El ataúd Capítulo 7 El hombre de negro
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Capítulo 7 El hombre de negro

El hombre de negro

El cabo Darío Almazán recorrió la entrada de la cueva acompañado de un agente joven.

Encontraron una huella pequeña junto a las piedras, una hebilla oxidada y dos clavos que parecían de carpintería funeraria.

Había un trozo de tela negra enganchado en las ramas, pero podía proceder de cualquier abrigo.

Darío no dijo que aquello fuera una prueba.

Lo guardó en un sobre de papel y anotó dónde lo había recogido.

Darío pidió al agente que se quedara en la boca de la cueva y entró con una lámpara protegida del viento.

El suelo estaba removido en varios puntos.

Había arañazos en la roca, pero no supo determinar si procedían de una herramienta o de animales que buscaran refugio.

Encontró un trozo de cuerda impregnado de humedad y una astilla de madera oscura.

Los guardó por separado. Antes de salir, apagó la lámpara durante unos segundos para escuchar.

La oscuridad hizo que el ruido del mar pareciera llegar desde el interior de la montaña.

No oyó voces ni pasos. Cuando volvió a encenderla, se avergonzó de su propia aprensión.

En el cuartel redactó dos versiones del parte.

La primera recogía los rumores del vecindario y las afirmaciones del muchacho.

La segunda, destinada al expediente, eliminaba cuanto no podía sostenerse con pruebas.

A medianoche seguía mirando la frase en la que Juan describía tres golpes detrás de una pared.

Si la conservaba, sus superiores podían considerarla una fantasía; si la borraba, tal vez estuviera suprimiendo el único detalle que permitiría localizar al agresor.

Al final la dejó, entrecomillada, con una observación: testimonio pendiente de corroboración.

Al fondo de la cavidad descubrieron cuatro marcas paralelas en el suelo.

Algo pesado había sido arrastrado por allí hacía poco, quizá una caja.

Darío se arrodilló y olió la tierra. Había humedad natural, guano y una fragancia tenue, amarga, parecida a las hierbas medicinales.

Su ayudante preguntó si creía que el hombre pretendía esconder al niño dentro de una caja.

Darío respondió que todavía no sabía qué pretendía el hombre.

En una investigación, la peor costumbre era dejar que la explicación llegase antes que los hechos.

Buscaron por las inmediaciones hasta que la luz empezó a caer.

En una oquedad encontraron un aro de hierro sujeto a la roca.

No había cerradura ni cuerda. El aro parecía demasiado antiguo para los clavos encontrados en la entrada.

Darío probó a tirar de él y lo notó firme.

Decidió volver al día siguiente con herramientas, aunque una tormenta inesperada borró los rastros durante la madrugada.

En la ciudad, la noticia se deformó a cada esquina.

Un pescador aseguraba haber visto al agresor beber de una botella roja; una lavandera juraba que el desconocido había salido del cementerio; un hombre ebrio decía conocer su nombre.

Darío visitó a los tres. Ninguno había visto la agresión, y dos ni siquiera habían estado cerca del monte.

El niño sobrevivió. Cuando pudo hablar, describió la mano fría, el olor de una caja cerrada y unos golpes procedentes de su interior. Darío anotó todo, incluso aquello que no entendía. Antes de despedirse le mostró los clavos y preguntó si eran iguales a los que había visto.

—No los vi —dijo Juan—. Los oí desde dentro.

Darío sintió una incomodidad difícil de explicar.

Preguntó qué quería decir con «desde dentro», pero Juan se negó a seguir hablando.

Petra levantó la manta hasta el pecho del muchacho y dijo que ya era suficiente.

El cabo regresó al cuartel con un sobre, varias declaraciones contradictorias y la sensación de haber empezado la investigación cuando el responsable ya estaba lejos.