Capítulo 6 Una cama en la Caridad
Una cama en la Caridad
En el hospital, Juan aprendió a medir las horas por el sonido de los pasos.
Los del practicante eran rápidos y se detenían en seco al pie de las camas.
Los de la hermana encargada de la sala avanzaban con una pausa breve antes de cada cortina.
Los de su madre eran reconocibles incluso cuando la obligaban a entrar por una puerta distinta: caminaba deprisa hasta verlo, y entonces parecía perder la fuerza en los tobillos.
El niño no se quejaba de la herida mayor.
Se quejaba del olor del desinfectante, del agua que le ofrecían demasiado caliente y del miedo a quedarse dormido.
Una tarde, el médico retiró la venda ante Darío.
El agente miró solo un momento. Comprendió que la descripción de mordeduras publicada por la prensa era demasiado segura para unas lesiones que también podían proceder de un instrumento irregular.
Preguntó si podía averiguarse qué las había causado.
El facultativo respondió que era más sencillo decir qué daño habían producido que adivinar el objeto empleado.
Darío tachó una palabra de su informe. No quería que, dentro de ocho años, otro hombre confundiera su incapacidad para determinar la causa con una certeza.
Al regresar Petra con ropa limpia, encontró a Juan observando la puerta de la sala.
El niño le pidió que cerrase el pestillo, aunque aquella puerta no lo tenía.
Ella se sentó de lado para taparle la vista del corredor y empezó a contarle cosas de su casa: que su hermana había dejado de toser, que habían arreglado una teja y que el gato había entrado en la cocina detrás de una sardina.
Ninguna noticia parecía importarle, pero Juan fue dejando de mirar la entrada.
Cuando Petra creyó que dormía, escuchó su voz.
—El hombre sabía cómo me llamaba.
La madre no le pidió que lo repitiera. Esperó unos minutos antes de salir a buscar a Darío, porque comprendió que, si el dato era cierto, el desconocido no había elegido al niño al azar.
El médico retiró la libreta de la mesilla cuando vio que el cabo volvía a preguntar por el camino.
Había tolerado la primera conversación porque el niño la había pedido, pero advirtió que no permitiría una segunda declaración aquella tarde.
La sábana estaba húmeda de sudor y el pequeño empezaba a confundir las caras que entraban en la habitación.
Darío guardó el lápiz sin protestar. Había aprendido en otros asuntos que una declaración obtenida a fuerza de insistencia podía resultar mucho menos útil que una mañana de descanso.
En el pasillo lo aguardaba Petra García, con el delantal doblado sobre los antebrazos.
No le preguntó qué había dicho su hijo, sino si iba a necesitar dinero para las medicinas.
Darío entendió entonces que la mujer había pasado dos días oyendo hablar a los demás de una criatura nocturna sin que nadie se preocupara por la comida de los otros niños que habían quedado en casa.
Le explicó los trámites que podía hacer aquella mañana y le dio el nombre del funcionario que debía recibir su solicitud.
Petra quiso devolverle el papel: no sabía leer con soltura y temía firmar algo que después se volviera contra ella.
El cabo se lo leyó despacio, palabra por palabra.
Cuando regresó junto a Juan, la madre le llevó una camisa limpia.
El niño se negó a ponérsela porque olía al jabón que utilizaban en su casa, y ese olor le recordó la mañana anterior al ataque.
Petra no discutió. Dejó la prenda sobre la silla y abrió la ventana lo justo para que entrara aire.
Desde el patio llegaban los golpes de una carretilla y la voz de alguien que pedía agua.
Durante un instante, Juan escuchó aquellos sonidos con la atención de quien intenta decidir si siguen perteneciendo al mundo que conoce.
En el patio del hospital, Darío repasó las notas bajo una lámpara.
La frase que más le inquietaba no hablaba de sangre ni de mordeduras.
El niño había llegado con tierra húmeda bajo las uñas, una tierra oscura que no parecía la del camino por el que decían haberlo encontrado.
Podía no significar nada: un niño que corre, tropieza y se defiende recoge tierra de cualquier parte.
Pero Darío decidió conservar aquella observación en el expediente.
Si algún día encontraba la cueva, podría comprobarla.
—No he venido a pedirle una opinión sobre vampiros —dijo Darío—.
Quiero saber qué vio antes de que lavaran las heridas.
El practicante tardó en responder. Había observado marcas en el cuello y los hombros, pero también arañazos en las muñecas, como si Juan hubiera intentado apartar algo con las dos manos.
