El ataúd Capítulo 11 Ocho años
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Capítulo 11 Ocho años

Ocho años

Juan aprendió a trabajar con las manos sin mirar a la gente a los ojos.

El maestro del taller lo apreciaba porque no faltaba nunca y sabía reconocer un cabo gastado por el sonido que producía al tensarse.

Pero se irritaba cuando el muchacho dejaba una labor a medias para mirar a un desconocido que cruzaba la calle.

Había hombres vestidos de oscuro en todas partes: empleados, viudos, funcionarios, sacerdotes.

Juan lo sabía. La certeza no impedía que se le secara la boca cada vez que alguno se detenía junto a la puerta.

En casa había prohibido que se hablara de la cueva delante de su hermana.

Su madre respetaba la orden solo a medias: todavía preguntaba por sus pesadillas y por la vieja cicatriz del hombro.

Juan le contestaba que estaba bien, aunque dormía con una silla atravesada contra la puerta.

Había crecido lo bastante para comprender que el miedo podía convertirse en una forma de vida.

Lo que no sabía era cómo abandonarla sin exponerse otra vez al hombre que lo había dejado en el monte.

El periodista Leandro Zúñiga llevaba tres semanas preguntando por los atrasos salariales en los muelles.

Había aprendido que las noticias importantes raras veces se ofrecían en la mesa de una autoridad: se encontraban en las manos agrietadas de un estibador, en la vergüenza de quien aceptaba un jornal por debajo del convenido, en las viudas que no figuraban en los partes.

Una tarde vio a Juan ayudar a un hombre mayor que había sufrido una caída.

Le impresionó la calma del muchacho y, cuando supo quién era, recordó una noticia antigua sobre un supuesto vampiro.

Leandro acudió al taller con la intención de preguntarle por el pasado.

Juan lo echó antes de que terminara la primera frase.

El periodista aceptó el rechazo y no insistió.

Al marcharse vio a un hombre con abrigo oscuro parado al otro lado de la calle.

Llevaba un sombrero bajo, como tantos otros, pero permaneció inmóvil aun cuando empezó a lloviznar.

Aquella noche Leandro buscó la vieja noticia entre recortes y periódicos desordenados.

Las diferentes versiones se contradecían: algunas hablaban de desangramiento; otras, de mordeduras; ninguna ofrecía un seguimiento judicial claro.

El periodista anotó una pregunta al margen: «¿Por qué no hay segunda noticia?

». Había visto cientos de sucesos sensacionales perderse después de un titular.

Esta vez la ausencia le pareció una puerta cerrada de manera deliberada.

En casa lo esperaba una carta de su hermana, que vivía en Murcia, pidiéndole dinero para reparar el techo.

Leandro decidió no enviarlo todavía. Se avergonzó de la decisión y se prometió hacerlo con el próximo cobro.

Durmió mal. Al amanecer, un consignatario del puerto le telefoneó para decirle que había aparecido una mercancía imposible de entregar.

No quiso explicar de qué se trataba por la línea.

A la mañana siguiente, Leandro no entró en el taller.

Se quedó frente a la puerta y observó cómo un aprendiz sacaba las madejas de cáñamo al patio, cómo el maestro comprobaba la resistencia de un nudo con las dos manos y cómo Juan, sin levantar la vista, reparaba una red que otro hombre había dado por perdida.

Comprendió que llevaba días imaginando al superviviente como un testigo a su disposición.

El muchacho tenía un oficio, un salario y una familia; la noticia de ocho años atrás no podía reclamar para siempre el derecho a interrumpirlo.

Fue a la hemeroteca del periódico. Dispuso en una mesa los ejemplares que había conseguido reunir y copió sus afirmaciones en dos columnas: lo visto por alguien identificable y lo que se decía que había ocurrido.

La segunda columna creció mucho más deprisa.

Los presuntos signos de una extracción de sangre, por ejemplo, no venían acompañados de una declaración médica reproducida literalmente.

Se citaba a un facultativo sin nombre, a un vecino que no había presenciado el hallazgo y a otro periódico que tampoco ofrecía la fuente.

Leandro tachó el encabezado que había preparado para su próximo artículo.

Cuando el redactor jefe le preguntó por qué había perdido la mañana en aquello, respondió que no podía construir una serie sobre el terror de Cartagena con noticias que se copiaban unas de otras.

El hombre señaló la puerta del despacho y le recordó cuánto costaba el papel.

Leandro no discutió los números. Pidió dos días para localizar a un testigo que pudiera sostener su nombre junto a sus palabras.

