El ataúd Capítulo 10 La ventana de Petra
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Capítulo 10 La ventana de Petra

La ventana de Petra

Esa tarde el muchacho volvió a la calle donde vivía Petra.

Vio la ventana cerrada, el candil encendido demasiado pronto y dos niños que jugaban a perseguirse sin acercarse a la puerta.

Alzó la mano para llamar, pero la bajó enseguida.

Se marchó sin escribir una sola línea más.

El agresor no necesitaba regresar para que la ciudad siguiera cambiando la vida del niño.

El director de la imprenta no esperó a que se secara la tinta.

Sacó la prueba de debajo de una pila de facturas, la leyó de pie y tachó dos adjetivos con un lápiz de carpintero.

«Si llamamos vampiro a cualquiera que deja a un niño herido, mañana tendremos a media ciudad buscando monstruos en los pozos», dijo.

Leandro observó la palabra tachada y no discutió.

Lo que lo irritaba era que el niño, después de haber escapado de aquel hombre, iba a tener que soportar también la curiosidad de los desconocidos.

Propuso mantener el lugar y la descripción del agresor, pero retirar el apellido del menor.

El director objetó que otros diarios ya lo publicarían.

«Entonces tendrán que hacerlo sin nuestra ayuda».

Al salir de la imprenta, Leandro encontró a la madre de Juan esperándolo en la acera.

No traía una amenaza ni una súplica. Le mostró una hoja que un vecino había pasado de mano en mano, con el nombre del niño y detalles inventados sobre su estado.

Leandro reconoció una frase que él mismo había pronunciado ante el médico y comprendió que alguien la había convertido en noticia sin preguntar.

Petra le dijo que su hijo llevaba tres noches durmiendo con una silla contra la puerta.

«No quiero que lo conviertan en un cuento», añadió.

El periodista guardó el papel en el bolsillo y, antes de volver al taller, tomó la decisión que más le costaría defender: no imprimiría el relato del muchacho.

Una noticia con consecuencias

Leandro observó cómo el vendedor doblaba el periódico antes de entregárselo a un hombre que no sabía leer.

El comprador pidió que le contaran la noticia del niño y escuchó la versión como se escucha una historia de aparecidos, sonriendo al principio y callándose cuando supo que la madre vivía a tres calles.

A mediodía, la mitad de los clientes de la taberna repetía detalles que jamás habían aparecido impresos.

Leandro comprendió que su artículo había empezado a circular separado de lo que él había escrito.

Volvió a la redacción y pidió a su director que publicaran una rectificación acerca de una frase atribuida al médico. El director leyó el borrador apoyado en la caja de tipos.

—No vendimos el periódico diciendo que se tratara de un hombre corriente.

—Tampoco sabemos que fuera otra cosa.

—La gente ya ha elegido qué creer.

Leandro señaló la fecha en la hoja y dejó encima el testimonio firmado.

No discutía los ejemplares vendidos. Quería que, si alguna vez el niño leía aquellas páginas, pudiera distinguir las palabras que había dicho de las que un adulto había puesto en su boca.

El director terminó aceptando una nota pequeña, en la página interior, después de las noticias del puerto.

Esa tarde Petra recibió a dos mujeres que aseguraban haber visto al hombre de negro cerca del mercado.

Una lo situaba en una calle concurrida a mediodía; la otra, en la salida de misa, cuando la misma persona habría estado a varios kilómetros según un tercer testigo.

Petra las dejó hablar y las acompañó hasta la puerta.

Luego pidió a Leandro que dejase de publicar señas generales que sirvieran para acusar a cualquier forastero.

—No lo persiga a costa de mi hijo —le dijo.

Leandro regresó al periódico con una instrucción que nadie le había dado en la escuela de periodismo: comprobar la utilidad de cada dato antes de convertirlo en una noticia.