murmuró su madre.
Juan dobló el documento sin responder. El médico había salvado su vida y, sin embargo, el papel hacía parecer que todo había sido un accidente.
Aquella noche escribió una carta al guardia que lo había interrogado años atrás.
Explicó que trabajaba, que podía viajar solo y que quería saber si se había detenido a alguien.
No la envió. La dejó debajo del plato al desayunar, volvió a leerla por la tarde y acabó guardándola con sus herramientas.
Necesitó ocho años para decidirse a preguntar; todavía le faltaba aprender a escuchar la respuesta.
En los años que siguieron, Juan ensayó varias maneras de vivir sin hablar de la cueva.
Trabajó primero en un pequeño almacén, donde podía ordenar sacos y hacer recados que apenas lo obligaban a cruzar el barrio.
Después buscó labores más lejos de casa, cansado de que los vecinos alzaran la voz al reconocerlo.
Se acostumbró a contestar las preguntas sobre su cicatriz con una explicación breve, una caída en el monte, y a no discutir con quienes parecían saber más de su historia que él.
Una mañana de 1932 encontró a su madre separando dos platos desportillados para venderlos.
Petra había calculado cuánto les quedaba para pagar el alquiler, y el resultado estaba escrito en la parte de atrás de una factura.
Juan dejó sobre la mesa el dinero de su jornal y ella apartó la mano antes de tocarlo.
—Tienes que guardar algo para ti.
—Esto también es para mí.
Discutieron sin levantar la voz. Petra quería que su hijo abandonara la ciudad durante una temporada, porque creía reconocer en su manera de dormir el miedo que había tenido de niño.
Juan le respondió que marcharse no cambiaría la historia que otros contaban sobre él.
Salió a caminar por las calles próximas al puerto y se detuvo a escuchar el golpe metálico de una cadena contra una argolla.
Durante unos segundos el sonido le devolvió una sensación antigua, la presión de una mano sobre su nuca.
En vez de huir, permaneció allí hasta reconocer la cadena que lo producía.
La decisión no borró el miedo, pero aquella tarde regresó a casa por el camino más corto.
La víspera del primer domingo de noviembre, Juan recibió el encargo de remendar una red que no pertenecía al taller.
El hombre que la llevó aseguró que venía de una barca de Santa Lucía, pero la pieza estaba cubierta de polvo gris, no de sal.
En una de las mallas había quedado enredada una tira de tela negra, cortada con demasiada limpieza para proceder de una rotura accidental.
Juan la desató sin saber por qué le molestaba y la dejó sobre la mesa.
El maestro, que revisaba una cuenta de jornales atrasados, levantó la vista cuando vio que el muchacho había dejado de mover la aguja.
Le dijo que no era la primera red extraña que recibían y que en tiempo de poco pescado nadie rechazaba un encargo por venir mal explicado.
Juan acabó la reparación, pero guardó el retal en un sobre de papel de estraza.
No lo hizo para investigar nada. Había aprendido a conservar las cosas que no entendía hasta que dejaban de asustarlo.
Aquella tarde fue a entregar el trabajo con un compañero del taller, Simón Requena, que hablaba siempre de abandonar el oficio y casi nunca faltaba a su puesto.
En el camino toparon con un carretero detenido ante una pendiente; una de las ruedas se había hundido en un bache y el hombre intentaba salvarla descargando sacos de serrín húmedo.
Juan y Simón ayudaron a levantar el eje.
Al mover el último saco apareció una astilla larga, oscura, con la cabeza de un clavo todavía incrustada.
El carretero les agradeció el esfuerzo y explicó, sin que se lo preguntasen, que había recogido madera de una nave próxima al muelle comercial.
Juan reconoció en la astilla una pintura espesa, casi negra, igual a la que manchaba un extremo de la red.
No quiso llevarse la pieza: sabía que una sospecha no autorizaba a quedarse con lo ajeno.
Antes de marcharse preguntó el nombre de la nave, y el carretero respondió con una dirección que Juan apuntó en la parte interior de la muñeca.
Simón aguardó hasta que estuvieron lejos para preguntarle qué esperaba encontrar allí.
Juan contestó que nada. Su compañero se detuvo en seco y le dijo que llevaba toda la tarde poniendo esa cara, la misma que se le quedaba cuando alguien pronunciaba la palabra cueva.