No se los concedieron. Aquella noche volvió al taller con una carta breve dirigida a Juan.

No exigía respuesta. Incluía una relación de errores detectados y ofrecía mostrarle cualquier línea antes de publicarla.

Dejó el sobre al maestro y regresó a casa bajo una lluvia tan fina que apenas mojaba los adoquines.

La casa de los García

A comienzos del otoño de 1932, Juan seguía despertándose antes de las seis aunque no tuviera trabajo.

Había aprendido el oficio de ajustar piezas de hierro en un taller junto al camino del puerto y, durante los meses buenos, llevaba dinero a casa cada sábado.

Aquella semana el encargado lo había enviado de vuelta porque no había encargos suficientes.

Su madre no le preguntó cuánto cobraría; vio las manos vacías, puso otra taza sobre la mesa y siguió cosiendo el dobladillo de una falda que una vecina le había dejado para arreglar.

La hermana pequeña de Juan, Teresa, tenía doce años y estaba convencida de que el mar podía distinguirse desde cualquier tejado de Cartagena si una persona se esforzaba en mirar lo bastante lejos.

Su hermano le había prometido llevarla a conocer los barcos grandes desde un lugar donde no estorbaran a los estibadores.

En los días malos, aquella promesa era suficiente para ponerla de su parte cuando Petra se enfadaba porque él volvía a salir solo de noche.

Teresa había sido demasiado pequeña para recordar lo ocurrido en 1924, pero recordaba perfectamente los gritos posteriores: el nombre de un niño dicho a media voz por los vecinos, la puerta que nunca debía dejarse abierta y las visitas de un cabo de la Guardia Civil que olía a cuero húmedo.

Juan estaba reparando una bisagra cuando Teresa dejó caer en la mesa un recorte de periódico.

Lo había encontrado entre las cosas que su madre guardaba en una caja de lata, junto a una fotografía del padre y varios recibos.

El papel tenía ocho años; las letras se habían desvanecido en los pliegues.

Juan reconoció el titular antes de poder leerlo entero.

No supo qué lo enfurecía más, si la palabra monstruosa con que lo habían presentado o que Petra conservara aquella noticia.

La muchacha le preguntó por qué se había quedado tan blanco.

Juan dobló la hoja y respondió que algunos periódicos habían contado mentiras.

No explicó que una mentira puede arruinar una vida incluso cuando parte de un hecho verdadero.

Petra regresó del patio y vio el recorte en sus manos.

No intentó quitárselo. Dijo que lo guardaba porque habían cambiado los médicos, los periodistas y los guardias, y un día alguien podría asegurar que nada de aquello había sucedido.

Juan se sorprendió de que su madre necesitara una prueba de su propio sufrimiento.

Ella lo miró sin moverse de la puerta. Le recordó que, durante semanas, el hospital había sido el centro de sus días; que había contado cada cuchara de caldo y cada respiración; que la gente en la calle hablaba de colmillos mientras ella temía que el niño muriera por una infección corriente.

No volvió a pronunciar la palabra vampiro.

Esa noche, Juan mostró a Teresa cómo limpiar la bisagra y colocar el pasador para que la puerta cerrase sin golpearse.

Ella trabajó con una concentración solemne.

Al terminar, Juan comprobó que la cerradura cedía sin dificultad desde dentro.

Le dijo que, si algún desconocido preguntaba por él, no entregara ningún mensaje sin avisar antes a Petra.

Teresa quiso bromear, pero la seriedad de su hermano la contuvo.

Cuando se acostaron, la puerta quedó bien cerrada.

Juan fue el último en dormir. Había decidido no contar a su madre que un periodista estaba preguntando por los hechos de 1924, porque todavía no sabía qué parte de aquel pasado había vuelto a ponerse en movimiento.

La libreta de las deudas

A principios de septiembre, el calor seguía metido en los tabiques de la casa de los García incluso después de anochecer.

Juan había cumplido dieciséis años sin celebrarlo.

Su madre le había comprado una camisa usada y había pasado la tarde descosiendo el cuello para volver a colocarlo de modo que no pareciera de otro hombre.

Cuando él llegó del taller, encontró la prenda extendida sobre la cama y una libreta de tapas azules junto a la lámpara.

Reconoció la letra de su padre en las primeras páginas.

Era una relación de jornales, adelantos y pequeños préstamos que nunca habían podido saldar.

No le sorprendió que la familia siguiera debiendo dinero a gente que apenas recordaba; le sorprendió encontrar, entre las últimas anotaciones, una fecha de 1924 escrita con una tinta más oscura que las demás.

