El ataúd Capítulo 13 La jornada del consignatario
19%

Capítulo 13 La jornada del consignatario

La jornada del consignatario

Baltasar Noguera comenzaba cada mañana revisando los conocimientos de embarque antes de recibir a los capataces.

El puerto era una sucesión de voces, grúas, silbatos y hombres que discutían por jornales que apenas alcanzaban para la semana.

A él le correspondía convertir aquel movimiento en columnas de números: bultos, pesos, destinatarios, tasas y firmas.

Un error podía inmovilizar un cargamento; una firma indebida podía costarle el negocio.

La caja que figuraba en el manifiesto como mobiliario funerario había llegado con un sello mal estampado.

Baltasar pasó la yema del dedo por la tinta y comprobó que la fecha parecía corregida.

Llamó al escribiente y le pidió el original.

El joven regresó con una copia en la que faltaba una línea completa.

Ninguno supo explicar quién había autorizado la descarga.

—Que quede en el depósito hasta que alguien acredite la propiedad —ordenó Baltasar.

El escribiente preguntó si debía cobrar almacenaje.

Baltasar miró por la ventana hacia los estibadores, que trasladaban sacos bajo un sol prematuro, y respondió que sí.

No estaba dispuesto a regalar ni un metro de almacén a un remitente desconocido.

A mediodía apareció un intermediario de traje oscuro y zapatos demasiado limpios para el muelle.

No dio su nombre. Pidió que el féretro saliera esa misma noche, sin pasar por el registro habitual.

Ofreció dinero en efectivo y dejó una tarjeta sin dirección.

Baltasar la examinó, se la devolvió y le señaló la puerta.

Solo cuando el hombre se hubo marchado advirtió que la tarjeta había dejado una mancha aceitosa en la mesa.

La discusión con los trabajadores llegó una hora después.

Un carretero sostenía que el peso declarado era imposible: cuatro hombres habían necesitado una palanca para mover la caja, y en el documento constaba una carga ligera.

Baltasar ordenó pesarla de nuevo ante dos testigos.

La báscula dio un resultado distinto en cada intento, porque una de sus patas descansaba sobre tablas deformadas.

El consignatario exigió que la nivelaran.

No quería misterios; quería una cifra que pudiera defender ante la autoridad.

Al cerrar la oficina, Baltasar copió por su cuenta los nombres de los dos hombres que habían descargado el bulto.

No sabía que uno de ellos ya había abandonado el trabajo por una fiebre inexplicable.

Lo descubriría al día siguiente, cuando su esposa acudiera a pedir el jornal atrasado y él reconociera en sus manos las mismas manchas oscuras que había visto en el embalaje.

Una caja sin firma

Baltasar Noguera tenía fama de hombre preciso.

En su oficina, cada manifiesto estaba ordenado por fecha y cada carta recibía respuesta, incluso las absurdas.

Por eso la caja que habían descargado de un vapor mercante lo irritaba más que cualquier deuda.

Era un ataúd de madera oscura, reforzado con cantoneras metálicas, envuelto en una lona de transporte sin marcas claras.

El papel que lo acompañaba indicaba un destinatario de Cartagena que, según una consulta posterior, llevaba muerto más de una década.

Baltasar revisó tres veces el manifiesto.

En la primera lectura le pareció una equivocación corriente: una caja sin destinatario claro, una firma ilegible, un pago efectuado mediante intermediarios.

En la segunda observó que las medidas consignadas no correspondían al volumen que habían descargado.

En la tercera descubrió una corrección hecha con tinta distinta en el apartado de procedencia.

Llamó al escribiente y le preguntó quién había recibido los papeles.

El joven recordó un sobre cerrado y un mensajero que no quiso esperar recibo.

La caja ocupaba demasiado espacio para un bulto que nadie reclamaba.

Baltasar ordenó trasladarla al rincón seco del almacén y poner un candado nuevo.

No tenía motivos para pensar en fantasmas.

Pensaba en multas, reclamaciones de seguros y en la posibilidad de que un cargamento clandestino arruinase la empresa que había levantado durante veinte años.

Sin embargo, al cerrar la oficina, volvió a comprobar que la llave del almacén estuviera en su bolsillo.

Era un gesto profesional, se dijo. Aquella noche tardó mucho en dormirse.

—No puede quedarse aquí —dijo el capataz.

—De momento no irá a ninguna parte —respondió Baltasar.

En el documento de carga figuraban tres nombres de puertos tachados y una corrección a mano.

Baltasar se fijó en la caligrafía. El trazo era tan uniforme que parecía hecho con regla.

Revisó el sello del vapor, preguntó al personal de aduanas y mandó a un recadero a buscar al agente consignatario anterior.

Nadie había solicitado el féretro. Un marinero aseguró que había sido embarcado de noche, sin los trámites habituales.

Baltasar lo obligó a repetir la declaración delante de dos testigos y descubrió que el hombre no había visto el embarque: se lo había contado un compañero.

Decidieron depositar el ataúd en un almacén vigilado.

