Capítulo 8 El regreso a la cueva
El regreso a la cueva
Darío regresó al monte acompañado por un peón de caminos que conocía las cavidades utilizadas como refugio durante los temporales.
Subieron antes de que el sol calentara la piedra.
Desde allí podía verse el puerto, y el peón fue señalando los lugares donde se movían los hombres con carga sin pasar por las calles principales.
Una senda casi borrada comunicaba la cueva con un cobertizo abandonado.
El peón aseguró que meses atrás había visto allí tablones nuevos, pero no sabía quién los había llevado.
Darío evitó pedirle una conclusión y se limitó a tomar medidas con una cuerda.
Dentro encontraron dos marcas paralelas en el suelo, demasiado anchas para las ruedas de una carretilla ordinaria.
Había polvo de madera en una grieta y restos de cera junto a una piedra que podía haberse usado como apoyo.
El agente recogió muestras, sabiendo que aquella precaución quizá resultara inútil.
El peón quiso salir cuando una ráfaga hizo vibrar algo al fondo.
Darío levantó la lámpara y descubrió un pedazo de hierro atrapado entre dos rocas.
No era una garra ni un colmillo: una escuadra de carpintero, doblada por el peso o por un golpe.
De regreso, preguntó a los talleres de la zona si habían fabricado una caja grande y reforzada.
Recibió negativas, bromas y una oferta para comprar una puerta.
Dos carpinteros se mostraron dispuestos a ayudarlo; un tercero cerró el negocio al verlo acercarse.
Darío no convirtió aquella reacción en indicio.
Tal vez el hombre debía dinero, o había trabajado sin declarar, o sencillamente desconfiaba de la autoridad.
Con todo, anotó el nombre. Era la única forma de impedir que el miedo decidiera por él qué hechos debían conservarse.
El plano del agrimensor
Darío regresó al monte acompañado de un agrimensor del Ayuntamiento, un hombre de manos anchas llamado Celestino Artero que conocía las laderas por haber medido durante años terrenos disputados entre propietarios.
No le contó la historia del vampiro. Le pidió que identificara las entradas naturales y las marcas de excavación que pudieran corresponder a trabajos humanos.
Artero llevó una cuerda, un nivel y dos cuadernos.
Antes de recorrer cien metros encontró una pared de piedra que alguien había sujetado con argamasa, pese a que la abertura más cercana parecía una grieta natural.
—Esto no lo ha hecho el agua —dijo, pasando la uña por una junta—. Y tampoco lo ha levantado un muchacho que venga a jugar.
Darío preguntó cuánto tiempo llevaba allí.
El agrimensor se negó a dar una fecha mirando una piedra.
Explicó que la lluvia había lavado los bordes, que una parte de la obra podía ser antigua y otra reciente, y que las herramientas habían dejado señales distintas.
Darío le pidió que dibujase solo lo que podía medir, sin completar de memoria las líneas ocultas.
El hombre se sentó en una roca y trazó una sección rudimentaria de la ladera.
A seis pasos de la entrada había un ensanche que no figuraba en los planos municipales que él recordaba.
El guardia se inclinó para entrar. La luz del farol descubrió dos agujeros enfrentados en las paredes, de profundidad semejante.
Podían haber sostenido una viga. Más abajo había astillas atrapadas entre piedras.
Darío recogió únicamente las que podían extraerse sin alterar el terreno y señaló su ubicación sobre el croquis.
No pensaba mandar al juez otra narración de visiones, sino un documento con medidas, lugares y objetos reconocibles.
A la salida, Artero observó las huellas recientes de una suela en una franja de tierra húmeda.
Darío vio que la marca era más estrecha que la de sus propias botas.
No podía concluir que perteneciera al agresor: entre el ataque y aquella visita habían pasado días y otras personas habían subido a la cueva.
Aun así encargó al agrimensor una copia limpia del plano.
Las noticias podían deformarse con cada repetición; un muro medido y una distancia anotada no dependían de la imaginación de nadie.
Cuando regresaron al pueblo, una mujer les preguntó si habían hallado el escondite del vampiro.
Darío respondió que habían visto piedra trabajada.
La mujer se rio de una respuesta tan pobre y se fue a contar que la Guardia Civil había encontrado un sepulcro.
Aquella noche, el guardia escribió ambas frases en su libreta: lo que había dicho y lo que ya se estaba diciendo.
En su libreta solo podía investigar una historia.
La otra crecía de boca en boca, sin necesitar pruebas.