El ataúd Capítulo 9 La noticia impresa
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Capítulo 9 La noticia impresa

La noticia impresa

Leandro no publicó de inmediato el nombre del muchacho.

La hoja de pruebas permaneció sobre su mesa hasta que el ruido de la imprenta se extinguió y los operarios comenzaron a recoger los tipos.

En el margen había escrito una pregunta que no figuraría en el periódico: quién había ganado algo con el silencio de aquellos ocho años.

Si daba a la historia un aire de prodigio, vendería ejemplares; si se equivocaba, Juan tendría que soportar de nuevo las miradas de una ciudad que todavía confundía la desgracia con la vergüenza.

Pidió al cajista que retirara la palabra «vampiro» del encabezamiento.

El hombre lo miró como si acabara de renunciar voluntariamente a media tirada.

Leandro sostuvo la decisión. Había entrevistado a una madre que no deseaba ver el nombre de su hijo impreso y a un muchacho que recordaba el olor de la tierra húmeda mejor que el rostro de su agresor.

Aquello era suficiente para escribir sobre un delito, no para convertir a una víctima en espectáculo.

Antes de marcharse guardó las galeradas rechazadas en un sobre.

Sabía que su director preguntaría por ellas a la mañana siguiente y preparó una respuesta que no lo satisfacía: no tenía todavía pruebas para unir la cueva con el cargamento del puerto.

Lo que sí tenía era una fecha, dos firmas discordantes y el testimonio de un hombre que había cambiado tres veces de versión. Empezaría por eso.

La redacción recibió el primer relato antes del cierre, acompañado de demasiados adjetivos y de muy pocos nombres.

El director examinó las líneas que un colaborador había escrito con tinta corrida y devolvió el papel al joven tipógrafo.

Le pidió que confirmase al menos el hospital, la edad del niño y la existencia de una investigación.

El resto podía esperar hasta la mañana siguiente.

Un suceso sin testigos seguros era ya bastante grave; convertirlo en una aparición no lo haría más verdadero.

Sin embargo, en el café próximo a la imprenta nadie hablaba de otra cosa.

Un estibador aseguraba que habían visto huellas sin dueño.

Un vendedor juraba que el agresor había llegado en un barco extranjero.

Una mujer que trabajaba cosiendo sacos dijo que la noticia de la pérdida de sangre se había difundido antes de que el médico terminara de explorar al herido.

Nadie sabía de dónde procedía el dato, pero todos lo repetían como si la cifra hubiera estado escrita en una pared.

El redactor salió con la libreta en el bolsillo y pasó por la puerta del hospital.

No consiguió hablar con los médicos. Encontró a una vecina de Petra que había llevado caldo para la familia y se negó a dar detalles sobre el niño.

Su negativa terminó por hacerle entender algo que no aparecía en las versiones oídas en la taberna: cada nueva frase podía llegar hasta la cama donde Juan intentaba dormir.

A la mañana siguiente se imprimió una noticia prudente que no satisfizo a nadie.

El director recibió una carta que pedía llamar vampiro al agresor y otra que denunciaba la falta de vigilancia del monte.

Guardó ambas porque revelaban más sobre el miedo de los vecinos que sobre el crimen.

El redactor abrió un cuaderno para anotar las versiones contradictorias antes de que las sucesivas repeticiones las volvieran imposibles de separar.

En ese cuaderno escribió que una carreta había sido vista en las inmediaciones, aunque no logró comprobar la matrícula ni la identidad del propietario.

Anotó también el nombre de un almacén del puerto citado por una fuente que después se desdijo.

El dato no llegó a publicarse. Permaneció entre apuntes de escaso valor hasta que, ocho años más tarde, otro periodista encontraría aquella carpeta debajo de unos números atrasados.