Capítulo 5 La declaración que faltaba
La declaración que faltaba
La primera vez que Darío Almazán pidió hablar a solas con el niño, el médico de guardia se negó.
Juan tenía fiebre, la piel seca y un miedo que le impedía apartar la vista de la puerta.
El guardia civil dejó el sombrero en el pasillo y aguardó junto a la ventana hasta que una enfermera le permitió entrar cinco minutos.
No llevó el cuaderno abierto: lo escondió bajo el brazo, convencido de que el muchacho se cerraría en cuanto viera el lápiz.
—No voy a preguntarte si has sido valiente —dijo Darío—.
Quiero saber por dónde caminaste. Si no te acuerdas, no te acuerdas.
Juan observó sus botas embarradas y preguntó si el hombre podía entrar en el hospital.
Darío respondió que había guardias en la calle, aunque sabía que la vigilancia no era permanente.
Aquella pequeña mentira le pesó más que otras que había pronunciado en servicio.
El niño dibujó con un dedo sobre la sábana una curva y después una línea quebrada.
Habló de un sendero entre piedras, de una mata que le arañó la pantorrilla y de un olor parecido al de las monedas calientes.
Cuando Darío quiso saber si había visto el rostro del desconocido, Juan negó con la cabeza.
No porque no lo recordara, explicó, sino porque el hombre había procurado que nunca le diera la luz de frente.
La madre llegó antes de que terminara la conversación.
Había recorrido a pie parte del camino desde su casa y llevaba el delantal bajo un abrigo prestado.
Se acercó a la cama, tomó la mano de Juan y le preguntó si le dolía.
El muchacho dijo que no. Darío vio cómo apretaba los dientes para no contradecirse.
Decidió no insistir aquel día, pero anotó en el margen del parte una frase que no figuraría en la declaración oficial: «El niño teme que el agresor sepa dónde vive».
En el patio, un practicante le explicó que las mordeduras podían proceder de un animal o de un hombre, y que la pérdida de sangre había sido exagerada por quienes encontraron al pequeño.
Darío agradeció la prudencia. Había visto ya a un reportero esperar junto a la puerta con una pregunta preparada sobre vampiros.
Le preocupaba menos la superstición que la facilidad con que una palabra podía sustituir una investigación.
Antes de marcharse volvió a la sala y encontró a Juan dormido.
Bajo la almohada sobresalía una piedra gris, recogida en el monte y conservada por el niño como si fuera una prueba.
Darío no la tocó. Años después recordaría aquel detalle cuando otra piedra, marcada por una veta del mismo color, apareciera entre los restos del embalaje del ataúd.
Una cama en la Caridad
Al médico Teodoro Beltrán le incomodaban las historias cuando llegaban antes que el paciente.
Un celador había dicho que un niño había sido encontrado desangrado, y dos mujeres, en el pasillo, hablaban de un animal salvaje que vivía en las cuevas.
Lo único cierto era que sobre la camilla había un muchacho pálido, respirando con dificultad y con heridas en los brazos y a un lado del cuello.
Teodoro pidió agua hervida, gasas y espacio.
Apartó de la cama a los curiosos sin levantar la voz.
La madre llegó sin mantón y con una alpargata rota.
No preguntó quién había hecho aquello; primero quiso saber si su hijo podía reconocerla.
Beltrán la llevó junto a la cama y le pidió que no lo zarandeara.
La mujer se sentó, le apartó el pelo de la frente y permaneció inmóvil hasta que Juan abrió los ojos.
Entonces empezó a hablarle de la casa, del almuerzo y de su hermana, asuntos pequeños que podían devolverle la confianza en el mundo conocido.
Juan quiso responder, pero la voz le salió como un roce de papel.
Beltrán comprendió que tendría que obtener el relato por fragmentos y no esa noche.
Más tarde, en el cuarto de curas, lavó cuidadosamente el instrumental mientras un ayudante anotaba la temperatura y el pulso.
Las marcas del cuello le preocupaban, aunque no se parecían a una lesión única y limpia.
Se negó a escribir la palabra que circulaba ya por los pasillos.
Había visto demasiados pacientes perder la oportunidad de recibir una atención sensata porque alguien había decidido antes de examinarlos que estaban poseídos, malditos o condenados.
En su informe consignó heridas, debilidad y pérdida de sangre aparente; dejó en blanco la causa hasta que hubiera datos suficientes.
—¿Sabe cómo se llama? —preguntó a la mujer que lo había traído.
—Juan. Juan García. Su madre viene de camino.
Las lesiones no le parecieron propias de una caída.
Algunas eran cortes estrechos; otras tenían contornos de mordedura.
Había tierra en las uñas, pero no tanta como si el niño hubiera trepado por la ladera.
Teodoro lo palpó cuidadosamente, revisó la herida de la cabeza y comenzó a limpiarlo.
Al notar que Juan abría los ojos, le habló despacio.