Juan quiso discutir, pero Simón no había usado el tono burlón de otros muchachos.
Le contó que su padre había muerto en un accidente de trabajo y que los hombres que habían estado presentes se habían pasado años eludiendo a su madre porque no soportaban reconocer lo que vieron.
«Si tienes miedo de un sitio, no vayas solo», añadió.
La sencillez de aquella recomendación hizo que Juan se sintiera aún más expuesto.
Prometió no visitar el almacén sin avisar antes, aunque en su interior no sabía a quién tendría el valor de avisar.
Al llegar a casa encontró a Petra remendando una camisa a la luz de la ventana.
Habían hablado poco desde la discusión del alquiler.
Juan dejó sobre la mesa el salario de la semana, separó una cantidad para comprar hilo y le preguntó si recordaba el aspecto de los hombres que habían acudido a preguntar por él después de su ingreso en el hospital.
Petra apoyó la aguja cuidadosamente. Recordaba dos visitas: un guardia con las botas manchadas de barro y un desconocido bien vestido que dijo trabajar para una empresa de transportes.
El segundo había preguntado por las pertenencias recogidas junto al niño, no por su salud.
Petra lo echó sin abrir la puerta del todo.
Nunca había explicado aquella visita porque temía que Juan confundiera el recuerdo con una prueba de que lo estaban esperando.
al fin, madre e hijo hablaron de 1924 sin discutir qué debía olvidar cada uno.
Juan escribió lo que ella recordaba y dejó en blanco las preguntas que no podía responder.
Antes de acostarse revisó el sobre de la tela negra.
No había allí una respuesta, solo dos materiales encontrados por separado y una dirección.
Pensó en dar todo a Darío, pero no estaba dispuesto a que le arrebataran otra vez la capacidad de decidir.
A la mañana siguiente iría al cuartel, pediría que anotasen su declaración con sus propias palabras y exigiría una copia.
Esa resolución le permitió dormir algo más de lo habitual.
No hubo sueños de ataúdes aquella noche; tuvo uno peor, en el que regresaba al taller y descubría que Simón ocupaba su banco sin reconocerlo.
El recibo bajo la cal
Baltasar Noguera no acostumbraba a entrar en el almacén pequeño cuando había luz.
La puerta daba al patio donde se guardaban los sacos rotos y las cajas que habían perdido su etiqueta, y durante años había utilizado aquel cuarto para resolver las discrepancias que no merecían un asiento en los libros.
Esa mañana encontró el candado sustituido.
No estaba forzado: era nuevo, con el metal todavía claro alrededor del ojo de la cerradura.
Llamó al mozo encargado de barrer el patio, un hombre de manos agrietadas que no levantó la vista de la escoba hasta que Baltasar pronunció su nombre por segunda vez.
—¿Quién ha cambiado esto? —preguntó Baltasar.
El mozo se encogió de hombros, pero miró hacia la ventana del despacho antes de contestar.
—Ayer vinieron dos hombres con una orden.
Dijeron que había que contar lo que quedaba dentro.
—¿Qué hombres? —Uno llevaba una cartera.
El otro sabía dónde estaban las llaves. Baltasar comprendió que el segundo detalle importaba más que el primero.
Había dado aquellas llaves únicamente a personas que podían comprometerlo tanto como él a ellas.
El mozo dejó la escoba apoyada contra el muro y sacó del bolsillo un papel doblado cuatro veces.
Era un recibo de jornal, manchado de cal, con una fecha y una cantidad que no coincidían con los pagos anotados en el libro del muelle.
El nombre de quien había cobrado estaba escrito con letra insegura.
Bajo él figuraba una firma más firme, reconocible para Baltasar, aunque no quiso reconocerla delante del trabajador.
—¿De dónde ha salido? —De detrás de una tabla.
No lo cogí para venderlo. Lo cogí porque mi hermano trabajó ese turno y en casa no entró ese dinero.
Baltasar le ofreció pagar la diferencia en aquel momento.
El hombre no extendió la mano. —Mi hermano no vuelve porque usted me dé seis pesetas.
Quiero saber quién apuntó que había cobrado.