No podía asegurar qué instrumento había causado las lesiones.
Darío escribió cada palabra, sin cambiar el orden ni convertir las dudas en certezas.
Cuando terminó, pidió al hombre que firmase la declaración.
El practicante leyó el papel entero antes de hacerlo.
El practicante había terminado su turno cuando Darío regresó al hospital.
Lo encontró junto a una ventana del pasillo, con el cuello de la camisa abierto y una taza de café que ya no despedía vapor.
Al reconocerlo, el hombre cerró la libreta que llevaba en la mano.
Darío no le pidió que la abriera. Le preguntó primero por qué seguía allí a aquellas horas.
El practicante miró hacia la sala donde dormía el niño y contestó que había olvidado su chaqueta.
Era una mentira pequeña y, precisamente por eso, inútil.
La libreta del practicante
Darío escribió en su cuaderno que la memoria del menor debía comprobarse mediante objetos y recorridos, nunca mediante preguntas que sugirieran una respuesta.
Después tachó la palabra «vampiro» que había copiado de una hoja impresa.
El hecho de que un periódico la hubiera utilizado no la convertía en una prueba.
Conservó la hoja, sin embargo. A veces la manera en que una ciudad contaba un delito terminaba escondiendo el delito mismo.
La tarde de las dos versiones
Darío regresó al hospital a la hora en que los carros de reparto empezaban a dejar sitio a los visitantes.
El pasillo olía a jabón fuerte, ropa húmeda y caldo.
En la puerta de la sala de hombres se encontró con el practicante que había tomado las primeras notas sobre Juan.
El joven llevaba un cuaderno contra el pecho y tenía la expresión de quien teme perder el puesto por una equivocación.
—Usted escribió que el muchacho había sido encontrado a la entrada de la cueva —dijo Darío.
—Es lo que me dijeron.
—En su segunda declaración aparece veinte pasos monte abajo.
El practicante lo condujo hasta un banco donde podían hablar sin que las familias escucharan.
Explicó que había preguntado a dos hombres por separado: uno se había ocupado de levantar al niño y el otro únicamente vio cómo lo transportaban.
Darío le pidió que los identificase. No exigió que eligiera una de las versiones.
Durante buena parte de su carrera había confundido la seguridad con la exactitud, y aquella tarde comenzaba a comprender que eran cosas distintas.
Al llegar al domicilio del primero, encontró a una mujer lavando ropa en una tina.
Su marido había salido a llevar agua a una obra y no volvería antes de la noche.
La mujer se secó las manos, oyó el nombre de Juan y le preguntó si el muchacho seguía con vida.
Darío contestó que estaba fuera de peligro inmediato, pero que los médicos todavía vigilaban su estado.
La mujer se apoyó contra el quicio. Habían circulado tantas noticias falsas que no se atrevía a alegrarse.
Cuando el hombre regresó, contó que había oído un gemido detrás de unas piedras y que no entró en la cueva.
Recordaba haber visto una cuerda cortada junto a una mata de esparto.
Darío anotó aquella información y le pidió que lo acompañara hasta el lugar al día siguiente.
El testigo se negó en un primer momento porque perdería el jornal.
Darío habló con el encargado de la obra y consiguió que lo dejaran ausentarse una hora.
No le pidió al hombre que se sacrificara por una investigación de la que acaso nunca obtendría beneficio.
Antes de marcharse volvió sobre el detalle de la cuerda. El testigo extendió las manos y mostró la distancia entre sus dedos.
—No era una cuerda larga. Más bien el cabo de algo que habían atado.
—¿A una persona?
—Eso no lo sé. A una caja, a un animal, a cualquier cosa.
Darío guardó el cuaderno. Una cuerda no explicaba la sangre ni las heridas; tampoco convertía al desconocido en un monstruo. Pero situaba un objeto físico en un lugar preciso, y eso permitía regresar sin depender de lo que el miedo había añadido al recuerdo de los vecinos.
En el hospital, Petra esperaba junto a la cama.
Había llevado unos calcetines limpios y una cuchara de casa porque el niño rechazaba las que le daban allí.
Darío quiso preguntarle otra vez por el hombre vestido de negro, pero vio cómo Juan apretaba el borde de la manta al reconocerlo.
Se sentó lejos, donde el muchacho pudiera verlo, y habló de la cuerda sin exigir ninguna respuesta.
La madre permaneció escuchando. Por primera vez desde el ataque, alguien parecía dispuesto a investigar sin convertir a su hijo en un espectáculo.