No le preguntó por vampiros, ni por brujas, ni por las cosas que sus ayudantes murmuraban fuera.
—Estás a salvo. Necesito saber si te duele respirar.
Juan quiso decir algo. Sus labios se movieron dos veces antes de formar una palabra.
—Caja.
—¿Qué caja?
—La que hacía ruido.
Teodoro le acercó un vaso. El niño bebió apenas una gota.
Su mirada se clavó por encima del hombro del médico, hacia el fondo de la sala.
Teodoro volvió la cabeza y encontró solamente una puerta abierta y un celador que transportaba sábanas limpias.
Cuando regresó a la cama, Juan había cerrado los ojos.
La madre llegó con el cabello suelto y las manos manchadas de harina.
Se llamaba Petra, y tardó unos segundos en reconocer a su hijo bajo las vendas.
Le preguntó al médico si iba a vivir. Teodoro no prometió nada.
Le indicó que Juan estaba consciente por momentos y que necesitaba reposo.
Petra se quedó sujetándole un pie bajo la manta, como si pudiera impedir con aquel gesto que el muchacho se marchara otra vez.
Esa misma tarde, un guardia civil acudió a solicitar una declaración.
Teodoro explicó que no permitiría un interrogatorio largo.
Petra escuchó desde el pasillo la palabra «vampiro» pronunciada por un periodista que había logrado entrar al hospital.
Se volvió contra él y le dio un golpe con la palma de la mano.
No gritó. Le dijo que escribiera el nombre de un niño si tenía que escribir algo, y que dejara a los monstruos para la gente que podía permitirse inventarlos.
La visita del barbero
El día siguiente a la declaración, un hombre llamó a la puerta de los García con la gorra entre las manos.
No era policía ni periodista. Se presentó como Isidro Mayol, barbero de la calle del Aire, y dijo que había visto al desconocido de negro dos tardes antes de que encontraran al niño.
Petra lo dejó pasar únicamente porque mencionó que su marido había ido alguna vez a cortarse el pelo a su establecimiento.
Juan permaneció detrás del respaldo de una silla y observó cómo el recién llegado buscaba un lugar donde apoyar la gorra sin conseguir decidirse.
—No vengo a preguntarle nada al crío —explicó Mayol—. A mí me hicieron una pregunta en el cuartel y no supe contestar hasta después. Anoche caí en la cuenta.
Petra le indicó que hablase. El barbero contó que un cliente vestido con ropa demasiado gruesa para el calor se había presentado a última hora, cuando ya estaba bajando la persiana.
No quiso afeitado ni corte. Preguntó únicamente por un camino hasta el monte de San Juan que evitase las casas y por el precio de alquilar un carro cerrado.
Mayol, que desconfiaba de cualquiera que solicitase información sin explicar para qué la necesitaba, respondió que no conocía ningún camino secreto y señaló la plaza.
El cliente pagó una peseta por una navaja vieja que el barbero había retirado del servicio.
—¿Por qué no se lo dijo antes a la Guardia Civil? —preguntó Petra.
—Porque me preguntaron si había visto sangre en un hombre. No preguntaron si había vendido una navaja. Y porque tuve miedo de que me la pidieran y quisieran saber de dónde había salido.
Juan levantó la cabeza al oír lo de la navaja, pero su madre le tocó el hombro y no le pidió que recordara nada.
Mayol describió al hombre como alto, seco, con un modo de hablar que no identificó con ninguna región.
Decía las frases sin titubear, pero se detenía un momento antes de pronunciar ciertos nombres propios, como si tuviera que traducirlos.
En la mano izquierda, por encima del guante, asomaba una mancha pálida de forma irregular.
Petra acercó la lámpara a la mesa y preguntó si podría reconocerlo.
El barbero contestó que no se fiaba de su propia memoria: si volvía a verlo, quizá lo tomaría por un vecino cualquiera.
Cuando se marchó, Petra buscó un papel y anotó cada frase que retenía.
Llevó la hoja a Darío esa misma tarde. El cabo la escuchó sin interrumpirla y le pidió el nombre del barbero, el de su calle y la fecha aproximada de aquella visita.
Petra respondió a todo y luego le preguntó si la declaración serviría para hallar al agresor.
Darío tardó tanto en responder que ella comprendió antes de oírlo.
—Servirá para buscar mejor —dijo él—. No puedo prometerle otra cosa.
En su casa, Juan esperó a que su madre terminase de lavar los platos.
Entonces pidió ver el papel. Petra se lo entregó.
El niño repasó la letra inclinada y señaló una palabra: guante.
Dijo que el hombre de la cueva no había querido quitarse los guantes ni siquiera cuando hizo mucho calor en la subida.
Petra añadió el detalle al margen, pero no se lo llevó inmediatamente a Darío.
Había descubierto que cualquier recuerdo arrancado a fuerza de preguntas dejaba a Juan agotado durante horas.
Por primera vez desde el ataque, decidió que protegerlo también consistía en dejar cosas sin averiguar esa noche.