Su madre entró con una palangana de agua y se detuvo al verlo leer.

No le quitó la libreta, pero se sentó antes de hablar.

Le explicó que durante los días posteriores a su desaparición había acudido a la casa un desconocido para pagar los gastos de las curas.

Había dejado dinero envuelto en papel de estraza y había pedido que no se hicieran preguntas.

El padre de Juan, que entonces aún vivía, rechazó el sobre.

A la mañana siguiente lo encontraron bajo la puerta.

Habían gastado una parte en medicinas y guardado el resto durante años, como se guarda algo que puede convertirse en prueba.

Juan preguntó por qué nunca se lo habían contado.

Ella respondió que entonces no sabía si aquel dinero venía de quien lo había herido o de quien había tratado de salvarlo.

En la libreta había una dirección, copiada sin nombre de remitente, que correspondía a un antiguo despacho comercial próximo al puerto.

Juan quiso salir en ese mismo instante. Su madre le sostuvo la muñeca, no para impedirle marcharse, sino para obligarlo a mirarla.

Le recordó las noches en que él despertaba gritando, las veces que se había quedado sin voz y el esfuerzo que había costado volver a dejarlo caminar solo por la ciudad.

Juan no prometió renunciar. Se limitó a doblar un papel y copiar la dirección.

Después cerró la libreta con una lentitud que a su madre le resultó más alarmante que cualquier arrebato.

A la mañana siguiente, antes de entrar al taller, recorrió la calle indicada.

La oficina estaba ocupada por una empresa distinta.

Un empleado mayor, que llevaba veinte años atendiendo mostradores, reconoció el apellido del antiguo arrendatario y dijo que se había marchado sin recoger sus libros de registro.

No quiso decir dónde estaban. Juan volvió al mediodía con un pretexto mejor: necesitaba comprobar un pago hecho a su padre.

El hombre lo observó largo rato y acabó confesando que los libros se habían vendido al peso a un encuadernador.

Aquella respuesta no aclaraba quién había enviado el dinero, pero transformó el recuerdo de 1924 en una pregunta que podía perseguirse con documentos y personas vivas.

La carta que Juan no entregó

El miércoles anterior a la llegada del cargamento, Juan había ido a buscar a su hermana a la salida de la escuela.

Teresa llevaba un cuaderno nuevo bajo el brazo y caminaba sin tocar las juntas del empedrado, como si el suelo fuera una sucesión de islas.

Le contó que una compañera decía que él había vuelto de entre los muertos.

Juan no supo qué contestar. Le fastidiaba que la historia de su infancia hubiera llegado a los niños que todavía no habían nacido cuando ocurrió.

—Tú no te moriste —dijo Teresa, sin dejar de contar las losas.

—No.

—Entonces no entiendo qué gracia tiene.

Esa noche Petra lo encontró sentado en la cocina, comparando el dibujo de la cerradura con otro que había hecho años atrás, cuando todavía no podía pasar por una puerta estrecha sin detenerse.

Le preguntó si debía avisar a Darío. Juan respondió que primero hablaría con el encargado, porque no quería convertir una sospecha en acusación.

La madre dejó el pan sobre la mesa y se quedó de pie, mirándolo trabajar.

Desde hacía ocho años intentaba protegerlo de la cueva; por primera vez entendió que protegerlo también significaba permitirle equivocarse en asuntos que no tenían nada de sobrenatural.

A la mañana siguiente, Simón consiguió que el encargado reconociera que otro trabajador había pedido prestada una lima durante el cambio de turno.

No recuperaron las piezas, pero el descuento se suspendió y Juan conservó los dos nombres que podían explicar por qué alguien había entrado en el taller.

Al terminar el turno, Simón descubrió que faltaban dos piezas de una reparación cuya entrega estaba prometida para la mañana siguiente.

Juan había anotado el número de dientes de cada engranaje y supo inmediatamente que no se trataba de un extravío: alguien había abierto el armario del taller mientras ellos estaban en el muelle.

El encargado quiso descontar el valor de las piezas de la paga de ambos.

Juan se negó a firmar el recibo, aunque la negativa amenazara con dejar a su madre sin dinero para el carbón.

Solicitó que se comprobara el candado, y encontró una pequeña viruta de hierro reciente entre las tablas del suelo.

Habían forzado el cierre con una herramienta que no pertenecía al taller.

Simón lo vio recogerla con la punta de una hoja de papel y comprendió que su compañero ya no buscaba únicamente evitar un castigo: temía que aquello estuviera relacionado con las preguntas que había formulado en el puerto.

El encargo de Simón