La negativa dejó a Baltasar sin el recurso con el que solía cerrar una conversación desagradable.
Guardó la cartera, pidió al mozo que esperara y atravesó el patio hasta el despacho.
al fin en años, el problema no era cómo cuadrar una cuenta, sino cómo explicar una firma que alguien había conservado fuera de los libros.
Cuando volvió, el trabajador ya no estaba.
Había dejado la escoba y, junto a ella, una pequeña piedra blanca para impedir que el viento levantara el recibo.
Baltasar lo recogió con cuidado. No destruyó el papel.
Lo colocó entre las páginas de un catálogo de tarifas, donde nadie buscaría un documento de jornales, y anotó la fecha en un calendario de sobremesa.
Aquella decisión no lo absolvería de nada; únicamente le permitiría recordar, cuando llegara el momento, el día exacto en que había tenido la oportunidad de hablar y había elegido esperar.
El problema comenzó un martes, antes de que Juan pudiera decidir si aquella era una mañana buena o mala.
Había llegado al taller con tiempo de barrer las virutas de la jornada anterior y encender el pequeño hornillo donde el maestro ablandaba la cola.
Simón le entregó una puerta de alacena que había que cepillar por el canto.
Juan trabajó durante casi una hora sin equivocarse, escuchando el movimiento de las herramientas en las mesas vecinas, hasta que un cliente entró con una caja de madera estrecha.
No había nada extraordinario en el encargo: quería reforzarla para enviar un reloj a un pariente de Águilas.
Sin embargo, al depositarla sobre el banco, la caja produjo un sonido seco, tres pequeñas percusiones que Juan reconoció antes de comprender de dónde venían.
El cepillo se le escapó de la mano y arañó la madera que estaba reparando.
El cliente pidió una explicación. Simón no le dio ninguna que comprometiese al muchacho.
Tomó la caja, mostró el pestillo flojo que golpeaba contra su alojamiento y pidió al hombre que regresara a última hora.
Solo cuando estuvieron solos llevó a Juan al patio, donde entraba el aire de la calle.
—Si te vas ahora, termino yo la puerta —dijo.
—No quiero irme.
—Entonces no la termines de golpe. Empieza por guardar el cepillo.
Juan obedeció, aunque la mano le temblaba lo bastante para que el metal chocase con otras herramientas.
Simón esperó a que el ruido cesara. No le preguntó por la cueva ni por el hombre del abrigo oscuro.
Había aprendido que las preguntas de los vecinos podían hacer más daño que el recuerdo mismo.
Le señaló un banco junto a la pared y salió para atender al cliente que reclamaba una medida.
Juan se quedó allí, con las palmas apoyadas en las rodillas y la vergüenza de estar perdiendo el jornal por algo que no podía explicar.
Al cabo de unos minutos reconoció, bajo el miedo, una idea que no había tenido de niño: el sonido de una pieza suelta no lo había trasladado al monte.
Seguía en el taller. Había un banco, una pila de madera recién cortada y una puerta abierta a la calle.
Se levantó y volvió a examinar el pestillo de la caja.
—Podría ponerle una cuña —propuso a Simón cuando este regresó—. Así no golpeará durante el viaje.
Simón observó la caja y le entregó un trozo de nogal.
Juan hizo la cuña dos veces porque la primera quedó demasiado gruesa.
La segunda encajó y el cliente, al recoger el encargo, agitó el paquete sin producir ruido.
No fue una victoria que pudiera contar en casa como si hubiera vencido a un enemigo.
Por la tarde, mientras regresaba, encontró a Petra esperando frente a la fuente.
Ella había oído que se había puesto enfermo en el trabajo y había salido a buscarlo.
Juan le contó exactamente lo ocurrido, incluida la madera estropeada y la hora de jornal que Simón le había perdonado.
Petra escuchó hasta el final sin ofrecer una explicación religiosa ni una promesa de que nunca volvería a pasarle.
—Mañana puedo acompañarte hasta la esquina —dijo.
—Hasta la esquina, sí. Al taller entraré solo.
Petra aceptó la condición. Cuando llegaron a casa, Juan se dio cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo que su madre le preguntaba qué había hecho durante la jornada sin terminar hablando de lo que le habían hecho ocho años atrás.