Al levantar la lona, apareció una placa sin nombre, sujeta a la madera por dos tornillos.

Había unas letras grabadas en el borde inferior, casi borradas.

Baltasar las copió sobre una hoja. No reconoció el idioma.

El capataz bromeó diciendo que la madera olía a iglesia cerrada.

Nadie rió. El olor, en efecto, era fuerte: un amargor de romero mojado mezclado con algo metálico.

Leandro llegó cuando dos hombres terminaban de colocar la caja sobre caballetes.

Tomó notas sobre su procedencia y la falta de destinatario.

Baltasar prohibió fotografías y lo obligó a salir en cuanto tuvo lo necesario para una breve noticia.

Antes de cruzar la puerta, el periodista escuchó tres golpes lentos desde el interior del almacén.

Supuso que un trabajador movía cajones. Ya en la calle, se detuvo: los golpes habían sido demasiado regulares y estaban separados por una pausa exactamente igual.

Volvió la cabeza. La puerta se encontraba cerrada y, a través de la pequeña ventana, solo se veía el ataúd.

Los dos inventarios

En el muelle, el día comenzaba antes de que se distinguieran las caras.

Los cargadores recibían órdenes desde la sombra de los almacenes y se pasaban las noticias al tiempo que las mercancías: una familia que se marchaba, un hombre despedido por faltar al turno, un barco retrasado que dejaría a demasiados sin jornal.

Baltasar Noguera conocía aquel sistema porque dependía de él.

Las partidas llegaban en papel, pero su movimiento verdadero descansaba en personas que podían negarse a cargar una caja.

Llamó a Roque, el encargado de las cuadrillas, y le pidió que enumerara a los hombres que habían descargado el féretro. Roque hizo una mueca.

—No todos son de aquí. Había dos eventuales.

—Quiero los nombres de los que puedas darme.

—¿Se ha perdido algo?

—Todavía no lo sé.

Roque sacó una libreta mugrienta de una cartera de cuero.

La mitad de los apuntes eran cantidades que debía pagar.

Ante cada nombre recordaba una cara, una familia, una necesidad.

Si Baltasar denunciaba a todos por la irregularidad del bulto, algunos hombres no volverían al trabajo.

Repasó sus nombres antes de decidir. No era un hombre generoso, pero sabía distinguir entre un fraude organizado y las manos que habían obedecido una orden.

Uno de los eventuales, un tal Sebas, no estaba en la lista.

Había llegado cuando el vapor estaba atracado y se había marchado antes del recuento.

Los otros trabajadores recordaban que llevaba guantes pese al calor y que pidió que nadie retirase las correas del cajón.

Baltasar anotó la descripción. No creía en maldiciones, pero sí en los cargamentos que contenían algo distinto de lo declarado.

Al volver a la oficina encontró a su ayudante aguardándolo con un segundo inventario.

Lo habían redactado aquella mañana, después de medir personalmente los bultos que permanecían en el almacén.

Las cifras del ataúd diferían no solo de las del manifiesto marítimo, sino también de las anotadas en la factura del transportista.

—Alguien copió mal —dijo su ayudante.

—O alguien copió exactamente lo que le ordenaron.

Baltasar puso los dos papeles uno junto al otro.

Una cifra equivocada habría sido una torpeza; tres medidas distintas eran una historia.

Ordenó no abrir la caja hasta recibir respuesta de la agencia y prohibió que se pagara ninguna tasa extraordinaria sin su firma.

Cuando su ayudante salió, giró la llave del cajón y permaneció sentado.

La posibilidad de una estafa lo había irritado.

Lo que empezaba a inquietarlo era que quienes habían preparado la carga parecían haber previsto cada pregunta que pudiera hacerse sobre ella.

La mañana en que Baltasar repasó los jornales, encontró un recibo firmado por un hombre que llevaba semanas sin trabajar.

Pudo romperlo: el papel era una copia sin sello, y nadie salvo él conocía su existencia.

En lugar de hacerlo lo dejó junto a las órdenes de carga y llamó al contable.

Este reconoció la letra del capataz, pero negó haber visto entregar el dinero.

Baltasar tuvo que decidir entre admitir que había autorizado pagos sin comprobarlos o permitir que el capataz continuara atribuyendo su firma a los ausentes.

Escribió al margen: «Pendiente de justificación».

La frase era pequeña; a partir de ella, por primera vez, podía comprobarse quién había permitido la irregularidad.

Al salir de la oficina lo aguardaba el hermano de un cargador despedido.

No pidió compasión, sino saber por qué se había negado trabajo a un hombre que reclamó una lámpara nueva para el turno de noche.

Baltasar quiso responder que eso correspondía al encargado.

Comprendió que el mismo argumento había servido para negar responsabilidades en cada escalón del negocio.

Dio una fecha para comparecer con el libro de turnos y escribió el nombre del visitante.

Aquel gesto no lo absolvió; lo comprometió con alguien que podría volver a exigirle cuentas.